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La Lujuria de la Triada de Brodie

7526 palabras

La Lujuria de la Triada de Brodie

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el aliento de un amante impaciente. El aire salado del mar Caribe se mezclaba con el aroma dulce de las piñas coladas y el humo ligero de los cigarros finos que fumaban los turistas en la playa privada del resort. Yo, Alex, un wey de treinta años que había venido de la Ciudad de México a desconectarse del pinche estrés del trabajo, me recargaba en la barra del bar al aire libre, con una cerveza fría en la mano. La espuma se derretía despacio, goteando sobre mis dedos, mientras mis ojos recorrían las siluetas danzantes bajo las luces de neón.

Entonces la vi. Brodie. Alta, con curvas que parecían esculpidas por los dioses mayas, piel morena brillando bajo la luna, y un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta su cintura, y cuando se acercó, olí su perfume: vainilla y jazmín, mezclado con el salitre del mar. Neta, esta morra es un fuego, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambor en una fiesta huichol.

—¿Qué onda, guapo? ¿Solo en esta playa de tentaciones? —me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como el rugido de las olas rompiendo en la orilla.

Le contesté con una sonrisa, sintiendo el calor subir por mi cuello. Charlamos un rato, de la vida loca en México, de cómo ella era DJ en antros de Tulum y Cancún. Pero lo que me enganchó fue cuando mencionó a su triada. —Ven conmigo, carnal. Te presento a mi triada de Brodie. Somos tres, inseparables, y esta noche... bueno, ya verás.

Mi corazón dio un brinco. ¿Triada? Sonaba a algo prohibido, sensual, como esas leyendas de diosas aztecas compartiendo placeres eternos. La seguí por la arena tibia, aún caliente del sol del día, hasta una cabaña de palapa iluminada con velas. Ahí estaban ellas: Luna, de ojos verdes felinos y labios carnosos, con un bikini que apenas contenía sus pechos firmes; y Sofía, petite pero con un culo redondo que pedía ser tocado, su piel oliva reluciendo con aceite de coco.

Entramos, el aire dentro cargado de incienso y el sonido suave de reggaetón filtrándose desde altavoces ocultos. Brodie me ofreció un trago de tequila reposado, el líquido ámbar quemando mi garganta como una promesa de pasión. Nos sentamos en cojines mullidos alrededor de una mesa baja, y el roce accidental de sus muslos contra el mío envió chispas por mi espina dorsal.

¿Qué chingados estoy haciendo? Tres morras como diosas, y yo en medio. Esto es un sueño o una trampa del diablo... pero qué trampa tan rica.

La charla fluyó, llena de risas y miradas cargadas. Luna me contó cómo se conocieron en una fiesta en la Riviera Maya, formando su triada de Brodie, un lazo de amistad y deseo que las unía más allá de lo carnal. Sofía rozó mi brazo con sus uñas pintadas de rojo, y sentí su piel suave como seda contra la mía, erizándome los vellos.

El deseo crecía como la marea. Brodie se inclinó, sus labios rozando mi oreja: —¿Te late unirte a nosotras esta noche, Alex? Sin ataduras, puro placer.

Asentí, la boca seca. , neta que sí.

El beso de Brodie fue el detonante. Sus labios suaves, con sabor a tequila y miel, se presionaron contra los míos, su lengua explorando con hambre felina. Luna y Sofía se unieron, sus manos deslizándose por mi pecho, desabotonando mi camisa con dedos ávidos. Olía a sus perfumes mezclados: coco, vainilla, flores tropicales, y debajo, el almizcle sutil de la excitación creciendo.

Me recostaron en los cojines, el tejido áspero contra mi espalda desnuda contrastando con la suavidad de sus cuerpos. Brodie montó a horcajadas sobre mis caderas, su vestido subiéndose para revelar encaje negro. Sentí su calor húmedo a través de la tela delgada, mi verga endureciéndose al instante, palpitando contra ella. Puta madre, qué caliente está, gemí en mi mente mientras mis manos subían por sus muslos firmes, apretando la carne tersa.

Luna se arrodilló a mi lado, sus pechos rozando mi rostro. Los lamí, saboreando la sal de su piel y el dulzor de su sudor, mientras ella jadeaba bajito, un sonido gutural que vibraba en mi pecho. Sofía besaba mi cuello, mordisqueando suave, sus dientes enviando ondas de placer doloroso por mi cuerpo. El aire se llenó de sus gemidos, del slap suave de piel contra piel, del crujir de los cojines bajo nuestro peso.

Brodie se quitó el vestido con un movimiento fluido, revelando tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos. Se frotó contra mí, lubricando mi polla con su humedad, el roce resbaladizo volviéndome loco. —Qué rica verga tienes, wey —susurró, su aliento caliente en mi oído.

La penetré despacio, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome, apretándome como un guante de terciopelo. Ella cabalgó con ritmo, sus caderas girando en círculos hipnóticos, el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose como música erótica. Luna se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo devoré, lengua hundida en su sabor salado y dulce, chupando su clítoris hinchado mientras ella se retorcía, clavándome las uñas en los hombros.

Sofía no se quedó atrás. Se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su propio calor, gimiendo ¡ay, cabrón!. Luego se unió, lamiendo donde Brodie y yo nos conectábamos, su lengua rozando mi base y las bolas, enviándome al borde del abismo. El olor a sexo era embriagador: sudor, fluidos, piel caliente.

No puedo más. Esto es el paraíso. Sus cuerpos, sus sabores, todo me consume.

Cambiaron posiciones como en una danza sagrada. Luna me cabalgó ahora, su coño más apretado, rebotando con fuerza, tetas saltando frente a mis ojos. Brodie y Sofía se besaban sobre mí, lenguas entrelazadas, manos explorando mutuamente. Sentí sus dedos en mi pecho, pellizcando pezones, bajando a acariciar donde Luna me follaba sin piedad.

El clímax se acercaba como tormenta tropical. Mis bolas se tensaron, el placer acumulándose en oleadas. —¡Me vengo! —gruñí, y Luna aceleró, ordeñándome hasta que exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras ella gritaba su propio orgasmo, paredes convulsionando alrededor de mi verga.

Pero no pararon. Sofía tomó el relevo, montándome reversa, su culo perfecto subiendo y bajando, cachetes rebotando contra mis muslos. Brodie lamió mis bolas, succionando suave, prolongando mi éxtasis. Luna besaba a Sofía, sus gemidos un coro erótico que ahogaba las olas del mar afuera.

Me corrí de nuevo, profundo en Sofía, su coño chorreando nuestra mezcla mientras temblaba en oleadas. Ellas alcanzaron sus picos una tras otra, cuerpos arqueándose, pieles perladas de sudor brillando a la luz de las velas.

Al final, colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas sincronizándose. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el salitre que entraba por la ventana abierta. Brodie me besó la frente, su voz suave: —Bienvenido a la triada de Brodie, Alex. Esto solo es el principio.

Yacimos ahí, piel contra piel, pulsos calmándose como el mar después de la tormenta. Sentí una paz profunda, un lazo invisible uniéndonos. Neta, esta noche cambió todo, pensé, mientras el sueño nos envolvía en la calidez de la palapa.

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