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El Éxtasis del Trio DP

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El Éxtasis del Trio DP

Estaba en la Riviera Maya, en esa villa chida con vista al mar Caribe, el sol quemando la piel y el sonido de las olas rompiendo como un susurro constante. Yo, Ana, de veintiocho años, curvas que volvían locos a los weyes, había llegado con mi carnal, bueno, mi novio Alex, un moreno alto y musculoso que me hacía vibrar con solo una mirada. Habíamos planeado unas vacaciones para desconectarnos del pinche estrés de la Ciudad de México, pero nunca imaginé que terminaríamos explorando algo tan salvaje como un trio dp.

Todo empezó en el bar de la playa esa tarde. El aire olía a sal y coco, mezclado con el humo de los cigarros y el sudor de los cuerpos bailando al ritmo de cumbia rebajada. Alex y yo pedimos unos micheladas heladas, el limón picante explotando en la lengua, cuando apareció él: Marco, un güero bronceado, ojos verdes que perforaban, con una sonrisa pícara que gritaba trouble. Era de Monterrey, regio puro, pero con ese acento norteño que sonaba como miel caliente.

—¿Qué onda, morra? ¿Vienen a conquistar la playa o qué? —dijo acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Alex lo miró, no con celos, sino con esa chispa juguetona que conocíamos bien. Habíamos platicado antes de fantasías, de abrirnos a algo nuevo, siempre y cuando fluyera natural. Marco se unió a la plática, contando anécdotas de sus viajes, su mano rozando la mía accidentalmente al pasar la sal. Ese toque fue eléctrico, como un chispazo que subió por mi brazo hasta mi entrepierna. Olía a colonia masculina, a mar y a algo más primal, como deseo crudo.

¿Y si lo invito? Neta, Alex no se enojaría. Al contrario, lo veo excitado con la idea.

La noche cayó rápido, el cielo tiñéndose de morados y naranjas. Terminamos en la villa, con cervezas frías y música de rock en español sonando bajito. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor entre nosotros era insoportable. Marco se sentó en el sofá a mi lado, Alex enfrente, observándonos con ojos hambrientos.

—Ana, eres una diosa —murmuró Marco, su aliento cálido en mi cuello mientras su mano subía por mi muslo desnudo, bajo el vestido ligero que apenas cubría mis nalgas.

Sentí mi piel erizarse, los pezones endureciéndose contra la tela. Alex se acercó, besándome profundo, su lengua saboreando a tequila y a mí. Esto es real, no un sueño mojado, pensé, mientras Marco lamía mi oreja, sus dientes rozando suave.

El beso de Alex era posesivo pero compartido, sus manos desatando mi vestido, dejando mis tetas al aire. Marco jadeó, chido, y se lanzó a mamarme un pezón, succionando con hambre mientras Alex hacía lo mismo con el otro. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de la villa. Sus bocas eran fuego líquido, lenguas girando, dientes mordisqueando justo lo suficiente para doler rico. Olía a sus excitaciones mezcladas, ese aroma almizclado que me volvía loca.

Me recostaron en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Alex se quitó la playera, mostrando su pecho tatuado, músculos tensos. Marco lo imitó, su verga ya marcada bajo los shorts. Les ayudé a bajarlos, liberando esas dos pollas duras, palpitantes. La de Alex, gruesa y venosa, la de Marco más larga, curvada perfecto. Las tomé en mis manos, piel suave sobre acero, el calor subiendo por mis palmas. Las masturbe lento, oyendo sus gruñidos roncos, pinche rica, sigue así, mamacita.

Me puse de rodillas, el piso de madera fresca bajo ellas. Chupé primero a Alex, metiéndomela hasta la garganta, saliva chorreando, el sabor salado invadiéndome. Marco se acercó, frotando su punta en mis labios. Abrí la boca más, lamiendo ambas, alternando, sus gemidos como música obscena. Me siento poderosa, dos machos a mis pies, rogando por más.

La tensión crecía, mis jugos empapando mis panties. Alex me las quitó de un jalón, exponiendo mi panocha depilada, hinchada de necesidad. Marco se hincó, oliendo mi aroma dulce y salado, y metió la lengua directo al clítoris. ¡Ay, cabrón! grité, mis caderas moviéndose solas. Alex me besaba, tragándose mis alaridos, mientras Marco me comía viva, dedos adentro curvándose en mi punto G, salpicando el colchón.

—Quiero más —jadeé, el corazón latiéndome en el pecho como tambor.

—¿Qué tal un trio dp, reina? —propuso Alex, su voz ronca de lujuria. Marco levantó la vista, ojos brillando.

—Neta, sí. Te vamos a romper rico —agregó el regio.

Me temblaron las piernas de anticipación. Me puse en cuatro, el aire fresco besando mi culo expuesto. Alex se colocó atrás, untando lubricante frío que me hizo arquear la espalda. Su verga entró en mi panocha de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo. Gemí largo, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Marco se posicionó enfrente, pero no, querían el dp de verdad. Se movieron: Alex debajo de mí en la cama, yo cabalgándolo lento, su polla enterrada profunda. Marco detrás, escupiendo en mi ano, dedo primero, abriéndome con cuidado.

Duele un poquito, pero qué chingón duele. Más, wey, dame más.

Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente mezclándose con placer puro. ¡Estoy llena! Dos vergas partiéndome en dos. Cuando las dos estuvieron adentro, separadas solo por una delgada pared, el mundo explotó. Se movieron coordinados, Alex embistiendo arriba, Marco abajo, ritmos alternos que me taladraban. Sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas, plaf plaf plaf. Olía a sexo intenso, lubricante, semen preeyaculatorio.

Mis tetas rebotaban, pezones rozando el pecho velludo de Alex. Marco me jaloneaba el pelo suave, muévete, perra rica, y yo obedecía, cabalgando el doble placer. Sentía sus pulsos acelerados contra mí, mis paredes contrayéndose, el orgasmo building como ola gigante. Gritos salían solos, ¡Sí, cabrones, así! ¡No paren!. Alex mordía mi cuello, Marco pellizcaba mi clítoris, y exploté. Un grito gutural, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo alrededor de la verga de Alex. Ellos gruñeron, acelerando, follándome a través de mi clímax.

No pararon. Cambiaron posiciones: ahora Marco en mi panocha, Alex en el culo. El cambio fue brutal, sensaciones nuevas, más profundas. Marco era más largo, tocando spots que me hacían ver estrellas. Alex, grueso, estirándome al límite. Sudor chorreaba por sus espaldas, cayendo en mi piel como lluvia caliente. Gemían mi nombre, Ana, pinche diosa, te vamos a llenar. Yo arañaba sábanas, uñas clavándose, el olor de mi propia excitación embriagador.

El segundo orgasmo llegó rápido, múltiple, ondas de placer sacudiéndome. Marco se corrió primero, caliente chorros inundando mi útero, el pulso de su verga ordeñándome. Alex siguió, eyaculando profundo en mi culo, semen caliente goteando. Colapsamos, un enredo de cuerpos jadeantes, pieles pegajosas, el aire pesado de nuestros alientos.

Después, en la afterglow, yacíamos en la cama revuelta, el ventilador zumbando sobre nosotros. Marco besó mi frente, Alex mi mano. Fue perfecto, neta, pensé, sintiendo su semen escurrir lento, un recordatorio cálido.

—¿Repetimos mañana? —preguntó Marco con picardía.

Sonreí, exhausta pero plena. —Órale, pero ahora, agárrense, que les toca complacerme a mí.

La noche terminó con risas suaves, el mar cantando afuera, y yo sabiendo que este trio dp había cambiado todo. No era solo sexo; era conexión, libertad, un pedazo de paraíso mexicano que llevaría siempre en la piel.

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