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Mi Esposa en Su Primer Trío

7656 palabras

Mi Esposa en Su Primer Trío

Todo empezó en una noche calurosa de verano en nuestro departamento en Polanco, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas entreabiertas. Yo, Javier, llevaba meses fantaseando con la idea de ver a mi esposa, Ana, explorando algo nuevo. Ana es esa morra preciosa de curvas generosas, piel morena como el chocolate y unos ojos negros que te clavan hasta el alma. Llevábamos ocho años casados, y aunque nuestra vida sexual era chida, siempre hablábamos de pendejadas para calentar el ambiente. Una noche, después de unos tequilas, le confesé mi rollo: quería verla en su primer trío. Ella se sonrojó, pero neta, vi el brillo en sus ojos. "¿Estás loco, carnal? ¿Con quién?", me dijo riendo, pero no dijo que no.

Ahí entró Paco, mi compa de la uni, un wey alto, atlético, con esa sonrisa pícara que siempre ha sido su arma secreta. Lo invité a cenar esa noche, sin decirle nada al principio. Preparé unos tacos de arrachera con guacamole fresco, chelas frías de la refri y una playlist de cumbia rebajada bajita para ambientar. Ana se veía de muerte: falda ajustada roja que le marcaba el culo perfecto, blusa escotada que dejaba ver el borde de su sostén de encaje negro. Cuando Paco llegó, la miró de arriba abajo y silbó bajito. "¡Órale, Ana, estás cañona!" Ella se rio, coqueta, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y excitación pura.

Comimos charlando pendejadas, recordando anécdotas de juventud. El tequila fluía, y poco a poco la plática se puso subidita de tono. "¿Y ustedes dos, cómo le hacen para no aburrirse?", preguntó Paco, guiñándome el ojo. Ana me miró, mordiéndose el labio, y dijo: "Pues con fantasías locas, como... un trío". Se hizo un silencio pesado, cargado de electricidad. Yo tragué saliva, mi verga ya empezaba a despertar bajo los jeans. Paco levantó las cejas: "¿En serio? Neta me late la idea". Ana se acercó a mí, su mano en mi muslo, y susurró: "¿Lo hacemos, amor? Quiero probar". El corazón me latía como tamborazo en la cabeza. Asentí, y el aire se llenó de ese olor a deseo, a piel caliente anticipando lo que vendría.

Mi esposa en su primer trío... joder, esto va en serio. ¿Y si no me gusta? ¿Y si ella se engancha? Pero su mirada, pendejo, esa mirada me dice que confía en mí. Vamos a volar juntos.

Nos movimos al sillón grande de la sala, con las velas de vainilla encendidas soltando su aroma dulce y embriagador. Paco se sentó al lado de Ana, y yo enfrente, observándolos. Ella empezó besándome, su lengua suave y húmeda explorando mi boca, saboreando a tequila y a menta de su chicle. Paco la miró, esperando permiso. Ana giró la cabeza y lo jaló por la camisa, plantándole un beso que me puso la piel de gallina. Vi sus labios carnosos devorando los de él, el sonido chuposo y jadeante llenando la habitación. Mis manos temblaban de puro nervio mientras le subía la falda, sintiendo el calor de sus muslos firmes, su tanga ya húmeda pegada a la piel.

La tensión subía como la marea. Ana se quitó la blusa despacio, dejando ver sus tetas grandes, pezones duros como piedras oscuras. Paco gimió bajito: "Chingao, qué ricas". Se inclinó y las chupó, lamiendo con hambre, mientras ella arqueaba la espalda y gemía contra mi cuello. Yo le bajé el bra, masajeando una teta mientras Paco devoraba la otra. El olor de su sudor mezclado con perfume floral me volvía loco, y toqué su concha por encima de la tanga: empapada, caliente, palpitando. "Quítensela", ordenó ella, voz ronca de pura lujuria. Paco y yo la desvestimos entre risas nerviosas, quedando desnuda, gloriosa, con el vello púbico recortado en forma de triángulo negro.

La llevamos al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón fresco esperándonos. Ana se recostó, piernas abiertas, invitándonos. Yo me quité la ropa rápido, mi verga tiesa apuntando al techo, venosa y lista. Paco igual, su pito grueso y largo me hizo tragar duro, pero la idea de compartirla me encendía. Empecé lamiéndole el cuello, bajando a sus tetas, mordisqueando los pezones que sabía a sal y deseo. Paco se fue directo a su entrepierna, lengua experta abriendo sus labios vaginales, chupando el clítoris hinchado. Ana gritó: "¡Sí, cabrones, así!" Sus caderas se movían solas, el sonido de su coño mojado siendo lamido era obsceno, chapoteante, mezclado con sus jadeos agudos.

Me subí encima de su cara, y ella me mamó la verga con avidez, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande, saboreando mi pre-semen salado. Paco metió dos dedos en ella, follándola despacio, y yo sentía las vibraciones de sus gemidos en mi pito. Cambiamos: yo la penetré primero, hundiéndome en su calor resbaloso, apretado como virgen a pesar de los años. "¡Ay, amor, qué duro!", chilló, uñas clavadas en mi espalda. Paco se la metió en la boca, y ver su garganta tragando esa verga ajena me llevó al borde. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, sudor, jugos íntimos.

Esto es mi esposa en su primer trío, y joder, se ve empoderada, dueña de su placer. Sus ojos me buscan, diciéndome que soy yo quien manda en su corazón.

La intensidad creció. Ana se puso a cuatro patas, culo en pompa redondo y firme. Paco la embistió por atrás, su pito desapareciendo en ella con golpes húmedos, piel contra piel resonando como palmadas. Yo delante, ella mamándome mientras la follaban. Sus tetas se mecían salvajes, sudor goteando por su espinazo. "Cámbienme", suplicó, y lo hicimos. Ahora yo la cogía por detrás, sintiendo el estiramiento de su concha después de Paco, más resbalosa, más abierta. Él en su boca, y Ana gozaba como reina, mano en sus huevos, ordeñándolo. Los gemidos se volvieron rugidos: el mío grave, el de Paco agudo, los de ella un coro de éxtasis.

La pusimos en el medio, sandwich erótico. Paco debajo, ella cabalgándolo, subiendo y bajando con ritmo experto, su culo rebotando contra su pubis. Yo atrás, lubricado con su propio flujo, le metí la verga en el culo despacio. Ana gritó de placer-dolor: "¡Lentito, weyes! ¡Pero no paren!" El doble llenado la desarmó; su ano apretado me ordeñaba, mientras Paco la frotaba el clítoris. Sentía su pulso acelerado, el calor abrasador compartido a través de la delgada pared. Olía a todo: semen filtrándose, su aroma femenino intenso, pieles sudadas pegajosas.

El clímax llegó como avalancha. Ana se convulsionó primero, orgasmo brutal sacudiéndola, chorros calientes mojando a Paco, grito gutural: "¡Me vengo, chingado!" Paco explotó dentro de su coño, gruñendo como animal, semen caliente rebosando. Yo aguanté hasta el último segundo, sacándola y corriéndome en su espalda, chorros espesos blancos contrastando con su piel morena, mientras ella jadeaba exhausta. Colapsamos en un enredo de cuerpos, respiraciones entrecortadas, risas cansadas.

Después, en la afterglow, Paco se fue con un abrazo y "Gracias, carnales, estuvo de lujo". Ana y yo nos duchamos juntos, agua tibia lavando fluidos, jabón de coco perfumando el vapor. La abracé bajo la regadera, su cabeza en mi pecho. "¿Estás bien, amor?", le pregunté. Ella sonrió, ojos brillantes: "Nunca mejor. Fue nuestro, tuyo y mío". En la cama, pieles frescas contra sábanas revueltas, hablamos susurros. Ese primer trío no rompió nada; lo fortaleció. Su confianza, mi orgullo al verla florecer. Ahora, cada mirada suya me recuerda esa noche, y neta, quiero más aventuras juntos.

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