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El Trio Sorpresa que Me Volvió Loco

7186 palabras

El Trio Sorpresa que Me Volvió Loco

Estaba en la casa de playa en Puerto Vallarta, con el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar. El aire salado me llenaba los pulmones, mezclado con el aroma dulce de las flores tropicales del jardín. Ana, mi novia, se veía como una diosa con su bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas. Hacía un año que andábamos juntos, y cada vez que veníamos a este paraíso, la química entre nosotros explotaba como cohete en fiesta de pueblo.

Órale, wey, esta noche va a estar chida, pensé mientras la veía caminar hacia mí con una cerveza helada en la mano. Su piel bronceada brillaba con sudor fino, y el sonido de las olas rompiendo en la arena era como un ritmo perfecto para lo que mi mente ya imaginaba. Me entregó la chela, rozando sus dedos contra los míos, y sentí ese cosquilleo que siempre me ponía la verga dura al instante.

Mi amor, ¿qué traes planeado para hoy? —le pregunté, jalándola por la cintura para besarla. Sus labios sabían a sal y coco, su lengua juguetona explorando la mía con esa hambre que me volvía loco.

—Sorpresa, cabrón —me contestó con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior—. Aguántate un rato, que viene gente.

Mi pulso se aceleró. ¿Gente? ¿Qué pedo? Pero no pregunté más. Ana siempre sabía cómo calentar el ambiente. Nos sentamos en la terraza, con la brisa cálida acariciando nuestra piel, escuchando el lejano bullicio de la playa llena de turistas y locales disfrutando la noche. De pronto, un carro se estacionó frente a la casa, y bajó Carla, la mejor amiga de Ana desde la prepa. Alta, con pelo negro largo hasta la cintura, tetas firmes que desafiaban la gravedad bajo su top escotado, y un culo redondo que se movía como hipnosis con cada paso. La conocía de fiestas pasadas, pero nunca la había visto tan... dispuesta.

—¡Hola, guapo! —dijo Carla, abrazándome fuerte, presionando su cuerpo contra el mío. Olía a vainilla y algo más, un perfume que me erizaba los vellos—. Ana me contó que andaban de vacaciones. ¿Me invitan a la fiesta?

Ana rio, sirviéndole un trago. —Claro, ricura. Siéntate aquí con nosotros.

La tensión empezó a crecer como marea alta. Hablamos de tonterías, de lo chido que estaba el mar, de anécdotas locas de la uni. Pero sus miradas... neta, esas miradas decían todo. Ana ponía su mano en mi muslo, subiendo despacito, mientras Carla me comía con los ojos, lamiéndose los labios al mirarme la entrepierna. El sonido de sus risas se mezclaba con el chapoteo de las olas, y el calor entre mis piernas era insoportable. ¿Qué chingados está pasando aquí?

Acto seguido, Ana se levantó y jaló a Carla de la mano. —Ven, te muestro la recámara. Tú también, amor.

Entramos al cuarto principal, con la cama king size cubierta de sábanas blancas y vistas al océano. La luz de la luna entraba por las ventanas abiertas, iluminando sus siluetas. Ana empujó a Carla contra mí, y de repente, sus labios estaban en mi cuello, chupando suave mientras Ana me besaba con furia.

—Esto es nuestro trio sorpresa, mi rey —susurró Ana al oído, su aliento caliente enviando ondas de placer por mi espina—. ¿Te late?

¿Si me late? ¡Me muero, cabronas! Asentí, perdiendo la cabeza. Mis manos exploraron sus cuerpos: la suavidad de la piel de Ana, tersa como seda; los pezones duros de Carla bajo mis dedos, que gemía bajito, un sonido ronco que me ponía la piel de gallina.

Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa. El aire se llenó del olor a excitación, ese almizcle dulce de sus panochas húmedas y mi verga palpitante. Ana se arrodilló primero, tomando mi polla en su boca caliente, chupando con esa maestría que me hacía arquear la espalda. Carla se unió, lamiendo mis huevos, sus lenguas bailando juntas en un ritmo perfecto. Sentí cada roce, cada succionada como fuego líquido, el sonido húmedo de sus bocas volviéndome loco.

Qué rica verga tienes, wey —dijo Carla, mirándome a los ojos mientras Ana la compartía—. Nos vamos a venir hasta el cansancio.

Las tumbé en la cama, besando sus tetas, mordiendo pezones rosados que se endurecían en mi lengua. Bajé por los vientres planos, oliendo su arousal intenso. Ana abrió las piernas primero, su concha depilada brillando de jugos. Lamí despacio, saboreando su sal dulce, mientras ella gemía alto, agarrándome el pelo. —¡Sí, así, cabrón! Come mi panocha.

Carla no se quedó atrás. Se sentó en la cara de Ana, frotándose contra su boca, y yo metí dos dedos en Carla, sintiendo sus paredes calientes apretándome. El cuarto era un coro de jadeos, pieles chocando, el sabor de ellas en mi boca mezclándose con el sudor salado.

La intensidad subió cuando Ana me jaló encima. —Cógeme primero, ordenó, guiando mi verga a su entrada resbalosa. Entré de un solo empujón, sintiendo cómo me envolvía como guante caliente. Embestí fuerte, el slap-slap de mi pelvis contra su culo resonando, mientras Carla nos besaba, metiendo la lengua en mi boca y luego en la de Ana.

No aguanto, esto es demasiado chingón, pensé, el sudor chorreando por mi espalda, el olor a sexo impregnando todo. Cambiamos posiciones: Carla a cuatro patas, yo detrás follándola profundo, mis bolas golpeando su clítoris hinchado. Ana debajo de ella, lamiéndole las tetas y luego su concha mientras yo la penetraba. —¡Más duro, pendejo! ¡Rompe mi culo! —gritaba Carla, su voz quebrada por el placer.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentí mis huevos tensos, el pulso latiendo en mi verga. Ana se recostó, abriendo las piernas para que Carla y yo la atacáramos: yo metiéndosela mientras Carla le chupaba el clítoris. Ana explotó primero, su cuerpo convulsionando, gritando —¡Me vengo, hijos de su puta madre! —sus jugos empapando las sábanas.

Carla se subió encima de mí, cabalgándome salvaje, sus tetas rebotando hipnóticas. Yo la agarré del culo, embistiéndola desde abajo, hasta que ella se arqueó, gimiendo largo mientras su orgasmo la sacudía, sus paredes ordeñándome.

Finalmente, no pude más. Me levanté, ellas arrodilladas frente a mí, abriendo la boca. Chorros calientes salpicaron sus lenguas, caras, tetas. El sabor salado en sus labios cuando se besaron, compartiendo mi leche, fue el remate perfecto.

Nos derrumbamos en la cama, exhaustos, el cuerpo pegajoso de sudor y fluidos. El sonido de las olas ahora era una caricia suave, el aire fresco secando nuestra piel ardiente. Ana se acurrucó en mi pecho, Carla en el otro lado, sus manos entrelazadas sobre mi abdomen.

El mejor trio sorpresa de mi vida —murmuré, besándolas alternadamente.

—Y no es el único, amor —dijo Ana con picardía—. Esto apenas empieza.

Neta, qué chido es estar vivo, pensé, mientras el sueño nos envolvía en esa noche eterna de Puerto Vallarta, con el mar susurrando promesas de más placeres por venir.

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