Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Probando la Seducción Verbal Probando la Seducción Verbal

Probando la Seducción Verbal

6794 palabras

Probando la Seducción Verbal

El sol se ponía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se colaban por las cortinas de mi depa en Polanco. Javier y yo acabábamos de cenar unos tacos de arrachera en el balcón, con chelas frías que nos dejaban la garganta fresca y el cuerpo relajado. Llevábamos seis meses juntos, y aunque la química entre nosotros era neta chida, sentía que necesitábamos algo nuevo para avivar la flama. Esa noche, mientras él se recargaba en el sofá con esa sonrisa pícara que me derretía, se me ocurrió la idea.

"Wey, ¿y si hoy probamos algo diferente?", le dije, acercándome con un movimiento lento, rozando mi cadera contra su muslo. Él levantó la vista, sus ojos cafés clavándose en los míos, y arqueó una ceja. "

¿Qué traes en mente, mamacita?
", murmuró, su voz grave enviando un escalofrío por mi espina.

Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo el calor de sus piernas a través de mis shorts de mezclilla. El aire olía a su colonia amaderada mezclada con el sudor ligero del día caluroso. "Probemos la seducción verbal", susurré cerca de su oreja, mi aliento caliente contra su piel. "Nada de prisas, solo palabras que nos prendan como mecha." Él rió bajito, un sonido ronco que vibró en su pecho y se transmitió al mío. Sus manos subieron por mis muslos, firmes pero suaves, explorando sin apuro.

Empecé despacio, trazando círculos con mis uñas en su nuca mientras le hablaba al oído. "Imagínate mi boca recorriendo cada centímetro de ti, carnal, saboreando tu piel salada como si fuera el mejor pozole." Sentí cómo su cuerpo se tensaba debajo de mí, su respiración acelerándose. El roce de su barba incipiente contra mi cuello era áspero, delicioso, y olía a hombre, a deseo crudo. "

Chin... esto ya me está poniendo duro, pendeja sexy
", gruñó, sus dedos apretando mis nalgas con más fuerza.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Me incorporé un poco, quitándome la blusa con lentitud, dejando que viera mis tetas libres bajo el bra de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron, pupílas dilatadas, y lamí mis labios deliberadamente. "Dime qué quieres hacerme, Javier. Usa tus palabras sucias, hazme mojar solo con tu voz." Él tragó saliva, el sonido audible en el silencio cargado del cuarto. Sus manos subieron a mi pecho, masajeando con pulgares que rozaban mis pezones endurecidos, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna.

"Quiero lamerte la panocha hasta que grites mi nombre, nena", dijo por fin, su voz ronca como grava. Puta madre, esas palabras me calaron hondo. Sentí el calor líquido entre mis piernas, mi clítoris palpitando al ritmo de mi pulso acelerado. Me incliné para besarlo, un beso profundo, lenguas enredándose con sabor a cerveza y limón, húmedo y hambriento. Sus manos bajaron mi short, deslizándolo por mis caderas, y yo hice lo mismo con su playera, revelando su torso definido, músculos tensos por el gimnasio.

Nos paramos, tambaleantes de puro antojo, y lo llevé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Lo empujé suavemente, él cayó de espaldas, y me subí encima, frotándome contra la bultaca dura en sus jeans. "Descríbeme cómo me chingas, wey", le exigí, mi voz temblorosa de excitación. Él sonrió, malicioso, y agarró mis caderas, guiando mis movimientos lentos, circulares. El roce era torturante, la tela áspera contra mi piel desnuda abajo, mi humedad empapando todo.

"Te voy a meter mi verga bien profundo, hasta el fondo, mientras te digo lo rica que estás, cómo tu coño me aprieta como guante", soltó, y ¡órale! Mi cuerpo respondió al instante, un gemido escapando de mi garganta. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma. Sudor perlaba su frente, goteando salado que lamí de su pecho, sabor intenso, masculino. Mis pezones rozaban su piel, duros como piedritas, cada contacto un fuego.

La escalada era imparable. Me bajé los jeans a él, liberando su verga erecta, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, caliente como brasa. "Ahora yo: voy a montarte hasta que explotes, sintiendo cómo me llenas, cabrón." Él gimió, arqueando la espalda, y yo me posicioné, bajando despacio sobre él. La penetración fue lenta, exquisita, mi interior estirándose alrededor de su grosor, paredes sensibles frotándose en cada centímetro.

Neta, nunca me había sentido tan llena, tan conectada con solo palabras y este calor
, pensé, mientras empezaba a moverme.

El ritmo aumentó, caderas chocando con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa de sudor. "¡Más fuerte, chíngame como puta!", le rogué, y él obedeció, embistiendo desde abajo, sus manos en mi culo guiándome. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado, adictivo, mezclado con nuestro sudor. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, chupando un pezón con succión que me hacía ver estrellas, dientes rozando lo justo para doler placenteramente. Mis uñas se clavaban en sus hombros, dejando marcas rojas, mientras internalizaba cada sensación: el latido de su verga dentro de mí, mi clítoris frotándose contra su pubis, ondas de placer acumulándose.

"Estás tan mojada, mija, tu coño me mama la verga", jadeó, y esas palabras me llevaron al borde. La tensión psicológica, esa danza verbal, había construido un orgasmo monstruoso. Gritamos juntos, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo en espasmos, leche caliente suya llenándome en chorros pulsantes. El clímax fue un estallido sensorial: luces detrás de mis párpados, oídos zumbando con nuestros alaridos, gusto salado en mi boca de morderme el labio, piel erizada, músculos temblando.

Colapsamos, enredados, respiraciones calmándose en sincronía. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras el sudor se enfriaba en la piel. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. "Qué chingón estuvo eso", murmuró él, besando mi frente. Yo sonreí contra su cuello, inhalando su esencia.

Probando la seducción verbal había sido el mejor try verb de mi vida, un verbo que ahora formar parte de nuestro repertorio
.

Nos quedamos así, envueltos en afterglow, con la ciudad murmurando afuera. Sabía que esto no era el fin, solo el inicio de más noches locas, más palabras que nos unían más que cualquier toque. Javier era mi todo, y esa noche, el verbo nos había hecho eternos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.