Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo La Dosis Ardiente de Bedoyecta Tri Inyectable La Dosis Ardiente de Bedoyecta Tri Inyectable

La Dosis Ardiente de Bedoyecta Tri Inyectable

6533 palabras

La Dosis Ardiente de Bedoyecta Tri Inyectable

Estaba hecho pedo de cansancio esa mañana. Después de unas semanas jalando como burrito en la chamba, el cuerpo ya no daba pa’ más. Neta, me sentía como si me hubieran exprimido como limón. Decidí ir a la clínica privada del doc López, un lugar chido en Polanco, con aire acondicionado y todo el desmadre. Ahí me recetaban bedoyecta tri inyectable dosis pa’ recargar las pilas. Era mi salvación, carnal.

Llegué y en la sala de espera, oliendo a desinfectante limpio y café fresco, vi a la enfermera. Se llamaba Karla, güey. Alta, con curvas que te hacen babear, piel morena como chocolate, y un uniformo blanco que se le pegaba en las nalgas redondas. Sus ojos cafés me clavaron cuando me llamó.

«Pásale, Alejandro, ya te toca»
, dijo con voz suave, como miel caliente.

Entré al consultorio, fresco, con esa luz tenue que invita a confidencias. Me senté en la camilla, subí la manga de la camisa. Ella preparaba la jeringa, el líquido ámbar brillando bajo la lámpara. Olía a alcohol y a su perfume, algo floral y dulce que me revolvió las tripas. ¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón?, pensé, mientras veía sus manos delicadas manejando la bedoyecta tri inyectable dosis.

«Esto te va a poner como toro, ¿eh?», me guiñó un ojo, juguetona. Su aliento cálido rozó mi brazo cuando se acercó. Sentí un cosquilleo en la piel, como electricidad. La aguja pinchó suave, casi erótica, un ardor rápido que se expandió por mi nalga –me había bajado los pantalones un cachito pa’ que fuera intramuscular–. Chin, qué rico duele, se me cruzó por la mente. Ella masajeó el sitio de la inyección, sus dedos firmes presionando mi carne, enviando ondas de calor directo a mi verga.

Salí de ahí flotando, pero no solo por las vitaminas. Karla me dio su número “por si hay efectos secundarios”. ¿Efectos secundarios? Esa morra es el efecto principal. Llegué a mi depa en la Condesa, un lugar modesto pero con vista al parque. Me tiré en el sillón, y de repente, bam, la bedoyecta tri inyectable dosis hizo su magia. Energía pura corría por mis venas, el corazón latiendo fuerte, la piel sensible como nunca. Cada roce de la ropa era una caricia. Pensé en ella, en sus tetas apretadas bajo el uniformo, en cómo se moverían.

Le marqué. «¿Ya sientes la dosis, Ale?», contestó riendo, voz ronca que me puso duro al instante. «Ven pa’ acá, te checo yo misma», propuse, medio pendejo de la excitación. Quince minutos después, tocaban la puerta. Ahí estaba, ya sin uniforme, en jeans ajustados y blusa escotada, el perfume invadiendo el aire como una droga.

La invité a pasar, el ambiente cargado de tensión. Nos sentamos en el sofá, platicando pendejadas sobre la chamba, pero sus ojos decían otra cosa. Olía a vainilla y deseo, su piel brillaba bajo la luz de la tarde. No aguanto más, pensé. Le rocé la mano, y ella no se apartó. Al contrario, se acercó, su muslo presionando el mío. «La bedoyecta te puso bien encendido, ¿verdad?», murmuró, mordiéndose el labio.

Sus labios tocaron los míos, suaves, húmedos, sabiendo a menta fresca. El beso fue lento al principio, explorando, lenguas danzando como en un tango caliente. Sus manos subieron por mi pecho, quitándome la playera. Sentí sus uñas arañando suave mi piel, erizándome los vellos. Yo le desabroché la blusa, revelando un brasier negro de encaje que apenas contenía sus chichis firmes. Olían a loción de coco, deliciosos.

La cargué a la recámara, su risa juguetona resonando. La cama king size nos esperaba, sábanas frescas oliendo a detergente suave. La tumbé despacio, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que empezaba a perlar.

«Ay, wey, qué rico me besas»
, gemía bajito, arqueando la espalda. Le quité los jeans, exponiendo unas tanguitas minúsculas, su concha ya húmeda marcándose. La toqué por encima, suave, sintiendo el calor irradiar.

Ella me jaló el cinturón, liberando mi verga tiesa como fierro. La bedoyecta tri inyectable dosis esta neta funciona milagros, crucé por la cabeza mientras ella la lamía, lengua caliente envolviéndome, saliva chorreando. El sonido de su chupada era obsceno, húmedo, mezclándose con mis jadeos. La probé, metiendo la cara entre sus piernas, oliendo su aroma almizclado, musgoso, lamiendo sus labios hinchados, saboreando su jugo dulce y salado. Ella se retorcía, «¡Más, pendejo, no pares!», gritaba, clavándome las uñas en la cabeza.

La tensión crecía como tormenta. Nos volteamos en 69, cuerpos entrelazados, sudados, el aire pesado de gemidos y el slap de piel contra piel. Su clítoris palpitaba en mi lengua, yo al borde con su boca experta. Pero quería más. La puse boca arriba, piernas abiertas, y me hundí en ella despacio. Chingada madre, qué prieta y caliente. Su concha me apretaba como guante, jugos chorreando, lubricándonos.

Empecé a bombear, lento primero, sintiendo cada vena rozar sus paredes. Ella clavaba las uñas en mi espalda, dejando marcas rojas que ardían rico. El ritmo subió, camas rechinando, cuerpos chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, sudor, feromonas. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las chupaba, mordisqueando pezones duros como piedras.

«¡Dame duro, Ale, hazme venir!»
, rogaba, ojos en blanco.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, redondo. Le di nalgadas suaves, viendo la carne temblar. Entré de nuevo, profundo, golpeando su punto G. Ella empujaba hacia atrás, desesperada, el sonido de mis bolas contra su clítoris era música. Mi verga hinchada, lista para explotar. Sentí su concha contraerse, ordeñándome, mientras gritaba su orgasmo, cuerpo temblando, jugos salpicando.

No aguanté. Me corrí dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor, corazones tronando al unísono. Ella se acurrucó en mi pecho, besándome suave. «Esa dosis de bedoyecta tri fue lo mejor que me has dado», susurró riendo.

Nos quedamos así, en afterglow, el sol del atardecer pintando la habitación de naranja. Mi cuerpo zumbaba aún, pero ahora de satisfacción plena. Neta, carnal, la vida es chida con una buena inyección y una morra como Karla. Prometimos repetir, no solo la vitamina, sino todo el paquete. Esa noche dormí como rey, soñando con más dosis ardientes.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.