El Precio Ardiente de la Bedoyecta Tri Inyectable
Estaba hasta la madre de sentirme como un trapo viejo. Trabajando todo el día en la oficina de Polanco, con el pinche tráfico de la CDMX que no perdona, y por las noches, ni ganas de agarrarme con mi morro. Neta, mi libido andaba en el suelo, como si me hubieran chingado la energía. Una carnala mía, la Lupita, me dijo: "Órale, wey, ve por una Bedoyecta Tri inyectable. Te sube el ánimo que ni te imaginas, y de paso, te prende pa'l desmadre".
Investigué en el cel y vi que el precio de la bedoyecta tri inyectable andaba en unos quinientos varos en una clínica chida cerca de Reforma. No era caro pa' lo que prometía: vitaminas B que te reviven como por arte de magia. Me animé y esa misma tarde, después del jale, me planté ahí. La clínica era bien fancy, con pisos de mármol y un olor a limpio que te hacía sentir sana de volada.
En la recepción, una morra bien producida me atendió. "¿Vienes por la Bedoyecta?", me preguntó con sonrisa profesional. "Sí, güey, la Tri inyectable", le contesté. Me pasaron a una consultorio luminoso, paredes blancas, un catre con sábana nueva y un doctor que... ¡órale! Alto, moreno, con ojos cafés que te miraban hasta el alma y una bata que no escondía unos brazos fuertes. Se presentó como el Dr. Alejandro, pero me dijo "llámame Alex, no mames, no soy tan formal".
¿Y este pendejo qué onda? Con esa sonrisa chueca y voz grave, ya me estaba mojando nomás de verlo. ¿Sería el efecto placebo o qué?
Me senté en el catre, subí la manga de mi blusa y le pregunté directo: "Doc, ¿cuál es el precio de la bedoyecta tri inyectable? ¿Sale en quinientos?". Él rio bajito, ese sonido ronco que vibraba en mi pecho. "Exacto, preciosa. Pero por ti, lo hago irresistible", contestó mientras preparaba la jeringa. El líquido ámbar brillaba bajo la luz, y el alcohol que roció en mi brazo olía fresco, punzante.
Me recargué, sintiendo su aliento cálido cerca de mi piel. "Relájate, va a picar un poquito, pero luego te sientes como diosa", murmuró. La aguja entró suave, un pinchazo agudo que se volvió calor líquido expandiéndose por mi vena. Pum, como fuego lento bajando por mi brazo, al pecho, al vientre. Mi corazón latió más fuerte, la piel se me erizó. Él masajeó el sitio de la inyección con dedos firmes, ásperos pero tiernos, y el roce me hizo suspirar sin querer.
"¿Ya sientes el power?", preguntó, sus ojos clavados en los míos. Asentí, mareada de placer repentino. "Gracias, doc. Neta que valió cada peso el precio de la bedoyecta tri inyectable". Nos quedamos mirándonos un segundo eterno, el aire cargado de algo eléctrico. Él se acercó más, su colonia amaderada invadiendo mis sentidos. "Si quieres más energía, pasa por aquí cuando gustes", dijo con guiño.
Salí de la clínica flotando. El sol de la tarde calentaba las banquetas, el claxon de los coches sonaba lejano. Mi cuerpo zumbaba: pulsos rápidos en las sienes, calor entre las piernas que no paraba. Llamé a mi morro pa' cancelar planes, pero en realidad, quería más de ese doc. Esa noche, no pude dormir. Me toqué pensando en sus manos, imaginando su boca.
Al día siguiente, pretextos y volví a la clínica. "Otra Bedoyecta, doc?", preguntó la recepcionista con ojo pícaro. Alex me esperaba, sonrisa lobuna. "Ven, vamos a mi oficina privada". Ahí, sin bata, en camisa ajustada que marcaba su pecho ancho. Hablamos de todo: del tráfico culero, de antojos de tacos al pastor, de cómo la vida en México te chinga pero también te da estos regalos.
Este wey me prende como mecha. ¿Y si le echo el carro? Consiente, todo chido, adultos cabrones queriendo lo mismo.
La tensión creció como tormenta. Él se acercó, rozó mi mano. "Desde ayer no dejo de pensar en ti", confesó con voz ronca. Yo me paré, pegué mi cuerpo al suyo. Su calor me envolvió, olía a hombre limpio, sudor fresco. Nuestros labios se juntaron suaves al principio, explorando. Su lengua sabía a menta, invadiendo mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, sintiendo su verga dura contra mi muslo.
Me levantó en brazos como pluma, recostándome en el sofá de cuero negro. Sus manos bajaron mi falda, acariciando mis nalgas con urgencia. "Eres fuego, carnala", gruñó mientras besaba mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, enviando chispas a mi clítoris. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, pectorales firmes bajo mi lengua.
Caímos en un torbellino. Él chupó mis tetas, pezones duros como piedras, tirando con dientes suaves que me arquearon la espalda. Mi coño chorreaba, olor almizclado llenando la habitación. "¡Métemela ya, pendejo!", le supliqué, jalando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí con gusto salado.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi entrepierna. Lengua experta lamiendo pliegues, chupando mi botón con succiones que me hicieron gritar. Olas de placer subían, mi vientre contraído, uñas clavadas en su pelo. "¡No pares, cabrón!", jadeé. Él introdujo dedos, curvados tocando ese punto que me deshizo. Explosión: corrí en su boca, jugos calientes, cuerpo temblando como hoja.
Pero la Bedoyecta me tenía imparable. Lo volteé, cabalgándolo como amazona. Su pija entró profunda, estirándome delicioso. Reboté, tetas saltando, sudor perlando nuestra piel. Él gemía "¡Qué rica estás, wey!", manos amasando mis caderas. El slap slap de carne contra carne, nuestros alaridos mezclados con el zumbido del aire acondicionado.
Cambié de posición, él atrás, doggy style feroz. Cada embestida profunda, bolas golpeando mi culo, su mano en mi clítoris frotando. Sentía su pulso en mi interior, venas palpitando. "Vente conmigo", ordenó, y el clímax nos barrió: él llenándome de leche caliente, yo convulsionando, visión borrosa de puro gozo.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mi cintura, besos perezosos en la nuca. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. "La Bedoyecta fue lo de menos, tú eres el verdadero power", murmuró él. Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos.
Neta, ese precio de la bedoyecta tri inyectable valió oro. No solo energía, sino esta conexión culera y chida a la vez. Mañana, ¿otra dosis?
Nos despedimos con promesas de más, yo saliendo con piernas flojas pero alma llena. La ciudad bullía afuera, luces de neón parpadeando, pero yo llevaba mi propio fuego interno. Desde entonces, cada inyección es pretexto pa' revivir esta pasión mexicana, consensual y ardiente como el sol de julio.