Intenté Reírme De Eso Pero Tu Lengua Me Hizo Rogar
Estaba en un bar chido de Polanco, con luces tenues que bailaban sobre las botellas de tequila y el olor a limón y sal impregnando el aire. La música ranchera moderna retumbaba suave, neta, de esas que te ponen a mover las caderas sin darte cuenta. Yo, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como reina, pedí un margarita extra picante. Ahí lo vi: alto, moreno, con una sonrisa pícara que gritaba travesuras. Se llamaba Alex, un arquitecto wey que diseñaba casas en la Condesa. Charlamos de todo, de la pinche vida caótica de la CDMX, de cómo el tráfico te hace querer matar a alguien, y de repente, sentí esa chispa. Sus ojos cafés me devoraban despacito, y yo, órale, ya estaba mojada nomás de imaginarlo.
Pedí otro trago, pero el mesero tropezó y el vaso se volcó directo en su regazo. El líquido helado se esparció por sus jeans, empapando todo.
Intenté reírme de eso, sacudiendo la cabeza como si fuera lo más chistoso del mundo, pero mi risa salió nerviosa, entrecortada. Él no se inmutó; al contrario, se paró y me tomó de la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y olía a colonia cara mezclada con el tequila derramado. "Ven, vamos a limpiarlo", murmuró con voz grave, llevándome al baño del fondo. El corazón me latía como tambor en fiesta de pueblo.
Adentro, el espejo reflejaba nuestras siluetas borrosas por el vapor de algún lavabo reciente. Cerró la puerta con seguro, y el clic resonó como promesa. Sacó papel y empezó a secarse, pero yo me acerqué, neta, incapaz de resistir. Mis dedos rozaron su muslo, sintiendo el calor de su verga endureciéndose debajo de la tela húmeda. "Déjame ayudarte, pendejo", le dije juguetona, arrodillándome un poquito. Él soltó un gemido bajo, como ronroneo de gato en calor. El aroma a cítricos del margarita se mezclaba con su sudor masculino, embriagador. Intenté mantenerlo ligero, limpiando con toques suaves, pero su mano en mi cabello me tiró hacia arriba para besarme. Sus labios eran firmes, sabían a sal y deseo, lengua invadiendo mi boca con hambre. Chin, el beso duró minutos, cuerpos pegados, mi vestido subiéndose por los muslos.
Salimos del baño con las mejillas ardiendo, y él me propuso ir a su depa cerca. Simón, contesté sin pensarlo dos veces. En su coche, un BMW negro reluciente, la tensión era palpable. Su mano en mi rodilla subía despacio, caricias que erizaban la piel. Llegamos a su penthouse con vista al skyline de Reforma, luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. El lugar olía a madera pulida y velas de vainilla que encendió de inmediato. Me sirvió un mezcal ahumado, el humo subiendo en espirales, y nos sentamos en el sofá de cuero suave.
Aquí empezó lo bueno, wey. Hablamos un rato, pero sus ojos no dejaban de recorrer mis curvas.
¿Por qué carajos me pongo tan nerviosa con él? Es solo un polvo, relájate, me dije. Pero cuando me quitó el vestido, deslizándolo por mis hombros, sentí su aliento caliente en el cuello. "Eres una diosa, mija", susurró, besando mi clavícula. Mis tetas se liberaron del brasier de encaje, pezones duros como piedras bajo su mirada. Los lamió despacio, lengua girando, succionando con fuerza que me sacó un jadeo. El sonido de mi propia respiración era obsceno, mezclada con sus gruñidos. Olía a su excitación, ese musk varonil que te hace perder la cabeza.
Me recostó en el sofá, sus manos explorando mi concha ya empapada. Dedos gruesos separando labios, frotando el clítoris con maestría. Puta madre, el placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina. "Estás chorreando, corriente", dijo riendo bajito, y yo gemí, arqueando la espalda. Intenté bromear, para no correrme tan rápido, pero él metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la habitación, junto al slap de su palma contra mi piel. Sudor perlando su frente, goteando en mi vientre. Lo miré: músculos tensos bajo la camisa desabotonada, verga abultando los boxers.
Lo empujé para montarlo. Le bajé los boxers y ¡órale!, su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí de la punta. Sabía salado, adictivo. La chupé profundo, garganta relajada, sintiendo sus caderas embestir suave. Él jadeaba: "Cabrón, qué rica boca tienes". Pero quería más. Me subí a horcajadas, guiando su polla a mi entrada. Despacio, centímetro a centímetro, me llenó. Estirándome delicioso, paredes contrayéndose alrededor. Empecé a moverme, vaivén lento al principio, sintiendo cada roce, el roce de su pubis en mi clítoris. El cuero del sofá crujía bajo nosotros, aire cargado de sexo.
La intensidad subió. Él me agarró las nalgas, clavándome más hondo, embestidas brutales pero consensuadas, yo pidiendo "Más fuerte, wey". Gritos míos rebotando en las ventanas, su sudor chorreando en mis tetas.
Esto es lo que necesitaba, olvidar todo con su verga adentro. Cambiamos: él encima, misionero feroz, piernas en sus hombros. Me follaba como animal, bolas golpeando mi culo, clítoris frotándose en su pelvis. El orgasmo vino como tsunami: visión borrosa, cuerpo convulsionando, concha ordeñando su polla. "¡Me vengo, pinche dios!", grité. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, desbordando.
Caímos exhaustos, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. Su cabeza en mi pecho, besos suaves en mi piel salada. El mezcal olvidado en la mesa, ahora el olor era puro nosotros: semen, sudor, esencia de placer. Me acarició el cabello, murmurando "Qué chingón estuvo eso". Yo sonreí, relajada como nunca.
Al final, intentar reírme de un derrame llevó a esto: puro éxtasis mexicano. Nos quedamos así, envueltos en sábanas frescas que trajo de la cama, viendo las luces de la ciudad. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta, un polvo que recordaré con una sonrisa pícara.