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Triada del Cáncer Renal Desatado

5582 palabras

Triada del Cáncer Renal Desatado

En el bullicio de la Ciudad de México, donde el aire huele a tacos al pastor y el tráfico retumba como un corazón acelerado, conocí a Renata en la consulta del doctor. Yo, Javier, un tipo común de treinta y tantos, con mi chamba en una oficina del centro, había ido por un chequeo rutinario. Ella era la enfermera, con su bata blanca ceñida que marcaba curvas que no dejaban de tentarme. Sus ojos cafés profundos me miraron mientras me explicaba la tríada del cáncer renal: sangre en la orina, dolor en el flanco y esa masa palpable. Pero en lugar de espantarme, su voz suave, con ese acento chilango juguetón, me encendió algo por dentro.

¿Qué carajos me pasa? Esta morra me está hablando de enfermedad y yo nomás pienso en cómo se sentiría su piel contra la mía, pensé mientras ella palpaba mi abdomen. Sus dedos firmes presionaron justo ahí, enviando chispas de calor que no tenían nada que ver con síntomas. El consultorio olía a desinfectante mezclado con su perfume floral, algo dulce como jazmín que me mareaba. Salí de ahí con la cabeza hecha un desmadre, pero con su número garabateado en una nota.

Acto uno: la chispa. Esa noche le mandé un mensajito:

"Oye, Renata, gracias por la plática de la tríada del cáncer renal. Me dejaste pensando en chequeos más... personales."
Respondió rápido:
"Jajaja, pendejo, ¿ya quieres consulta privada?"
Quedamos en vernos en un cafecito en la Roma, donde las luces tenues y el aroma a café de olla nos envolvieron. Llevaba un vestido rojo que abrazaba sus chichis perfectas y sus caderas anchas. Hablamos de todo: de la vida loca en la CDMX, de cómo el estrés nos pone a todos al borde. Su risa era como música de mariachi, vibrante y contagiosa. Sentí su rodilla rozar la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me puso la verga dura al instante.

La tensión crecía. Caminamos por las calles empedradas, el viento nocturno trayendo olores de elotes asados y flores de mercado. Nos detuvimos en un parque chiquito, y ahí, bajo un árbol, la besé. Sus labios sabían a chocolate y tequila, suaves y urgentes. Pinche delicia, esta mujer es fuego puro, me dije mientras su lengua danzaba con la mía, sus manos enredándose en mi pelo. Pero paramos, jadeantes. "No aquí, cabrón", murmuró, mordiéndome el labio inferior.

Acto dos: la escalada. Fuimos a su depa en la Condesa, un lugar chido con vistas al skyline y velas aromáticas que olían a vainilla y sexo. Apenas cerramos la puerta, se quitó el vestido, revelando lencería negra que hacía juego con su piel morena. Yo me desvestí rápido, mi polla ya palpitando por liberarse. La cargué hasta la cama, sintiendo su peso cálido, sus pechos presionando mi pecho. "Muéstrame tu tríada", le dije juguetón, refiriéndome a sus curvas: pechos, culo y esa mirada que me volvía loco.

Nos besamos despacio al principio, explorando. Mi boca bajó por su cuello, saboreando el salado de su sudor mezclado con perfume. Lamí sus tetas, chupando los pezones duros como piedras, oyendo sus gemidos roncos:

"¡Ay, wey, sí, así!"
Sus uñas arañaron mi espalda, enviando ondas de placer-dolor. Bajé más, besando su vientre suave, oliendo su arousal, ese musk femenino que me enloquecía. Separé sus muslos, y ahí estaba su concha, húmeda y rosada, invitándome.

La comí con ganas, lengua hundida en sus pliegues jugosos, saboreando su néctar dulce y salado. Ella se arqueaba, gritando:

"¡Javier, no pares, pendejo, me vas a matar!"
Sus jugos me empapaban la cara, el sonido de mi succión mezclado con su respiración agitada llenaba la habitación. Metí dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar, mientras mi pulgar jugaba con su clítoris hinchado. Esto es mejor que cualquier medicina, pensé, viendo cómo su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo que la dejó jadeando, piernas temblorosas.

Pero no paró ahí. Me volteó, montándome como amazona. Su coño se tragó mi verga de un jalón, caliente y apretado como guante de terciopelo. El slap-slap de piel contra piel, sus tetas rebotando, el olor a sexo denso en el aire. Cabalgaba duro, sus caderas girando, exprimiéndome.

"¿Te gusta mi tríada del cáncer renal, doctor? ¿O prefieres esta tríada?"
, dijo riendo, apretando sus músculos internos. Yo la agarré del culo, embistiéndola desde abajo, sintiendo cada vena de mi polla rozar sus paredes. Sudábamos, el calor de nuestros cuerpos pegajosos, pulsos latiendo al unísono.

La volteamos, yo encima ahora, misionero profundo. La miré a los ojos mientras la penetraba lento, luego rápido, su concha chorreando. Esta morra me tiene en las nubes. Sus piernas me envolvieron, talones clavándose en mi culo, urgiéndome. "¡Córrete conmigo, Javier!", gritó. El clímax llegó como tsunami: mi verga explotó, llenándola de leche caliente, mientras ella se contraía en espasmos, uñas en mi carne.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos tirados, enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. "Sabes, la tríada del cáncer renal es seria, pero contigo todo se siente vivo", murmuró, trazando círculos en mi piel. Reímos, besándonos perezosos. Afuera, la ciudad zumbaba, pero adentro, paz y promesas. Esto apenas empieza, carnal, pensé, sabiendo que volveríamos por más chequeos privados.

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