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El Trío Ardiente con Mi Mujer y Su Amigo

6079 palabras

El Trío Ardiente con Mi Mujer y Su Amigo

Era una noche calurosa en nuestro departamento de la Condesa, con el viento trayendo olores a tacos de la esquina y el ruido lejano de los coches en Insurgentes. Yo, Javier, estaba recargado en el sillón, con una cerveza fría en la mano, viendo cómo Lupita, mi mujer, reía con Marco, su amigo de la uni. Lupita es de esas morras que te vuelven loco: curvas que se marcan bajo su blusa ajustada, pelo negro suelto que huele a coco, y unos ojos cafés que te clavan. Marco, el wey alto y atlético, con esa sonrisa pícara, siempre había sido el que la hacía carcajear como nadie.

Neta, desde que lo vi llegar con una botella de tequila, supe que la noche iba a pintar para otro pedo, pensé, mientras sentía un cosquilleo en el estómago. Habíamos platicado antes, Lupita y yo, de fantasías. Ella confesó que le prendía la idea de un trío con mi mujer y su amigo, pero en voz baja, como si fuera un secreto sucio. Yo lo había imaginado mil veces: sus cuerpos enredados, gemidos mezclados con los míos. Pero ¿hoy? Órale, el ambiente estaba cargado.

—Pásame otra chela, carnal —dijo Marco, sentándose al lado de Lupita en el sofá. Ella se acercó más, su muslo rozando el de él, y yo vi cómo su falda subía un poquito, dejando ver esa piel morena y suave. El aire se sentía espeso, con el olor a su perfume mezclado con el sudor ligero de la noche.

Empezamos con shots de tequila. Lupita se lamía los labios después de cada uno, mirándome fijo, como retándome.

"¿Estás listo para esto, amor? ¿O nomás hablas pendejadas?"
me lanzó en un susurro cuando Marco fue por hielo. Mi verga ya se endurecía bajo los jeans, latiendo con la idea.

La plática se puso caliente rápido. Marco contó anécdotas de sus ligues, y Lupita, con las mejillas sonrojadas, le ponía la mano en el brazo. Yo me uní, contando cómo la primera vez que la vi en una fiesta en Polanco, supe que era la buena. El deseo crecía como una fogata: sus risas, el roce accidental de pies, el modo en que ella se mordía el labio.

Entonces, Lupita se paró, tambaleándose un poco por el trago, y bailó al ritmo de cumbia que pusimos en Spotify. Sus caderas se movían hipnóticas, el culo redondo apretado en la falda. Marco y yo la mirábamos como lobos. —Ven, amor —le dije, jalándola hacia mí. La besé duro, con lengua, saboreando el tequila en su boca. Ella gimió bajito, y sentí sus tetas presionando mi pecho.

Marco no se quedó atrás. Se acercó por detrás, besándole el cuello. Lupita jadeó, arqueando la espalda. Esto es real, cabrón. Un trío con mi mujer y su amigo, aquí mismo. Mi corazón tronaba, una mezcla de celos punzantes y excitación brutal. Pero verla disfrutar, neta, me ponía más cachondo.

Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa. La luz tenue de la lámpara pintaba sus cuerpos en dorado. Lupita se quitó la blusa, liberando sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Marco se bajó los pantalones, y su verga saltó, gruesa y venosa, lista. Yo me desvestí rápido, mi pija palpitando al verlos.

Empezamos lentos. La tumbé en la cama, besando su panza suave, bajando hasta su concha ya mojada. Olía a excitación pura, salada y dulce. Lamí su clítoris hinchado, chupando mientras ella gemía "¡Ay, Javier, sí!". Marco se arrodilló a su lado, metiéndole los dedos en la boca. Ella los chupaba ansiosa, mirándonos a los dos.

El calor subía. Sudor perlando su piel, el sonido de lenguas y respiraciones agitadas. Lupita se volteó, poniéndose a cuatro patas. —Cópula conmigo, Marco —susurró ronca. Él se colocó atrás, frotando su verga en su entrada húmeda. Yo me puse enfrente, y ella me mamó la pija, succionando con hambre, saliva chorreando. Sentí su lengua caliente rodeándome, mientras veía cómo Marco la penetraba despacio.

¡Puta madre, qué vista! Mi mujer abriéndose para su amigo, gimiendo alrededor de mi verga. Marco empujaba rítmico, sus bolas golpeando su culo, plaf plaf. El cuarto olía a sexo: sudor, fluidos, piel caliente. Lupita temblaba, sus muslos apretados, gritando cuando él aceleró.

Cambiamos. Yo la cogí misionero, enterrándome hasta el fondo en su coño apretado y resbaloso. Marco le mamaba las tetas, pellizcando pezones. Ella clavaba las uñas en mi espalda, arañando delicioso. —¡Más fuerte, weyes! —pedía, voz quebrada. El placer era eléctrico: su interior contrayéndose, mis embestidas profundas, el slap de carne contra carne.

Marco se unió de nuevo. La pusimos en el medio, yo de rodillas chupándole la concha mientras él le metía la verga en la boca. Sus gemidos vibraban en mi lengua. Luego, el clímax: ella encima de mí, cabalgándome salvaje, tetas rebotando. Marco detrás, lubricando su culo con saliva y jugos. —Sí, métemela ahí —rogó ella. Él entró despacio, y sentimos su calor compartido. Estábamos los tres conectados, moviéndonos en sincronía. Sus paredes apretándonos, gemidos fundidos en un coro.

El orgasmo llegó como avalancha. Lupita se convulsionó primero, gritando "¡Me vengo, cabrones!", chorros calientes mojándonos. Yo exploté dentro de su coño, semen brotando en pulsos. Marco gruñó, llenándole el culo. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes, piel pegajosa.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados. Lupita en el centro, besándonos alternadamente. Su piel brillaba, olor a sexo y satisfacción. —Eso estuvo chido, amor —me dijo, acariciándome el pecho—. Neta, lo amé. Marco sonrió, exhausto.

"Son la pareja más caliente que conozco, wey."

Me quedé pensando, con su cabeza en mi hombro. Ese trío con mi mujer y su amigo no rompió nada; al contrario, nos unió más. Sentí su pulso calmándose contra el mío, el cuarto en silencio salvo por el zumbido del ventilador. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles. El deseo se calmó, dejando un calorcito profundo, como el sol de mediodía en el DF.

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