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Ardiendo en Nuestro Trio por Primera Vez

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Ardiendo en Nuestro Trio por Primera Vez

La noche en mi depa de la Roma estaba cargada de ese calor pegajoso que solo el DF sabe dar en verano. Marco y yo llevábamos meses coqueteando con la idea, pero neta, nunca pensábamos que pasaría. Luisa, mi carnala del gym, esa morra con curvas que te hacen voltear dos veces, había llegado con una botella de tequila reposado y una sonrisa pícara. "Órale, ¿qué pedo con esta fiesta privada?", dijo riendo mientras se quitaba los tacones y se tiraba en el sofá de piel sintética que crujía bajo su peso.

Yo, Ana, de veintiocho tacos, con mi pelo negro suelto y un vestido negro ceñido que Marco siempre dice que me hace ver como diosa azteca, serví los shots. El olor del tequila se mezclaba con el perfume dulce de Luisa, algo de vainilla y jazmín que me erizaba la piel. Marco, mi vato de ojos cafés intensos y brazos tatuados, nos miró con esa ceja arqueada. "Weyes, ¿listos para la neta?", soltó, y su voz grave me vibró en el pecho.

Empezamos platicando pendejadas, recordando la vez que nos topamos en un antro de Polanco. Pero el aire se ponía espeso, como antes de una tormenta. Luisa se acercó más, su muslo rozando el mío, cálido y suave. Sentí un cosquilleo subir por mi pierna.

¿Y si de veras lo hacemos? ¿Mi trio por primera vez con ellos? Pinche emoción que me moja ya.
Marco notó mi respiración agitada y puso su mano en mi nuca, masajeando lento. "Mamacita, relájate", murmuró, y su aliento olía a menta y deseo.

La primera caricia fue inocente, o eso quise creer. Luisa tomó mi mano y la besó en los nudillos, sus labios carnosos y húmedos. El sabor salado de su piel me quedó en la boca cuando respondí besándola. Marco nos vio, su verga ya marcada en el pantalón. "Chingón", dijo, y se unió, besándome el cuello mientras Luisa me lamía el lóbulo de la oreja. El sonido de sus respiraciones jadeantes llenaba la sala, mezclado con el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de Insurgentes.

Acto uno: la chispa. Nos movimos al cuarto como imanes. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. Me quité el vestido, quedando en tanga negra y bra de encaje. Luisa se desvistió despacio, revelando tetas perfectas, redondas como mangos maduros, y un culazo que Marco no podía dejar de mirar. Él se sacó la playera, mostrando su pecho velludo y definido del CrossFit. El olor a sudor limpio y hormonas nos envolvía, embriagador como el tequila en la sangre.

Me recosté, y ellos dos se acercaron. Marco me besó profundo, su lengua explorando mi boca con sabor a shot y pasión. Luisa bajó por mi cuerpo, besando mi ombligo, su pelo rozando mi piel como seda. Sentí sus dedos en mis muslos, abriéndolos suave. "Qué rica estás, Ana", susurró, y su aliento caliente en mi panocha me hizo arquear la espalda. El primer toque fue eléctrico: su lengua lamiendo mi clítoris hinchado, suave al principio, luego chupando con hambre. Gemí, el sonido gutural saliendo de mi garganta mientras Marco me amasaba las tetas, pellizcando mis pezones duros como piedras.

Mi mente era un torbellino.

Esto es mi trio por primera vez, carajo. No hay vuelta atrás, y qué chido se siente. Su boca sabe a miel y sal, Marco me mira como si fuera su reina.
Cambiamos posiciones. Yo me puse de rodillas, chupando la verga de Marco, gruesa y venosa, con venas palpitantes que lamí de abajo arriba. Sabía a él, limpio y masculino, con un toque de precum salado. Luisa se metió debajo de mí, lamiéndome mientras yo mamaba a mi vato. Sus dedos entraron en mí, dos, curvándose en mi punto G, haciendo que mis jugos chorrearan en su barbilla.

La tensión subía como el volumen en un concierto de rock. Marco gruñó, "Pinche delicia, las dos juntas". Le di la vuelta a Luisa, su culo en pompa, redondo y firme. La penetré con dos dedos mientras lamía su ano, ese sabor terroso y dulce que me volvía loca. Ella se retorcía, gimiendo "¡Ay, wey, no pares!". Marco se posicionó detrás de mí, frotando su verga en mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteante, rítmico.

En el medio del desmadre, nos sincronizamos. Yo comía la panocha de Luisa, depilada y rosada, chupando sus labios mayores hinchados, metiendo la lengua profundo mientras ella se corría en mi boca, un chorro caliente y dulce que tragué con gusto. Marco me cogía más fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris, el sudor goteando de su pecho a mi espalda. Olía a sexo puro, a deseo crudo mexicano.

¿Cómo carajos llegamos aquí? Hace rato éramos solo amigos, ahora soy el centro de este trio por primera vez que me parte en dos de placer.

La intensidad creció. Cambiamos: Luisa encima de Marco, cabalgándolo como amazona, sus tetas rebotando hipnóticas. Yo me senté en la cara de Marco, su lengua devorándome mientras él gemía vibrando contra mí. Luisa y yo nos besamos, lenguas enredadas, compartiendo el sabor de su verga y mis jugos. Sus manos en mis nalgas, apretando, dejando marcas rojas que dolían rico.

El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. Marco se levantó, nos puso a las dos de rodillas. "Vengan, mamacitas", ordenó juguetón. Chupamos su verga juntas, lenguas chocando, saliva chorreando. Él explotó, chorros calientes en nuestras caras y tetas, salado y espeso. Yo me corrí viéndolo, mis piernas temblando, un orgasmo que me dejó ciega por segundos, el mundo reduciéndose a pulsos en mi coño.

Luisa se unió al éxtasis, frotándose contra mi muslo hasta venirse de nuevo, gritando "¡Chingado, qué rico!". Nos derrumbamos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y semen. El olor a sexo impregnaba las sábanas, el aire pesado. Marco nos abrazó a las dos, besándonos la frente. "Puta madre, eso fue épico", dijo riendo bajito.

En el afterglow, yacíamos jadeando. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal. Luisa trazaba círculos en mi vientre con el dedo, su piel suave contra la mía.

Mi trio por primera vez no fue solo cogida; fue conexión, confianza, algo que nos unió más. ¿Repetimos? Neta que sí.
Marco preparó margaritas frías, el hielo crujiendo en los vasos. Brindamos, desnudos y satisfechos, con la ciudad brillando por la ventana.

Al amanecer, el sol filtrándose dorado, nos despedimos con besos lentos. Luisa se vistió, guiñando "Avísenme para la segunda ronda, carnales". Marco y yo nos quedamos en la cama, su mano en mi cadera. "Te amo, mi reina", susurró. Y yo supe que este trio por primera vez había encendido un fuego que no se apagaría fácil. La vida en el DF acababa de volverse mucho más chida.

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