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Tri Bedoyecta que Enciende el Alma

6782 palabras

Tri Bedoyecta que Enciende el Alma

Estaba reventada de tanto trabajar en la oficina, con el pinche estrés que no me dejaba ni dormir bien. Llevaba días sintiéndome como un trapo viejo, sin energía para nada, ni siquiera para salir con las amigas o ponerme sexy frente al espejo. Neta, necesitaba un empujón. Por eso, esa mañana decidí ir a la farmacia de la esquina, la que tiene buena fama por sus inyecciones de vitaminas. "Dame una Tri Bedoyecta", le dije a la chica de la caja, y ella me sonrió como si supiera exactamente lo que mi cuerpo pedía.

Me mandaron a la sala de atrás, un lugarcito chiquito pero limpio, con olor a alcohol y desinfectante que me erizó la piel. Ahí estaba él: el enfermero, un morro alto, moreno, con brazos fuertes que se marcaban bajo la bata blanca. Se llamaba Alex, me dijo mientras preparaba la jeringa. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago que no era solo nervios por la aguja. "

¿Qué güey tan guapo, carnal?
", pensé, mordiéndome el labio.

"Quítate el pantalón un poquito, mami", me dijo con voz grave, juguetona, mientras se ponía los guantes. Me bajé el jean hasta las nalgas, quedándome en tanga negra, sintiendo el aire fresco rozarme la piel expuesta. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello cuando se inclinó. "Relájate, va a doler un segundito, pero después te vas a sentir como nueva". La aguja pinchó mi nalga derecha, un ardor rápido que se expandió como fuego líquido por mis venas. Pero no era solo dolor: era vida, un rush que me aceleró el pulso, haciendo que mi sangre hirviera. Olía a su colonia, algo masculino y fresco, como madera y cítricos, que me mareó un poco.

"Listo, preciosa. La Tri Bedoyecta ya está haciendo de las suyas", murmuró, masajeando el sitio de la inyección con dedos firmes. Su toque duró más de lo necesario, círculos lentos que me pusieron la piel de gallina. Me subí el pantalón temblando, pero no de miedo. Lo miré a los ojos y vi el mismo fuego reflejado. "Gracias, wey. Neta, ya me siento con pila para conquistar el mundo". Él rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. "Si quieres, pásate luego por mi consultorio privado. Te doy un seguimiento gratis".

¿Coqueteo o qué? Esto se pone interesante
, pensé, anotando su número en mi cel mientras salía flotando.

Acto de escalada: Esa tarde, el efecto de la Tri Bedoyecta era brutal. Mi cuerpo bullía de energía, como si cada célula gritara por acción. Caminaba por las calles del barrio, el sol calentándome la piel, el sudor perlando mi escote bajo la blusa ajustada. Llamé a Alex desde un café cercano. "Ven, carnal. No aguanto la curiosidad". Media hora después, tocaba la puerta de su depa, un lugar nice en Polanco, con vistas a la ciudad y muebles de buen gusto.

Me abrió en jeans y playera, oliendo a jabón recién salido de la ducha. "Pasa, reina". Su beso de saludo fue casto, pero sus manos en mi cintura decían otra cosa. Nos sentamos en el sofá, charlando de la vida, de cómo la Tri Bedoyecta no solo cura el cansancio, sino que despierta todo. "Sientes ese calor, ¿verdad? Es la B12 y el complejo trabajando overtime", explicó, su rodilla rozando la mía. El roce era eléctrico, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Quiero que me inyecte algo más que vitaminas
, confesé en mi mente, ruborizándome.

La tensión creció con cada mirada. Le conté de mi día a día, de lo sola que me sentía a veces, y él abrió su corazón: divorciado reciente, buscando conexión real. Sus dedos jugaron con un mechón de mi pelo, bajando por mi cuello. "Tu piel huele a vainilla y deseo", susurró. Me incliné, probando sus labios: suaves al principio, luego urgentes, con sabor a menta y hambre contenida. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, explorando como si fuera territorio nuevo.

Me levantó en brazos, llevándome a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujiendo bajo nosotros. Se quitó la playera, revelando un torso esculpido, pectorales duros que lamí con la lengua, saboreando la sal de su piel. "Eres un dios, Alex", jadeé. Él desabrochó mi blusa, liberando mis senos, chupando un pezón con succión perfecta que me arqueó la espalda. El sonido de su boca húmeda, mis gemidos roncos, llenaban la habitación. Olía a nuestro arousal: almizcle dulce mezclado con su colonia.

Sus manos bajaron mi jean, dedos hundiéndose en mis nalgas, recordándome el pinchazo de la mañana. "Aquí te inyecté vida, ¿y ahora qué quieres?". "Tú, todo de ti", respondí, arañando su espalda. Me volteó boca abajo, besando la marca roja de la inyección, su lengua trazando círculos que me hicieron mojarme más. El calor de la Tri Bedoyecta se fusionaba con el de mi coño palpitante, un combo letal. Se quitó los pantalones, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí con gusto salado.

Clímax y cierre: Me puso a cuatro patas, frotando su glande contra mis labios hinchados. "Dime si quieres, mami". "¡Sí, métemela ya, pendejo juguetón!". Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, luego frenético: plaf plaf plaf, mis nalgas rebotando contra su pelvis. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sus manos en mis caderas, tirando de mi pelo, yo empujando hacia atrás, cabalgándolo como una loca.

Cambié de posición, montándolo yo arriba. Sus ojos devorándome mientras rebotaba, mis tetas saltando, pezones duros rozando su pecho. "¡Qué rico te sientes, wey! La Tri Bedoyecta me tiene en llamas". Él gruñó, manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano para más placer. El orgasmo me golpeó como un tsunami: contracciones violentas, jugos chorreando por su verga, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando. Me acurruqué en su pecho, escuchando su latido calmarse. El aroma de semen y sudor nos envolvía como una manta. "Eso fue gracias a la Tri Bedoyecta", bromeé, besando su cuello. Él rio, acariciando mi espalda. "Neta, pero la química entre nosotros es lo que prendió la mecha".

Nos quedamos así horas, hablando de futuros encuentros, de cómo esa inyección casual abrió puertas a algo más. Salí de ahí renovada, no solo por las vitaminas, sino por el fuego que él avivó en mí. La Tri Bedoyecta había hecho su magia, pero el verdadero elixir era el deseo mutuo, consensuado y ardiente.

Y mañana, ¿otra dosis?

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