Almetec Tri Farmacia del Ahorro Despierta Pasiones
Entré a la Farmacia del Ahorro con el calor de la tarde pegándome en la piel como una promesa de tormenta. El aire acondicionado me recibió con un soplido fresco que erizó mis vellos, y el olor a medicamentos limpios y desinfectante me invadió las fosas nasales. Llevaba en la mano la receta arrugada de mi esposo, que andaba de viaje por trabajo, pidiendo su Almetec Tri para controlar esa presión que lo traía de malas. Yo, Ana, treinta y cinco años, casada desde hace diez, pero con un vacío adentro que ni los chismes con las vecinas llenaban.
Detrás del mostrador, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido, atendía a una señora mayor. Su bata blanca se ajustaba a unos hombros anchos, y cuando levantó la vista hacia mí, sentí un cosquilleo en el estómago.
¿Qué pedo? ¿Por qué me mira así?pensé, mientras me acercaba fingiendo normalidad.
—Buenas tardes, ¿me das el Almetec Tri de la receta? —le dije, extendiendo el papel con mano temblorosa.
Él sonrió, una sonrisa pícara que dejó ver dientes perfectos. —Claro, preciosa. Déjame checarlo. Soy Javier, el farmacéutico de turno. ¿Para quién es? ¿Algún amor que necesita controlarse?
Su voz ronca me recorrió la espina dorsal como un dedo juguetón. Olía a loción barata pero adictiva, con un toque de sudor masculino que me hizo apretar las piernas. Puta madre, Ana, contrólate, me regañé internamente. Pero el deseo ya bullía, caliente y traicionero.
Me dio la caja del Almetec Tri, rozando mis dedos con los suyos. Electricidad pura. —Son quinientos pesos. Y oye, si necesitas algo más... aquí estoy para ayudarte con lo que sea.
Le pagué, pero no me moví. —Gracias, Javier. Mi esposo lo toma por la presión, anda de viaje. Yo ando estresada también, neta que el calor me tiene loca.
Él se inclinó sobre el mostrador, su aliento cálido cerca de mi oreja. —¿Estrés? Yo tengo remedios caseros para eso. ¿Quieres que te platique después de cerrar? Hay un cafecito chido aquí cerca.
Mi corazón latía como tamborazo en quinceañera.
Esto está mal, pero chingado, se siente tan bien. Asentí, y quedamos en vernos a las ocho.
La noche cayó sobre la colonia como un manto pesado, con grillos cantando y el olor a tacos de la fonda vecina flotando en el aire. Llegué al cafecito con un vestido ligero que se pegaba a mis curvas por el bochorno, pechos libres bajo la tela, sintiendo los pezones duros por la anticipación. Javier ya estaba ahí, camisa desabotonada un poco, mostrando pecho velludo y bronceado.
Nos sentamos en una mesa apartada. Hablamos de todo: de la farmacia, de cómo odiaba a los clientes pendejos que pedían Viagra sin receta, de mi matrimonio aburrido donde el sexo era como receta vencida. Su mano rozó mi rodilla bajo la mesa, y un jadeo se me escapó. —Javier, esto... no sé si...
—Shh, mami. Solo déjate llevar. Tú mandas —me susurró, sus dedos subiendo por mi muslo, encendiendo fuego líquido entre mis piernas.
El café se enfrió mientras la charla viraba a confesiones.
Me encanta cómo me miras, como si quisieras comerme viva, le dije en voz baja. Él rio bajito, su aliento con sabor a café y menta rozando mi cuello. —Y tú, con esa boquita, me traes de la verga tiesa desde la farmacia.
Salimos tambaleantes, su brazo alrededor de mi cintura, guiándome a su depa a dos cuadras. El pasillo olía a humedad y fritanga, pero dentro, su cuarto era un oasis: cama king con sábanas frescas, velas aromáticas a vainilla encendidas. Me besó apenas cruzamos la puerta, labios suaves pero urgentes, lengua invadiendo mi boca con gusto salado y dulce.
Caímos en la cama, sus manos expertas despojándome del vestido. —Qué rica estás, Ana. Mira estos chichis, perfectos —gruñó, chupando un pezón mientras masajeaba el otro. Gemí alto, arqueándome, el roce áspero de su barba en mi piel sensible enviando chispas al clítoris hinchado.
La tensión crecía como tormenta en el desierto mexicano. Me quité su camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el bulto en sus jeans. Está enorme, pensé, mordiéndome el labio. Desabroché su bragueta, liberando una verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, piel caliente y tercioposa, oliendo a hombre puro. —Chúpamela, güeyita —me pidió, voz ronca de deseo.
Me arrodillé, lengua girando en la cabeza mojada de precum, sabor almizclado invadiendo mi paladar. Lo succioné profundo, garganta relajada por práctica olvidada, sus manos enredadas en mi pelo guiándome. —¡Órale, qué chida chupas! Así, más hondo —gimió, caderas empujando.
Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándolo a horcajadas. Mi panocha chorreaba, resbaladiza, rozando su verga.
No aguanto, lo necesito adentro. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. —¡Ay, cabrón, qué grande! —grité, mientras él me agarraba las nalgas, amasándolas.
Cabalgamos como posesos, piel sudorosa chocando con palmadas húmedas, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando círculos rápidos, mientras yo rebotaba, tetas saltando. El olor a sexo nos envolvía, almizcle y sudor mezclado con vainilla. Sentía mi pulso acelerado en oídos, vientre contrayéndose.
—Me vengo, Javier, ¡no pares! —chilló mi voz, rompiéndose en oleadas de placer. Explosé, paredes vaginales apretándolo, jugos empapando sus bolas. Él gruñó animalesco, volteándome de perrito, embistiéndome feroz. —¡Toma, rica, toda la leche! —rugió, llenándome caliente, espasmos sincronizados.
Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa y cálida. Su corazón tronaba contra mi mejilla, aliento agitado en mi pelo. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas.
Esto fue lo que necesitaba, un fuego que no apaga el matrimonio.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando pecados, manos jabonosas explorando curvas residuales. —Vuelve cuando quieras tu Almetec Tri, o sin receta —bromeó, guiñando.
Salí al amanecer, piernas flojas, sonrisa tonta. La farmacia del ahorro no solo vendía pastillas; guardaba secretos que aceleraban el pulso de verdad. Y yo, ansiosa por la próxima dosis de Javier.