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El Tri Nostalgia en Carne Viva

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El Tri Nostalgia en Carne Viva

La pantalla del tele chispeaba con los colores verde blanco y rojo del estadio Azteca archivado en mi memoria. Era una noche de esas que huelen a chelas frías y antojitos calientes en la casa de mi carnala Lupe en la Condesa. Todos gritábamos por El Tri en un replay del Mundial del 86, esa joya que nos unía como mexicanos de hueso colorado. El sudor me perlaba la frente bajo la playera ajustada de México que me ponía cada vez que había partido, y el aire cargado de humo de cigarro y perfume barato me hacía cosquillas en la nariz.

Ahí estaba él, Javier, el pendejo guapo de la prepa que siempre me guiñaba el ojo en las fiestas de fin de curso. Alto, moreno, con esa barba incipiente que ahora le daba un aire de hombre hecho y derecho. Se acercó con una cerveza en la mano, su sonrisa torcida iluminada por la luz parpadeante del gol de Hugo Sánchez. ¿Qué onda, morra? ¿Sigues siendo la fan número uno? me dijo, su voz ronca como el rugido de la afición en el video.

Mi corazón dio un brinco. El Tri nostalgia, pensé, esa calidez que sube del estómago cuando recuerdas los domingos de gloria, las calles llenas de cánticos y banderas. Nos sentamos en el sofá viejo de Lupe, hombro con hombro, y mientras el partido avanzaba, las pláticas fluyeron como tequila reposado. Recordamos cómo veíamos los juegos en la tele de mi casa, él colándose por la ventana para no despertar a mis viejos, yo riéndome bajito de sus chistes pendejos. Su muslo rozaba el mío, y el calor de su piel a través del pantalón de mezclilla me erizaba la nuca.

El ambiente se cargaba. La multitud en la pantalla bramaba ¡México! ¡México!, y Javier me miró con ojos que brillaban más que las luces del estadio. Neta, Ana, verte aquí me trae todos esos recuerdos... esa El Tri nostalgia que nos ponía calientes sin darnos cuenta. Su aliento olía a limón y cerveza, fresco y tentador. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mi cuerpo respondía con un pulso acelerado entre las piernas.

La tensión crecía con cada jugada. Cuando Bora Milutinovic gritaba órdenes en el replay, Javier deslizó su mano por mi espalda, trazando la curva de mi espina con dedos firmes. Qué chido se siente esto, pensé, mientras el vello de mis brazos se paraba. No era solo el partido; era él, su presencia sólida, el olor terroso de su loción mezclada con sudor fresco. Me giré y lo besé, suave al principio, probando el salado de sus labios, el roce áspero de su barba contra mi piel suave.

Acto dos: la escalada. Nos escabullimos a la recámara de huéspedes de Lupe, la puerta cerrándose con un clic que ahogó el ruido de la fiesta. La luz tenue de una lámpara de noche pintaba sombras en sus músculos definidos bajo la playera. ¿Quieres esto, Ana? Dime que sí, carnala. Asentí, empoderada, jalando de su camisa para quitársela. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, olía a hombre puro, a deseo acumulado de años. Mis manos exploraron, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo la palma, como el tambor de la banda en un estadio lleno.

Él me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. El aire fresco de la habitación me erizó los pezones, duros y ansiosos. Estás más rica que nunca, morra, murmuró, su lengua trazando círculos en mi cuello, bajando al valle entre mis senos. Gemí bajito, el sonido perdido en el eco lejano de un gol en la sala. Sus manos grandes amasaban mis nalgas, apretando con esa fuerza juguetona que me hacía arquear la espalda. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que se mezclaba con mi propio jugo dulce, empapando mis calzones de encaje.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda caliente. Javier se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su aliento cálido volviéndome loca. Órale, no pares, pensé, mis dedos enredados en su pelo negro revuelto. Cuando su lengua tocó mi clítoris, suave y experta, un rayo de placer me recorrió desde el centro hasta las puntas de los pies. Saboreaba mi humedad con gruñidos bajos, como si fuera el mejor pozole de la abuela. Yo me retorcía, el colchón crujiendo bajo nosotros, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Pero quería más, quería sentirlo todo. Lo jalé arriba, guiando su verga dura y palpitante hacia mí. Ven, pendejo, fóllame como en esos sueños que teníamos de morros, le dije, mi voz ronca de lujuria. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome con su grosor caliente. El estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado, mis paredes apretándolo como guante. Empezamos a movernos, ritmados como el vaivén de un partido intenso: lento al principio, construyendo, luego rápido, salvaje.

Sus caderas chocaban contra las mías con palmadas húmedas, el sudor nos unía en una capa resbalosa. Olía a sexo puro, a pieles en llamas, a esa El Tri nostalgia transformada en fuego carnal. ¡Más fuerte, Javier! ¡Como si estuviéramos ganando la Copa! grité, y él obedeció, embistiéndome profundo, su aliento jadeante en mi oreja. Mis tetas rebotaban con cada thrust, sus manos pellizcándolas, tirando de los pezones hasta que vi estrellas. El orgasmo se acercaba, una ola gigante desde mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de él.

Acto tres: la liberación. Exploté primero, un grito gutural escapando mientras mi cuerpo temblaba, jugos calientes empapando las sábanas. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente llenándome en pulsos potentes. Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con los vítores lejanos del partido. Su peso sobre mí era perfecto, protector, el olor de nuestro clímax envolviéndonos como niebla dulce.

Después, nos recargamos en la cama, desnudos y satisfechos, el tele de la sala filtrando el final del juego. Javier me acariciaba el pelo, besando mi frente. Esa El Tri nostalgia siempre será nuestra, Ana. Pero esto... esto es ahora, y neta que quiero más. Sonreí, mi mano trazando su pecho aún agitado. El afterglow me invadía, una paz profunda mezclada con picardía. Afuera, la ciudad latía con luces y risas, pero aquí, en esta recámara perfumada a sexo y recuerdos, todo era perfecto.

Nos vestimos a medias cuando Lupe gritó que México había empatado en el replay. Salimos riendo, manos entrelazadas disimuladamente, listos para más noches de gloria compartida. Esa El Tri nostalgia no era solo del pasado; ahora ardía en nuestra piel, prometiendo rondas infinitas de placer.

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