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Entré a la Farmacia del Ahorro con las piernas temblorosas, sintiendo esa picazón infernal entre las piernas que no me dejaba en paz. Habían pasado dos días desde esa noche loca con un tipo que conocí en una fiesta en Polanco, un morro bien puesto que me hizo gozar como nunca, pero ahora pagaba el precio con esta candidiasis que me tenía loca. Neta, necesitaba algo rápido. Miré los anaqueles llenos de cajitas coloridas, el olor a desinfectante y medicinas flotando en el aire fresco del aire acondicionado. "¿Tri Desac óvulos precio Farmacia del Ahorro cuánto es?", pregunté bajito al chavo detrás del mostrador, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas.

Él levantó la vista, y ¡órale! Era un galán de unos treinta, moreno claro, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa que prometía problemas. Llevaba la chamarra verde de la farmacia, ajustada a sus hombros anchos. "Sí mami, los Tri Desac óvulos están en oferta, precio Farmacia del Ahorro solo doscientos pesos la caja. ¿Para qué los quieres? ¿Te arde ahorita?", dijo con voz ronca, guiñándome el ojo mientras buscaba en el sistema. Su colonia invadió mis fosas nasales, un aroma amaderado con toques cítricos que me hizo apretar los muslos.

¿Qué pedo? ¿Por qué este pendejo me mira así? Siento que se me moja todo con solo oír su voz. Imagínatelo metiéndome los óvulos, sus dedos gruesos rozándome...

"Sí, carnal, me pica un chorro desde el fin. ¿Me das una caja?", respondí tratando de sonar casual, pero mi voz salió aguada. Me acerqué al mostrador, el plástico frío bajo mis palmas sudadas. Él sacó la cajita blanca con letras azules, "Tri Desac óvulos, tres por paquete, úsalos de noche antes de acostarte. Si quieres, te explico cómo ponértelos bien". Su mirada bajó un segundo a mi escote, donde mi blusa ajustada marcaba mis chichis. El corazón me latía como tambor en desfile, el sonido retumbando en mis oídos.

Pagué los doscientos pesos exactos, mis dedos rozando los suyos al tomar el cambio. Electricidad pura. "Oye, si no te funciona o necesitas ayuda, aquí está mi número", murmuró pasándome un papelito con su WhatsApp. Javier, se llamaba. Salí de la farmacia con el paquetito en la bolsa, el sol de la tarde calentándome la piel, pero el fuego real ardía adentro. Caminé a mi depa en la Condesa, el viento juguetón levantando mi falda ligera, rozando mis muslos sensibles.

Llegué a mi cuarto, tiré la bolsa en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me desnudé despacio, el espejo reflejando mi cuerpo curvilíneo, piel morena brillante de sudor, pezones duros como piedras. Abrí la caja de Tri Desac óvulos, el olor medicinal sutil mezclándose con mi aroma natural de excitación. Me recosté, piernas abiertas, el aire fresco besando mi concha hinchada y húmeda. Desliza uno adentro, pensé siguiendo las instrucciones de Javier. Mis dedos temblorosos lo empujaron, la gelatina fría expandiéndose dentro, un escalofrío delicioso subiendo por mi espina.

Javier, cabrón, ¿y si vienes y me lo pones tú? Neta me muero por sentir tus manos grandes abriéndole la puerta a mi calorcito.

El óvulo se disolvió lento, calmando la picazón pero avivando otro fuego. Saqué el celular y le mandé mensaje: "Ya me puse el Tri Desac, gracias por el tip. ¿Vienes a checar si lo hice bien? 😏". Pasaron diez minutos eternos, mi mano bajando instintiva a mi clítoris, círculos suaves, jadeos escapando mis labios carnosos. El timbre sonó como salvación.

Abrí la puerta en bata de seda roja, apenas atada. Javier estaba ahí, sin chamarra, playera blanca pegada a su pecho musculoso por el calor. "No pude resistirme, preciosa. ¿Me dejas ver?". Lo jalé adentro, cerrando con el pie, mis labios chocando contra los suyos en un beso hambriento. Su lengua invadió mi boca, sabor a menta y deseo puro, manos grandes apretando mi culo firme. "Qué chingona estás", gruñó mordisqueándome el cuello, su aliento caliente erizándome la piel.

Lo empujé al cuarto, quitándole la ropa con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. Olía a hombre limpio, sudor fresco y testosterona. Me arrodillé, el piso de madera fría contra mis rodillas, y la lamí desde la base, lengua plana saboreando la sal de su piel. "¡Ah, cabrona, qué rico!", gimió él enredando dedos en mi pelo negro largo. Chupé la cabeza, succionando suave, mis labios estirándose alrededor de su grosor, saliva goteando.

Me levantó como pluma, tirándome a la cama. Sus ojos devoraban mi cuerpo desnudo, pechos rebotando, concha reluciente por el óvulo y mis jugos. "Dime si te duele, pero quiero comerte toda". Bajó la cabeza, nariz rozando mi monte de Venus, inhalando profundo. Su lengua plana lamió mi raja entera, del ano al clítoris, sabor ácido dulce de mi excitación mezclada con el medicamento. Gemí alto, caderas arqueándose, uñas clavándose en sus hombros. ¡Qué lengua tan chida, me va a matar! Lamidas rápidas en el botón, dos dedos gruesos hundiéndose en mi calor resbaloso, curvándose contra mi punto G.

"¡Javier, métemela ya, pendejo!", supliqué, voz ronca. Se posicionó, la punta roma presionando mi entrada, estirándome delicioso. Empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El sonido húmedo de carne contra carne, slap slap, llenó el cuarto junto a nuestros jadeos. Su peso sobre mí, músculos tensos, sudor goteando de su frente a mi pecho. Aceleró, bolas golpeando mi culo, mis tetas botando con cada embestida.

Siento cada vena de su verga rozándome por dentro, el óvulo haciendo todo más sensible, voy a explotar.

Cambié de posición, montándolo a mí ritmo, manos en su pecho velludo, caderas girando como en salsa. Él pellizcaba mis pezones, tirando suave, enviando descargas al útero. "¡Más duro, amor!", grité, y él obedeció, manos en mis caderas guiándome abajo fuerte. El orgasmo me golpeó como ola, concha contrayéndose alrededor de él, chorros calientes empapando sus bolas. "¡Me vengo, chula!", rugió él, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío.

Colapsamos jadeantes, piel pegajosa de sudor, su semilla goteando de mí mezclada con mis jugos. El cuarto olía a sexo crudo, óvulos olvidados en la mesita. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Gracias por los Tri Desac óvulos, precio Farmacia del Ahorro imbatible, y tú ni se diga". Él rio bajito, besándome la frente. "Vuelve cuando quieras, mi reina. Esto apenas empieza".

Quedamos así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, promesas susurradas en la penumbra. La picazón se fue, pero el deseo se quedó para siempre.

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