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Tríos de Estudiantes Calientes

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Tríos de Estudiantes Calientes

Yo era Ana, estudiante de arquitectura en la UNAM, con veintitrés años y un cuerpo que no pasaba desapercibido: curvas generosas, piel morena que brillaba bajo el sol de México y un culo que hacía voltear cabezas en el campus. Mis carnales Marco y Luis, también de la facu, eran mis compas inseparables desde el primer semestre. Marco, el alto y atlético con ojos verdes que te desnudaban con la mirada, y Luis, el moreno guapo con sonrisa pícara y manos que sabían tocar. Todos andábamos solteros, neta, y las fiestas en el depa que rentábamos cerca de CU siempre terminaban en pláticas calientes sobre tríos de estudiantes que habíamos visto en pelis o oído en chismes del salón.

Esa noche de viernes, después de un examen cabrón, nos echamos unos chelas en la sala. El aire olía a tacos de suadero que trajimos de la esquina, el reggaetón suave sonaba de fondo y la luz tenue de las veladoras hacía que todo se sintiera íntimo.

"Órale, ¿y si probamos un trío de estudiantes de verdad? Como los que platican en los foros"
, soltó Marco riendo, con la cerveza en la mano. Mi corazón dio un brinco. Yo siempre había fantaseado con eso, sentir dos cuerpos contra el mío, pero nunca lo dije en voz alta. Luis me miró fijo, sus ojos oscuros brillando. Neta, ¿por qué no?, pensé, mientras un calor subía por mi entrepierna.

La tensión empezó chiquita, como un cosquilleo. Me recargué en el sofá, mi blusa escotada dejando ver el encaje negro de mi bra. Marco se acercó, su aliento fresco a menta rozando mi cuello. ¿Quieres?, murmuró. Asentí, la boca seca. Luis se paró detrás de mí, sus manos grandes posándose en mis hombros, masajeando lento. El roce de sus dedos callosos contra mi piel suave me erizó el vello. Olía a su colonia masculina, mezcla de madera y sudor limpio. Sí, carnales, hagámoslo, dije con voz ronca, y el mundo se inclinó hacia lo prohibido pero chido.

Marco me besó primero, sus labios carnosos devorando los míos con hambre. Sabían a cerveza fría y deseo puro. Su lengua entró juguetona, explorando mi boca mientras Luis bajaba las manos por mi espalda, desabrochando mi bra con destreza. Sentí el aire fresco en mis tetas liberadas, los pezones endureciéndose al instante. Qué rico se siente esto, pensé, mientras Marco lamía mi cuello, mordisqueando suave. Luis giró mi cara hacia él y me besó con más fuerza, su barba incipiente raspando delicioso contra mi mejilla. Dos bocas, dos lenguas alternándose, me volvían loca. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos bajos.

Me quitaron la blusa y la falda con urgencia, pero sin prisa. Marco se arrodilló frente a mí, besando mi vientre plano, bajando hasta el borde de mis calzones húmedos. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que enloquece a cualquier vato.

"Estás chingona, Ana, toda mojada por nosotros"
, gruñó Marco, inhalando profundo. Luis chupaba mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directas a mi clítoris. Gemí fuerte, arqueando la espalda. No puedo creer que estemos haciendo esto, un trío de estudiantes de la pura UNAM, se me cruzó por la mente, pero el placer ahogaba todo pensamiento racional.

Me recostaron en el sofá ancho, mis piernas abiertas como invitación. Marco se desvistió rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante. Luis hizo lo mismo, la suya más larga, curvada perfecto para golpear spots profundos. Las miré, salivando. Quiero probarlas, susurré. Marco se acercó primero, frotando la cabeza contra mis labios. La abrí ansiosa, saboreando el precum salado, chupando despacio mientras Luis lamía mi coño por encima de los calzones. Su lengua caliente traspasaba la tela, presionando mi clítoris hinchado. El tacto era eléctrico, húmedo, y yo succionaba más fuerte a Marco, oyendo sus jadeos roncos: "Así, nena, trágatela".

Luis me quitó los calzones de un jalón, exponiendo mi panocha depilada y reluciente.

"Mírala, carnal, está chorreando"
, le dijo a Marco, y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreándome como si fuera el mejor pozole. Gemí alrededor de la verga de Marco, vibrando su polla. El olor de sexo llenaba el aire, sudor, fluidos, deseo crudo. Marco se movía en mi boca, follando suave mi garganta, mientras Luis metía dos dedos gruesos en mi entrada, curvándolos para masajear mi punto G. El build-up era brutal: oleadas de placer subiendo, mi cuerpo temblando, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Quería más. Los necesito adentro. Los jalé hacia mí. Fóllenme, los dos. Marco se acostó y me subió encima, su verga embistiéndome de un golpe. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El calor de su piel contra la mía, sus abdominales contra mi vientre, era puro fuego. Reboté lento al principio, sintiendo cómo me rozaba por dentro, mis jugos chorreando por sus bolas. Luis se paró detrás, escupiendo en mi culo para lubricar. Su dedo entró primero, abriéndome suave.

"Relájate, morra, te va a gustar"
. Luego su verga, presionando la rosca apretada. Dolió un segundo, pero el placer lo borró todo. Entró centímetro a centímetro hasta que estuve empalada en ambos, llena como nunca.

El ritmo empezó descoordinado, pero pronto sincronizaron: Marco empujando arriba, Luis abajo, sus vergas rozándose separadas solo por la delgada pared de mi interior. Cada embestida mandaba ondas de éxtasis, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. Oía el slap-slap de carne contra carne, sus gruñidos animales, mis gritos ahogados. Esto es el paraíso, trío de estudiantes perfecto, pensé en medio del torbellino. Marco pellizcaba mis pezones, Luis mordía mi hombro, sus manos por todos lados: nalgas, caderas, clítoris. El orgasmo se acercaba como tormenta, mi coño contrayéndose, apretándolos fuerte.

Me vine primero, un estallido que me dejó ciega, gritando su nombre mientras chorros calientes mojaban a Marco. Ellos no pararon, follando más duro, prolongando mi clímax hasta que temblaba incontrolable. Luis se corrió después, gruñendo en mi oído, su leche caliente llenando mi culo, goteando por mis muslos. Marco fue el último, levantándome para clavar profundo una y otra vez hasta explotar dentro de mí, su semen mezclándose con mis jugos. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes, corazones latiendo al unísono.

El afterglow fue dulce. Nos quedamos ahí, piel contra piel, oliendo a sexo y satisfacción. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo revuelto. Neta, esto cambia todo, pensé, pero para bien.

"¿Repetimos, compas? Los tríos de estudiantes como este son adictivos"
, bromeó Luis, y reímos bajito. Nos duchamos juntos después, jabón resbalando por cuerpos exhaustos, besos suaves bajo el agua caliente. Esa noche dormimos enredados, con la promesa de más exploraciones. Al día siguiente, en el campus, nos miramos con complicidad secreta, el deseo latiendo bajo la superficie. Habíamos cruzado la línea, y qué chido se sentía ser dueños de nuestro placer.

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