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El Abrazo Prohibido de Robert Trias

6002 palabras

El Abrazo Prohibido de Robert Trias

Entré al dojo en Polanco con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire estaba cargado de ese olor a colchonetas nuevas y sudor fresco, mezclado con el incienso que Robert Trias siempre encendía para ambientar sus clases de karate. Yo, Ana, una morra de treinta tacos bien puestos, curvas que volvían locos a los weyes del gym, había empezado a tomar lecciones hacía un mes solo por curiosidad. Pero la neta, era por él. Robert Trias, el instructor gringo-mexicano con ojos verdes que te desnudaban con una mirada, músculos tallados como escultura azteca y una sonrisa que prometía pecados deliciosos.

Lo vi desde la puerta, ajustándose el gi blanco que se le pegaba al pecho ancho. Órale, qué pendeja soy, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Su voz ronca dio la orden: "¡Kiotsuke!" Todos nos pusimos firmes. Durante la clase, cada kata que hacíamos me ponía más caliente. Sus manos corregían mi postura, rozando mi cintura, y juro que su aliento olía a menta y deseo puro. El sonido de pies golpeando el tatami, los gritos de kiai retumbaban en mis oídos como un ritmo carnal.

¿Por qué carajos me afecta tanto este vato? Es como si su toque me prendiera fuego por dentro.

Al final de la sesión, mientras todos se iban, Robert se acercó. "Ana, quédate un rato. Quiero darte una lección privada para pulir ese uchi uke." Su acento texano-mexicano me derritió. Asentí, el pulso acelerado, el bochorno de la noche de DF colándose por las ventanas abiertas.

Nos quedamos solos. El dojo se sentía más íntimo, la luz tenue de las lámparas de papel proyectando sombras largas sobre su piel bronceada. Empezamos con katas básicos, pero pronto sus manos se demoraban en mis caderas. "Relájate, mamacita, siente el flujo." Su voz era un ronroneo. Yo giré, simulando un golpe, y terminé pegada a él, mi espalda contra su pecho duro. Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, y un jadeo se me escapó.

"¿Todo bien?" murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Olía a hombre sudado, a feromonas que me nublaban la cabeza. No seas pendeja, Ana, dile que sí quieres, me dije. "Más que bien, Robert. Enséñame más." Nuestras miradas chocaron, y ahí fue. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a sal y hambre. Lenguas danzando, manos explorando. Desabroché su gi, revelando pectorales perfectos, pezones oscuros que lamí con gusto a piel salada.

Me llevó al tatami, extendiendo una colchoneta extra. El suelo crujía bajo nosotros, el aire espeso con nuestro aroma a excitación. Sus dedos bajaron mi pants de entrenamiento, exponiendo mi panocha ya empapada. "Estás chingona, Ana. Mira cómo brillas para mí." Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes vacías. Mi olor a mujer en celo llenaba el espacio, mezclado con el suyo, masculino y embriagador.

Su toque es eléctrico, como un rayo que me recorre la espina. Quiero devorarlo entero.

Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma. "Qué padre la tienes, Robert Trias. Ven, dame." La chupé despacio, saboreando el precum salado, su gruñido gutural vibrando en mi garganta. Él enredó dedos en mi pelo, guiándome con ternura. Esto es consensual, puro fuego mutuo, pensé mientras lo tragaba más profundo, mis jugos chorreando por mis muslos.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas para soplar aire fresco en mi ano, haciéndome arquear. "¿Quieres que te coja ya, corazón?" "¡Sí, pendejo, cógeme duro!" Respondí, riendo entre jadeos. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y entró lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, el ardor delicioso convirtiéndose en éxtasis. El tatami olía a nosotros, a sexo crudo y sudor.

Embestidas rítmicas, como sus katas perfectas. Mis tetas rebotaban, pezones rozando la colchoneta áspera. Él gruñía mi nombre, "Ana, qué rica estás", y yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su cuello, probando su sal. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como reina azteca. Sus manos en mis caderas, guiándome. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos altos, su aliento entrecortado. Me vengo, ya mero. Aceleré, sintiendo la presión en mi clítoris hinchado, frotándolo contra su pubis.

El clímax nos golpeó como tsunami. Mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer mojando todo. Él se tensó, rugiendo, llenando el condón con su leche caliente –lo sentí pulsar. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El dojo en silencio, solo nuestro respirar y el zumbido lejano de la ciudad.

Después, nos quedamos abrazados, su mano trazando círculos en mi vientre. "Eres increíble, Ana. ¿Repetimos la lección?" Sonreí, besando su pecho. "Órale, Robert Trias, pero la próxima traes aceites." Nos vestimos lento, robándonos besos, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Salimos a la noche dfuense, estrellitas en el cielo contaminado, sabiendo que esto era solo el principio. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, el recuerdo de su sabor en mi lengua, su olor en mi piel. Qué chido es encontrar a alguien que te enciende así.

Desde esa noche, las clases con Robert Trias se volvieron nuestro ritual secreto. Cada toque, cada mirada, cargada de promesas. En México, el amor es así: ardiente, sin frenos, puro calor humano.

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