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Un Trío Musical Ardiente

7161 palabras

Un Trío Musical Ardiente

Yo era Ana, la vocalista de Los Rebeldes, un trío musical que la neta estaba rompiéndola en los bares de la Condesa. Luis, el guitarrista, con esos ojos cafés que te miraban como si ya te estuvieran desnudando, y Marco, el baterista, un morro alto y fibroso que sudaba como loco cuando tocaba, pero con una sonrisa que te derretía. Habíamos armado el grupo hace unos meses, ensayando en un cuartito chiquito rentado en la colonia Roma, con el olor a tacos de suadero colándose por la ventana y el ruido de los coches en Insurgentes de fondo.

Esa noche, después de un ensayo que se había puesto intenso, con mis caderas moviéndose al ritmo de la rola que compusimos, sentí el aire cargado. Luis me clavaba la mirada mientras rasgueaba la guitarra, y Marco martillaba los tambores con una fuerza que hacía vibrar el piso bajo mis pies.

"Órale, Ana, esa voz tuya me pone la piel chinita",
me dijo Luis, secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Su camisa pegada al pecho musculoso olía a hombre, a colonia barata mezclada con esfuerzo. Marco soltó una carcajada ronca:
"Neta, carnal, si sigues así, no respondo."
Yo reí, pero por dentro ya sentía ese cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por mis muslos.

Terminamos el ensayo con una rola nueva, algo bien sensual, con letras que hablaban de cuerpos entrelazados y noches sin fin. Apagué el micrófono y me estiré, sintiendo cómo mi blusa ajustada rozaba mis pezones endurecidos. ¿Qué pedo conmigo? pensé, mientras veía cómo Luis guardaba la guitarra y Marco ajustaba las baquetas.

"¿Vámonos por unas chelas al屋 de la esquina?",
propuso Marco, y nadie dijo que no. Caminamos por las calles empedradas, el aire fresco de la noche mexicana rozando mi piel, con el aroma de jazmines de algún jardín cercano.

En el bar, un antro chiquito con luces neón y cumbia rebajada sonando bajito, nos sentamos en una mesa pegada a la pared. Las chelas frías bajaban suaves, heladas en la garganta, y la plática fluyó como el tequila que pedimos después. Hablamos de música, de cómo nuestro trío musical podía llegar lejos, pero las miradas decían otra cosa. Luis rozó mi mano al pasarme la sal para el trago, y su piel áspera por las cuerdas de la guitarra me erizó el vello. Marco, del otro lado, estiró la pierna y su rodilla tocó la mía bajo la mesa. No era accidental.

Volvimos al cuartito de ensayo caminando tambaleantes, riendo como pendejos. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa.

"¿Saben qué? Nuestro trío musical necesita más... armonía",
solté yo, con la voz ronca de deseo. Luis se acercó primero, su aliento a cerveza y menta invadiendo mi espacio.
"¿Armonía como cuál, preciosa?"
Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Lo besé de vuelta, saboreando su lengua juguetona, mientras Marco nos veía con los ojos encendidos.

Me giré hacia él, tirando de su camiseta sudada. Olía a tambores y pasión, a ese sudor varonil que me volvía loca. Lo besé con fuerza, sintiendo su barba incipiente raspando mi barbilla, sus manos grandes bajando por mi espalda hasta apretar mis nalgas. Luis no se quedó atrás; se pegó a mi espalda, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. Pinche paraíso, pensé, mientras sus erecciones presionaban contra mí desde ambos lados. Mi concha ya estaba empapada, palpitando con cada roce.

Nos quitamos la ropa como si ardiera. Mi falda cayó al piso con un susurro, revelando mis tangas negras que ya estaban hechas madeja. Luis gimió al verlas, arrodillándose para besar mi ombligo, bajando lento, torturándome con su lengua caliente trazando círculos en mi vientre. Marco me devoraba los senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris.

"Estás rica, Ana, neta que sí",
murmuró Marco, su voz grave vibrando contra mi piel.

Me recargué en la pared, el concreto fresco contra mi espalda desnuda contrastando con el calor de sus cuerpos. Luis separó mis piernas, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación.

"Hueles a pecado, morra."
Su lengua encontró mi concha, lamiendo despacio, saboreando mis jugos como si fuera el mejor tequila. Gemí alto, mis manos enredadas en su pelo oscuro, mientras Marco me besaba la boca, tragándose mis jadeos. Sentía sus vergas duras rozándome: la de Luis gruesa y venosa contra mi muslo, la de Marco larga y curva presionando mi cadera.

La tensión subía como un solo de guitarra. Quería más.

"Cójanme los dos, weyes. Hagan que este trío musical vibre de verdad."
Luis se levantó, su verga parada como estaca, y me penetró de un empujón suave pero firme. ¡Ay, cabrón! Llenó mi concha hasta el fondo, estirándome delicioso. Empecé a moverme contra él, mis caderas girando al ritmo de nuestra rola imaginaria. Marco se posicionó atrás, escupiendo en su mano para lubricar mi ano.
"¿Lista, reina?"
Asentí, mordiéndome el labio. Entró despacio, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en placer puro cuando sus pelotas chocaron contra mí.

Estábamos unidos, un trío musical perfecto. Luis embestía adelante, Marco atrás, sincronizados como en el mejor ensayo. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos roncos, sus gruñidos animales llenaban el cuarto. Sudor goteaba por nuestros cuerpos, salado en la lengua cuando lamí el pecho de Luis. Olía a sexo, a nosotros tres mezclados: mi esencia dulce, su almizcle masculino, el leve rastro de humo de cigarro de Marco. Sentía cada pulso, cada contracción; mi clítoris rozando la base de la verga de Luis con cada thrust.

Marco aceleró, sus manos apretando mis caderas, dejando marcas rojas que dolían rico.

"Me vengo, pinche diosa."
Se corrió primero, caliente dentro de mí, su espasmo empujándome al borde. Luis no se detuvo, follándome duro, su mirada clavada en la mía.
"Dame todo, Ana."
Explosé entonces, mi orgasmo como un grito en falsete, olas y olas contrayendo mi concha alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes que se desbordaban por mis muslos.

Caímos en un colchón viejo que teníamos ahí para las siestas post-ensayo. Sudados, jadeantes, enredados como cables de guitarra. Luis besó mi frente, Marco mi hombro.

"Eso fue chingón, carnales. Nuestro trío musical ahora es legendario."
Reí bajito, sintiendo el semen goteando, el cuerpo lánguido y satisfecho. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habíamos compuesto nuestra sinfonía privada.

Al día siguiente, en el desayuno de chilaquiles en un puesto cercano, nos miramos con complicidad. No hubo arrepentimientos, solo promesas mudas de más noches así. Nuestro trío musical no solo tocaba rolas; ahora armonizaba almas y cuerpos. Y neta, eso valía más que cualquier contrato discográfico.

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