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Pasión Desenfrenada en el Tri Counties Regional Center

6631 palabras

Pasión Desenfrenada en el Tri Counties Regional Center

Trabajaba en el Tri Counties Regional Center desde hacía tres años, coordinando programas para adultos independientes. El lugar era un hervidero de rutinas diarias: reuniones en salas con aire acondicionado que olía a café recién hecho y papeles viejos, pasillos con eco de tacones y voces apagadas. Pero ese lunes, todo cambió con la llegada de Javier.

Lo vi por primera vez en la recepción. Alto, moreno, con una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y un olor a colonia fresca que me llegó como una brisa del mar. ¿Quién es este pendejo tan chulo? pensé, mientras fingía revisar mi agenda. Era el nuevo terapeuta ocupacional, transferido de otra sede. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente aún no admitía.

El primer acto de nuestra historia empezó con una reunión de equipo. Nos sentamos uno al lado del otro en la sala de conferencias, mis rodillas rozando las suyas bajo la mesa de madera pulida. El calor de su pierna contra la mía era eléctrico, un pulso constante que me hacía apretar los muslos. Hablaba con voz grave, explicando sus métodos, y yo solo podía imaginar esa voz susurrándome al oído.

¡No mames, Ana, contrólate! Esto es el trabajo.
Pero el deseo ya ardía, lento y traicionero.

Al final del día, el sol se colaba por las persianas, tiñendo todo de naranja. Me quedé recogiendo carpetas y él se ofreció a ayudar. Sus manos grandes rozaron las mías al pasar un folder, y el contacto fue como una chispa. Olía a sudor limpio mezclado con esa colonia, un aroma que me hacía salivar. Quiero probarlo, admití en silencio.

—Oye, Ana —dijo, con esa sonrisa pícara que le arrugaba los ojos—. ¿Quieres que te invite un café en la máquina de la esquina? Para conocernos mejor.

Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Caminamos por el pasillo desierto, nuestros pasos sincronizados. El café sabía amargo, pero su mirada lo endulzó todo. Hablamos de todo y nada: del tráfico en Ventura, de cómo el Tri Counties Regional Center era más que un empleo, un lugar donde ayudábamos a gente a volar alto. Pero entre líneas, la tensión crecía. Sus ojos bajaban a mis labios, y yo sentía mis pezones endurecerse bajo la blusa.

El segundo acto explotó esa misma tarde. Una tormenta repentina azotó las ventanas, el trueno retumbando como mi pulso acelerado. Nos quedamos atrapados en mi oficina, esperando que pasara. Él se acercó, su cuerpo grande ocupando el espacio. Esto es ahora o nunca, pensé.

—Javier, no sé qué me pasa contigo —susurré, mi voz ronca.

Me tomó la cara con manos firmes pero tiernas, sus pulgares acariciando mis mejillas. Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, probando, luego hambrientos. Sabía a café y a hombre, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado. El beso era fuego líquido, descendiendo por mi cuello, mi piel erizándose con cada roce.

Me levantó sobre el escritorio, papeles volando al suelo con un susurro seco. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando mi falda, el roce áspero de sus palmas contra mi piel suave enviando ondas de placer. Olía a lluvia húmeda filtrándose por la ventana, mezclado con mi aroma de excitación, ese olor almizclado que traiciona al cuerpo. Qué rico se siente, pensé, mientras él besaba mi clavícula, mordisqueando suave.

—Eres una diosa, Ana —murmuró, su aliento caliente en mi oreja—. Quiero comerte entera.

Le desabroché la camisa, revelando un pecho moreno y musculoso, cubierto de vello suave que lamí con deleite. Sabía salado, como el mar en verano. Sus manos expertas desprendieron mi sostén, liberando mis senos. Sus labios se cerraron en un pezón, chupando con fuerza, tirando hasta que arqueé la espalda, un gemido escapando de mi garganta. ¡Ay, cabrón, no pares!

La intensidad subía. Bajó mi tanga despacio, sus dedos rozando mi humedad, resbaladizos ya. Jadeé cuando un dedo entró en mí, curvándose justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, como lluvia golpeando el techo. Él se arrodilló, su boca encontrando mi centro. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris con círculos perfectos, succionando hasta que mis caderas se movían solas, follándole la cara. Olía a sexo puro, a panocha mojada y deseo animal.

—Más, Javier, dame más —supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros.

Se puso de pie, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La masturbé despacio, viéndolo gemir, sus ojos oscuros fijos en mí.

Esto es mío ahora
, pensé con poder.

Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que me llenaba por completo. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda rozando mis paredes internas, su pubis chocando contra mi clítoris. El escritorio crujía bajo nosotros, el aire cargado de jadeos y piel contra piel. Sudábamos, nuestros cuerpos pegajosos, el olor a sexo invadiendo la oficina.

Acceleró, sus manos en mis nalgas, amasándolas fuerte. Soy tuya, fóllame duro. Grité cuando el orgasmo me golpeó, olas de placer convulsionándome, mi concha apretándolo como un puño. Él gruñó, embistiendo salvaje, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su semen goteando por mis muslos.

El tercer acto fue el afterglow perfecto. Nos quedamos abrazados en el suelo, alfombra áspera contra mi espalda desnuda, su cabeza en mi pecho. La tormenta había pasado, solo quedaban gotas tamborileando en el vidrio. Su piel era cálida, pegajosa, su respiración calmándose contra mí.

—Esto fue increíble, Ana —dijo, besando mi sien—. Pero quiero más. ¿Cena esta noche?

Sonreí, trazando círculos en su espalda. No fue solo sexo, fue conexión. El Tri Counties Regional Center ya no era solo trabajo; era el inicio de algo ardiente. Salimos juntos, el pasillo ahora testigo silencioso, el futuro lleno de promesas calientes.

Desde ese día, cada mirada en las reuniones era un secreto compartido, cada roce accidental una chispa. La vida en el centro se volvió un juego delicioso, nuestro deseo latiendo bajo la superficie, listo para explotar de nuevo.

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