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El Trio Ardiente con Mi Esposa XXX

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El Trio Ardiente con Mi Esposa XXX

Todo empezó una noche de esas que el calor de la Ciudad de México te pega como un beso húmedo. Yo, Juan, casado con María desde hace cinco años, estaba recostado en el sofá de nuestra departamentito en Polanco, con el ventilador zumbando como loco encima de nosotros. María, mi reina, con su piel morena brillando de sudor, su blusa pegada a esas tetas redondas que me vuelven loco, se acercó con una cerveza fría en la mano. Órale, carnal, me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, ¿qué traes en la cabeza? Yo la miré, sintiendo cómo mi verga se despertaba solo de verla menear las caderas.

—Nada, mi amor, solo pensando en lo chingón que sería probar algo nuevo —le contesté, jalándola a mi regazo. Ella se rio, ese sonido juguetón que huele a jazmín y deseo, y me mordió el lóbulo de la oreja. Habíamos platicado de fantasías antes, de esas que te calientan la sangre. Yo le confesé la mía: un trio con mi esposa xxx, algo salvaje, con otro carnal metiéndose en el juego. Ella no se espantó, al contrario, sus ojos se iluminaron como luces de Navidad.

¿Y si lo hacemos de a de veras, pendejo? ¿Te late invitar a alguien?
Su aliento olía a tequila y menta, y yo ya sentía su concha caliente rozando mi entrepierna.

Al día siguiente, en el antro de la Zona Rosa, el ritmo de la música tecno retumbaba en mis huesos. María iba con un vestidito negro que apenas cubría sus muslos firmes, tacones altos haciendo clic-clac en el piso pegajoso. Yo la veía bailar, su culo moviéndose como olas en Acapulco, y de repente, lo vi: Alex, un morro alto, atlético, con sonrisa de galán de telenovela y ojos que prometían pecado. Nos miramos, él se acercó, y en minutos ya estábamos platicando. Qué chida tu vieja, carnal, me dijo, y María se sonrojó pero le guiñó el ojo. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y excitación pura. ¿Lo invitamos? Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

De regreso en el depa, el aire estaba cargado de anticipación. María sirvió tragos, el hielo tintineando en los vasos, y nos sentamos en la sala. El olor a su perfume mezclado con el mío y el de Alex —sudor fresco y colonia barata— llenaba el espacio. Yo la besé primero, lento, saboreando sus labios carnosos, su lengua danzando con la mía como en un vals prohibido. Alex nos veía, su respiración pesada, y María extendió la mano hacia él. Vente, guapo, murmuró. Sus dedos se entrelazaron, y yo sentí el pulso acelerado en mi verga, dura como piedra.

La llevamos al cuarto, la cama king size crujiendo bajo nuestro peso. Empecé a quitarle el vestido, revelando su lencería roja que contrastaba con su piel canela. Sus pezones ya duros, rosados, pidiendo atención. Alex se acercó por detrás, besándole el cuello, y ella gimió bajito, un sonido que me erizó todos los vellos. Esto es mejor que cualquier video de trio con mi esposa xxx, pensé, mientras mis manos bajaban por su espalda suave, oliendo a vainilla y arousal. Ella se arqueó, presionando su culo contra la entrepierna de Alex, y yo vi el bulto creciendo en sus jeans.

María nos miró con ojos vidriosos de deseo.

Los quiero a los dos, cabrones, no me hagan esperar
. Se arrodilló entre nosotros, desabrochando mi cinturón con dientes, el sonido del zipper bajando como un susurro sucio. Sacó mi verga, gruesa y venosa, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Alex hizo lo mismo, y ella alternaba, mamando una y masturbando la otra, sus labios hinchados brillando de saliva. El cuarto olía a sexo crudo, a testosterona y su coño mojado. Yo gemí, agarrando su cabello negro largo, sintiendo el calor de su boca envolviéndome como terciopelo húmedo.

La tensión crecía, mis bolas pesadas pidiendo alivio, pero quería más. La tumbamos en la cama, yo abrí sus piernas, admirando su concha depilada, labios hinchados y relucientes. Olía a miel y pecado. Metí la lengua, lamiendo su clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces mientras Alex chupaba sus tetas, pellizcando pezones con dientes. Ella se retorcía, uñas clavándose en mis hombros, gritando ¡Ay, sí, chingenme!. Su cuerpo temblaba, el sudor perlando su frente, y yo sentía su pulso en mi lengua acelerándose.

Pero el verdadero fuego vino cuando Alex se quitó la ropa. Su verga era larga, curva, perfecta para lo que venía. María lo jaló, montándolo despacio, su concha tragándosela centímetro a centímetro. Yo la vi bajar, el sonido chapoteante de su humedad, sus gemidos roncos. Métetela por atrás, amor, jadeó ella. Me unté lubricante, fresco y resbaloso, y apunté a su culo apretado. Empujé suave, sintiendo la resistencia inicial ceder, su esfínter envolviéndome como un guante caliente. Estábamos los tres conectados, moviéndonos en ritmo, piel contra piel slap-slap-slap.

El cuarto era un caos de sonidos: sus alaridos agudos, mis gruñidos guturales, los jadeos de Alex. Sudor goteando, mezclándose, oliendo a sal y pasión animal. Yo sentía cada embestida, su culo apretándome, mientras Alex la follaba profundo, sus bolas golpeando las de ella.

¡Qué rico, mis amores, no paren!
gritaba María, su cuerpo convulsionando en el primer orgasmo, paredes apretándonos como vicios. El mío subió como lava, testículos contrayéndose, pero aguanté, queriendo prolongar el éxtasis.

Cambiamos posiciones, ella encima de mí ahora, cabalgándome con furia, tetas rebotando hipnóticas. Alex se paró frente a su cara, y ella lo mamó con avidez, garganta profunda, saliva chorreando. Yo la pellizcaba las nalgas, sintiendo su concha ordeñándome, jugos empapando mis huevos. El olor era intenso, almizcle puro, y el sabor de su piel en mi boca cuando la besaba. Alex gruñó primero, corriéndose en su boca, chorros calientes que ella tragó con deleite, lamiéndose los labios. Eso me empujó al borde.

¡Me vengo, puta rica! —rugí, y exploté dentro de ella, semen caliente inundándola, pulsos interminables. María se vino de nuevo, chillando, su cuerpo temblando sobre mí, concha contrayéndose en espasmos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

Después, en la penumbra, con la luna colándose por la ventana, María se acurrucó entre nosotros. Su cabeza en mi pecho, mano de Alex en su cadera. ¿Y qué, carnal? ¿Repetimos? preguntó con picardía. Yo besé su frente, oliendo su cabello húmedo. Este trio con mi esposa xxx fue lo máximo, pensé, sintiendo una paz profunda, un lazo más fuerte. Alex se despidió al amanecer con un abrazo de compadres, prometiendo discreción. Nosotros nos quedamos en la cama, riendo bajito, planeando la próxima aventura. La vida, qué chingonería.

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