Canciones del Tri Mix en Nuestra Piel Ardiente
La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, de esos que te hacen sudar solo con pensarlo. Yo, Valeria, acababa de llegar a mi depa en la Condesa, con el corazón latiéndome a mil por hora después de un día de locos en la chamba. Mi carnal, no, mi hombre, Javier, ya estaba ahí, esperándome con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Chingón, pensé, mientras lo veía recargado en la puerta, con su playera negra ajustada marcando los músculos del pecho que tanto me gustan.
—Órale, nena, ¿ya llegaste? Traje algo chido pa' esta noche —me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel.
Entramos al sillón de la sala, el aire olía a incienso de copal que él había prendido, mezclado con el aroma de su colonia barata pero tan jodidamente sexy. Sacó su cel y conectó los bocinas Bluetooth. —Escucha esto, canciones del Tri mix, las mejores rolas de El Tri pa' ponernos bien prendidos.
La primera que sonó fue Abuso de Autoridad, con ese riff de guitarra que te entra hasta los huesos. Javier me jaló de la mano y empezamos a menearnos al ritmo, nuestros cuerpos rozándose apenas, como si el calor de la ciudad nos obligara a pegarnos más. Sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a cerveza y a deseo puro.
¿Por qué carajos este wey me pone así nomás con una rola?me dije, mientras mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera.
La música nos envolvía, el bajo retumbando en mi pecho como un segundo corazón. Javier me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas —de tanto trabajar en la construcción— apretándome justo donde me gusta. Bailamos lento, aunque la rola pedía tronar el piso. Sus caderas contra las mías, ese bulto creciendo en sus jeans que ya no podía disimular. Yo reí bajito, juguetona, y le mordí el lóbulo de la oreja.
—¿Ya te pusiste caliente, cabrón? —le susurré, mi voz temblando un poquito.
—Contigo siempre, mi reina —respondió, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera comerme viva. Sabía a sal y a promesas sucias.
El canciones del Tri mix seguía sonando, ahora Piedras Rodantes con su energía rockera que nos hacía sudar más. Nos fuimos moviendo hacia el cuarto, sin dejar de tocarnos. Javier me quitó la blusa con un tirón suave, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. Sus ojos se clavaron en ellas, oscuros de lujuria. Mierda, cómo me mira, como si fuera la única chava en el mundo, pensé, mientras un escalofrío me bajaba por la espalda.
Me empujó contra la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta llegar a mis pezones. Los chupó con fuerza, succionando como si quisiera sacarme el alma por ahí. Gemí alto, mis manos enredándose en su cabello negro revuelto. Olía a él, a hombre puro, a tierra mojada después de la lluvia.
—Te voy a hacer mía, Valeria —gruñó contra mi piel, mientras sus dedos desabrochaban mis shorts. Los bajó de un jalón, junto con las calzas, dejando mi panocha al descubierto, ya empapada y palpitante. Él se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente rozándome el clítoris.
¡No aguanto más, fóllame ya!gritaba mi mente, pero me mordí el labio, dejando que el deseo creciera.
La siguiente rola del canciones del Tri mix era Niño Sin Amor, lenta y melancólica, perfecta pa' este momento de tensión. Javier metió un dedo dentro de mí, despacio, sintiendo cómo lo apretaba. Luego dos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos mezclándose con la guitarra solista. Lamí mis labios, probando el sabor salado de su beso anterior, mientras él aceleraba, su pulgar frotando mi botón con maestría.
Me vine primero, un orgasmo que me sacudió como un rayo, arqueando la espalda y clavándole las uñas en los hombros. Grité su nombre, el cuarto girando a mi alrededor, el olor a sexo invadiendo todo. Él sonrió, triunfante, y se quitó la ropa rápido. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero.
—Ven, métemela —le pedí, abriendo las piernas más.
Las canciones del Tri mix llegaban a Triste Canción de Amor, esa balada que siempre nos pone sentimentales y cachondos a la vez. Javier se colocó encima, frotando la cabeza de su pija contra mi entrada, lubricándola con mis mieles. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande la tienes! pensé, mientras lo sentía llenarme hasta el fondo.
Empezó a bombear, lento al principio, nuestros cuerpos sudados chocando con un plaf plaf rítmico que competía con la música. Sus bolas golpeaban mi culo, sus manos amasando mis tetas. Yo le clavaba las uñas en la espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido. Aceleró, el colchón crujiendo, el sudor goteando de su frente a mi boca. Lo lamí, salado y adictivo.
Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis nalgas, guiándome arriba y abajo. Veía su cara de éxtasis, los ojos entrecerrados, la boca abierta jadeando. La fricción en mi clítoris contra su pubis me llevaba al borde otra vez.
Esto es el paraíso, wey, no pares nunca, me repetía, mientras rebotaba más fuerte.
Él gruñó, profundo, y sentí su verga hincharse dentro de mí. —¡Me vengo, nena! —avisó, y yo apreté más, ordeñándolo. Su leche caliente me inundó, disparo tras disparo, empujándome al clímax final. Grité, temblando, colapsando sobre su pecho ancho.
La música seguía, ahora Las Piedras Rodantes de nuevo, pero ya no importaba. Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. Olía a nosotros, a sexo crudo y amor verdadero. Besé su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún.
—Te amo, Valeria. Estas canciones del Tri mix siempre nos prenden —dijo bajito, riendo.
Yo sonreí contra su piel. Sí, cabrón, y que sigan sonando por siempre. La noche nos envolvía, satisfecha, con el eco de la música y nuestros gemidos fundiéndose en el aire caliente de México.