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Canciones de Trío Huasteco que Encienden la Noche

6858 palabras

Canciones de Trío Huasteco que Encienden la Noche

Tú llegas a la fiesta en el rancho de los abuelos de tu carnal, el aire cargado con el olor a carnitas chisporroteando en el comal y el humo dulce del mezcal que se reparte en vasos de barro. La noche en la Huasteca es tibia, pegajosa, como un abrazo que no suelta. Las luces de las bombillas cuelgan de los árboles de guayaba, parpadeando al ritmo de las canciones de trío huasteco que retumban desde el escenario improvisado. El trío, tres vatos chingones con guitarras relucientes, jarana y huapanguera, arrancan con un son huasteco que te eriza la piel: la voz grave del requinto se clava en tu pecho, hablando de amores imposibles, de cuerpos que se buscan en la oscuridad.

Estás parada junto a la pista de tierra apisonada, con tu vestido floreado pegándose un poco a tus muslos por el calor, cuando lo ves. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara de los huastecos que saben lo que traen entre manos. Lleva camisa blanca arremangada, pantalón de mezclilla ajustado que marca sus caderas fuertes. Se llama Javier, te lo dice gritando por encima de la música mientras te ofrece un vaso de pulque fresco, espumoso, con sabor a maíz fermentado que te quema la garganta dulcemente. Órale, qué chula, piensa tu mente, porque sus ojos negros te recorren como si ya te estuviera desnudando, pero con respeto, con ese fuego lento que promete más.

La primera canción termina en un zapateado frenético, y él te toma la mano.

—Baila conmigo, mamacita. Estas canciones de trío huasteco no se disfrutan solas.
Su palma es callosa, de tanto trabajar la tierra, pero suave al apretar la tuya. Te lleva a la pista, y el siguiente son arranca: la jarana rasguea rápida, el requinto llora una melodía que habla de caderas que se mecen, de besos robados bajo la luna. Bailan pegados, su pecho duro contra tus tetas que se aprietan bajo el vestido, el sudor de su cuello oliendo a hombre, a tierra mojada y loción barata pero excitante. Sientes su verga semi-dura rozando tu vientre, y un cosquilleo sube por tu espinazo. No seas pendeja, déjate llevar, te dices, mientras tus caderas responden al ritmo, girando, rozando, invitando.

La fiesta bulle a su alrededor: risas de las comadres, niños correteando con globos, el chisguete de las botellas de cerveza Corona abriéndose. Pero para ti, solo existe él, el calor de su aliento en tu oreja cuando se inclina para susurrar:

—Me traes loco con ese meneo, reina. ¿Quieres que te cante una al oído?
Su voz ronca imita el trío, tarareando versos de deseo prohibido, y tú ríes, pero tu clítoris palpita ya, húmeda entre las piernas, el pulque haciendo su magia en tus venas.

El segundo acto de la noche se enciende cuando el trío pasa a un huapango más íntimo, lento, con falsetes que suben como gemidos. Javier te aprieta más, su mano baja a tu nalga, amasándola con permiso implícito porque tú arqueas la espalda, pides más con un suspiro. Qué chingón se siente esto, piensas, el corazón latiéndote en la garganta, el olor de su piel mezclándose con el jazmín de tu perfume. Caminan fuera de la pista, hacia los árboles, donde las sombras son espesas y el trío suena lejano pero hipnótico, como un latido compartido.

Se detienen junto a un muro de adobe, fresco al tacto cuando él te recarga ahí. Sus labios encuentran los tuyos, beso hambriento, lengua explorando tu boca con sabor a pulque y humo de fogata. Gimes bajito, tus uñas clavándose en su espalda musculosa bajo la camisa.

—Dime que sí, cariño. Quiero comerte entera.
Tú asientes, jadeante: sí, pendejo, ya verás cómo te monto. Le bajas el cierre del pantalón, sacas su verga gruesa, venosa, ya dura como fierro, oliendo a masculinidad pura. La acaricias, sientes su pulso acelerado bajo tu palma, y él gime contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible.

Sus manos suben tu vestido, encuentran tus calzones empapados. Los desliza con delicadeza, dedos gruesos rozando tu concha hinchada, el clítoris erguido pidiendo atención. ¡Ay, cabrón! explotas en tu mente cuando introduce un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que te hace temblar. El jugo chorrea por tus muslos, el aire nocturno fresco contra tu calor húmedo. Él se arrodilla, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, chupando con hambre, saboreando tu miel salada y dulce. Tus piernas flaquean, te agarras de su pelo negro revuelto, el trío al fondo cantando de amores que queman, perfecto soundtrack para tu ascenso al éxtasis.

Pero no quieres venirte aún. Lo jalas arriba, lo besas con tu propia esencia en su boca, lo giras contra el muro. Le bajas los pantalones a los tobillos, admiras sus nalgas firmes, su verga apuntando al cielo estrellado. Te arrodillas tú ahora, lo tomas en la boca, lengua girando en la cabeza hinchada, saboreando el pre-semen salado. Él gruñe,

Qué rica chupas, güey, no pares.
Lo mamas profundo, garganta relajada por la práctica y el deseo, bolas pesadas en tu mano, oliendo a sudor limpio.

La tensión crece, insoportable. Te pones de pie, lo guías dentro de ti. Su verga entra despacio, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. Gritas bajito, él tapa tu boca con la suya, embiste lento al principio, siguiendo el ritmo pausado de las canciones de trío huasteco que flotan en el viento. Cada empujón es un verso: profundo, rasposo, tocando tu alma. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, pezones duros rozando su pecho peludo. Sudor gotea, mezclándose, el slap-slap de carne contra carne ahogado por la música.

Aceleran. Él te levanta una pierna, penetra más hondo, golpeando tu g-spot sin piedad. Me vengo, me vengo, piensas, el orgasmo subiendo como ola huasteca. Explotas, concha convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas. Él ruge, se corre dentro, semen espeso llenándote, goteando por tus piernas. Se quedan unidos, jadeando, corazones galopando al unísono.

El tercer acto es el afterglow perfecto. Se deslizan al suelo, sobre una cobija que él saca de quién sabe dónde, cuerpos entrelazados bajo las estrellas. El trío toca el último son, melancólico, de despedidas agridulces. Javier te acaricia el pelo, besa tu frente.

—Eres fuego puro, mi reina huasteca. ¿Vienes mañana a oírlos otra vez?
Tú sonríes, satisfecha, el cuerpo pesado de placer, olor a sexo impregnando el aire. Chingón, esto apenas empieza, reflexionas, mientras la noche los envuelve en promesas de más noches ardientes al son de esas canciones de trío huasteco que encienden no solo el alma, sino la piel entera.

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