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La Tríada Informática Desnuda

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La Tríada Informática Desnuda

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de los rascacielos parpadean como promesas nocturnas, trabajaba en una empresa de tecnología puntera. Yo, Ana, programadora senior, con mis curvas que no cabían del todo en las blusas ajustadas de oficina. Mis carnales del equipo, Carlos y Diego, dos ingenieros informáticos guapísimos, con esa vibe de nerds sexys que te hacen mojar las bragas sin decir ni madres. La tríada informática la llamábamos nosotros tres: inseparables en el código, en las entregas a deshoras y en esas miraditas que se cruzaban cuando nadie veía.

Todo empezó un viernes de quincena, con el pinche deadline que nos tenía hasta la madre. El aire del cubículo olía a café quemado y a colonia barata de Carlos, esa que me erizaba la piel cada vez que se acercaba a checar mi pantalla. ¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón cuando roza su brazo contra el mío? pensé, mientras tecleaba furiosa. Diego, con su barba de tres días y ojos cafés que te desnudan, se paró detrás de mí, su aliento cálido en mi nuca. "Órale, Ana, ese algoritmo está chingón, pero falta un tweak aquí", murmuró, su mano grande posándose en mi hombro, dedos rozando mi clavícula. Sentí un cosquilleo que bajó directo a mi entrepierna, como electricidad estática de las computadoras.

Salimos del edificio a las once de la noche, exhaustos pero eufóricos por haberla librado. "Vamos por unas cheves al rooftop bar de Polanco", propuso Carlos, con esa sonrisa pícara que ilumina su cara morena. No pude decir que no. El viento fresco de la noche me acariciaba las piernas bajo la falda corta, y el olor a tacos de la calle se mezclaba con el perfume almizclado de Diego, que caminaba pegado a mí. En el bar, con vistas al skyline brillante, las cervejas frías corrían y las pláticas se volvieron confesiones. "Somos la tríada informática perfecta", dijo Diego, chocando su botella contra las nuestras. "En el trabajo, en la vida... ¿y si en todo?" Sus palabras colgaban en el aire, cargadas de algo más que alcohol.

Regresamos a mi depa en la Condesa, porque "está chido y cerquita", mintió Carlos, pero yo sabía que querían más. El elevador subía lento, y el espacio se sentía chico con sus cuerpos tan cerca. Sentía el calor de Carlos a mi derecha, su muslo presionando el mío, y Diego a la izquierda, su mano accidentalmente en mi cintura. Mi piel ardía, el pulso me retumbaba en las sienes.

¿Esto va a pasar de verdad? ¿Los dos? Dios, qué rico se siente el miedo mezclado con ganas.
Entramos al depa, luces tenues, el aroma a velas de vainilla que prendo para relajarme después del trabajo.

Nos tiramos en el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Carlos puso música, un reggaetón suave con bajos que vibraban en mi pecho. Diego me sirvió un trago, sus dedos rozando los míos al pasármelo, y de pronto su boca estaba en mi cuello, besando suave, lengua tibia trazando mi vena palpitante. "Ana, desde el primer día te quiero comer entera", susurró ronco. Carlos se acercó por el otro lado, su mano subiendo por mi muslo, dedos fuertes abriéndose paso bajo la falda. "Somos tres, nena. La tríada informática se completa así". Mi cuerpo respondió solo: pezones duros contra la blusa, humedad empapando mis panties.

Me levanté, temblando de anticipación, y me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas llenas en el bra negro de encaje. Sus ojos se oscurecieron, bocas entreabiertas. "Chíngame, qué chula estás", gruñó Carlos, quitándose la camisa para revelar su pecho musculoso, vello oscuro que invitaba a tocar. Diego lo siguió, su verga ya marcada en los jeans, gruesa y lista. Los jalé al cuarto, el colchón king size esperándonos como altar. El olor a sábanas frescas y nuestro sudor incipiente llenaba el aire.

Empecé con besos: labios de Carlos suaves y urgentes, lengua danzando con la mía, sabor a cerveza y hombre. Diego me mordisqueaba el lóbulo de la oreja, manos desabrochando mi bra, liberando mis pechos. Suspiros míos se mezclaban con sus gemidos bajos. Esto es real, sus pieles calientes contra la mía, pulsos acelerados latiendo al unísono. Carlos chupó mi teta derecha, lengua girando el pezón, mientras Diego lamía la izquierda, succionando fuerte hasta que arqueé la espalda. Manos por todos lados: las de Carlos bajando mi falda, dedos hurgando mi coño mojado a través de la tela. "Estás chorreando, pinche rica", dijo, voz grave.

Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el corazón tronándome. Desabroché sus jeans, libere sus vergas: la de Carlos larga y venosa, la de Diego más gruesa, cabezona. El olor almizclado de su excitación me mareaba. Lamí primero la de Carlos, lengua plana desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, mano en mi pelo. Diego se acercó, y alterné, mamando una mientras pajeaba la otra. Sus gemidos roncos, "¡Qué chingón, Ana!", "No pares, carnala", me ponían más caliente. Sentía mi clítoris hinchado, rogando atención.

Me tumbaron en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Carlos se hincó entre mis piernas, abriéndolas ancho, y hundió la cara en mi panocha. Su lengua experta lamió mi clítoris en círculos, chupando mis labios hinchados, metiendo dos dedos curvos que tocaron mi punto G. "Sabes a miel, nena", murmuró contra mi carne. Diego besaba mi boca, tragándose mis gritos, mientras pellizcaba mis tetas. El placer subía en olas, mis caderas buckeando contra la boca de Carlos.

La tensión se acumula, como un código a punto de compilar, lista para explotar.
Vine fuerte, piernas temblando, chorro caliente salpicando su barbilla, grito ahogado en la garganta.

Pero no pararon. Diego me volteó boca abajo, almohada bajo mis caderas, y entró despacio por atrás, su verga gruesa estirándome delicioso. "¡Ay, cabrón, qué prieta!", gruñó, embistiendo hondo, bolas golpeando mi clítoris. Carlos se puso enfrente, verga en mi boca, follándome la garganta suave. El ritmo sincronizado, como nuestro código perfecto en la tríada informática: Diego profundo, Carlos en mis labios. Sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas, olor a sexo puro impregnando el cuarto. Sentía sus pulsos dentro y alrededor, mi segundo orgasmo construyéndose, coño apretando la verga de Diego.

Cambiaron posiciones, fluidos como en una hackatón. Carlos debajo de mí, yo cabalgándolo, su verga llenándome mientras rebotaba, tetas saltando. Diego detrás, lubricando mi ano con mi propia humedad, dedo primero, luego dos, preparándome. "Relájate, reina, te vamos a hacer volar". Entró lento, centímetro a centímetro, el estirón ardiente pero placentero. Llena en ambos agujeros, gemí ronca, "¡Sí, pendejos, así, fóllanme duro!". Embestidas alternas, uno entra el otro sale, fricción infernal. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose, aliento jadeante en mi cuello. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, chorros calientes; Diego llenándome el culo con su leche espesa; Carlos explotando dentro de mi coño, semen goteando.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose. El cuarto olía a orgasmo compartido, pieles pegajosas uniéndonos. Carlos me besó la frente, "Eres nuestra tríada informática, Ana. En todo". Diego acarició mi espalda, "Esto no para aquí, ¿eh?". Me acurruqué entre ellos, corazón lleno, cuerpo saciado. De código a carne, de amigos a amantes. Qué chido ser tres en uno. La noche se fundió en sueño, con promesas de más entregas calientes.

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