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No Intentes Esto En Casa

7198 palabras

No Intentes Esto En Casa

La noche en la Ciudad de México estaba cargada de electricidad, no solo por las nubes que se arremolinaban sobre los edificios como un mal presagio. Tú y Daniela habían planeado esto desde hace semanas: una escapada salvaje, lejos de la rutina del depa chiquito en la Roma. Ella, con su piel morena brillando bajo las luces neón del elevador, te miró con esos ojos cafés que prometían todo. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como segunda piel, y tú no podías dejar de imaginar cómo se sentiría quitárselo con los dientes.

"¿Listo para lo prohibido, carnal?" murmuró ella, su voz ronca rozando tu oreja mientras subían al piso 25 del hotel en Polanco. El elevador zumbaba suave, pero tu pulso latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Sus dedos jugaban con el botón de tu camisa, desabrochándolo uno a uno, y el aroma de su perfume —mezcla de jazmín y algo picante, como mole poblano– te invadía las fosas nasales.

No intentes esto en casa, pendejo. Esto es para locos como nosotros.
Pensaste, recordando las advertencias que leíste en foros de parejas aventureras.

Las puertas se abrieron al rooftop privado, reservado solo para ustedes. El viento azotaba fuerte, trayendo el olor a ozono de la tormenta que se avecinaba. La ciudad se extendía abajo como un mar de luces parpadeantes: el Ángel reluciendo a lo lejos, autos pitando como grillos enloquecidos. Daniela se soltó de tu mano y caminó hacia la barandilla, su cabello negro ondeando salvaje. "Ven, güey. Mira esto", dijo, girándose con una sonrisa que era puro fuego. Tú la seguiste, el corazón tronándote en el pecho. Sus labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, saboreando a tequila reposado y a deseo puro. Sus tetas se apretaban contra tu pecho, duras ya por la anticipación, y tus manos bajaron a su culo firme, amasándolo como masa de tamales.

La tensión crecía con cada roce. Ella te empujó contra la pared de vidrio que rodeaba el jacuzzi, sus uñas arañando tu espalda a través de la camisa. "Quítamelo todo, cabrón", exigió, mordiendo tu labio inferior hasta que sentiste el pinchazo dulce de la sangre mezclada con su saliva. Obedeciste, rasgando el vestido por los hombros. Cayó al piso mojado por las primeras gotas de lluvia, revelando su cuerpo desnudo, sin nada debajo. Sus pezones oscuros se erizaron con el viento frío, y el vello de su monte de Venus brillaba húmedo ya, no solo por la lluvia que empezaba a caer. Tú te desvestiste rápido, tu verga saltando libre, tiesa como poste de luz, palpitando al ritmo de tu respiración agitada.

La lluvia arreció, golpeando vuestras pieles como mil dedos invisibles. El sonido era ensordecedor: ¡pum-pum! contra el concreto, salpicando charcos que reflejaban los relámpagos. Daniela se arrodilló, el agua corriendo por su cara como lágrimas de placer, y tomó tu pija en su boca caliente. Su lengua giraba alrededor del glande, chupando con fuerza, el sabor salado de tu pre-semen mezclándose con la lluvia fresca. Gemiste, agarrando su pelo empapado, el olor a tierra mojada subiendo desde la ciudad.

Esto es una locura. Un rayo y adiós, pero chingado, qué rico.
Tu mente gritaba, pero tu cuerpo se rendía. Ella succionaba más profundo, garganta contra ti, hasta que sentiste las bolas apretarse.

"No tan rápido, amor", jadeó ella levantándose, sus labios hinchados y rojos. Te jaló hacia el centro del rooftop, donde una cama king size cubierta de sábanas de satén negro esperaba bajo un toldo semiabierto. La tormenta rugía ahora, truenos retumbando como si el cielo se estuviera cogiendo a la tierra. Se recostó, abriendo las piernas con descaro, su panocha rosada y chorreante invitándote. El aroma almizclado de su excitación cortaba el aire fresco, y tú te hundiste entre sus muslos, lamiendo lento al principio. Su clítoris era un botón hinchado, sabroso como mango maduro, y ella arqueó la espalda gritando: "¡Sí, así, lame mi concha, pinche rico!"

La intensidad subía como la marea. Tus dedos se colaron dentro de ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Estaba tan mojada que sonaba como chapoteo en cenote, sus jugos cubriendo tu mano. Daniela se retorcía, sus uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso. "Te quiero adentro, métemela ya", suplicó, su voz ahogada por un trueno que iluminó su rostro extasiado. Te posicionaste, la punta de tu verga rozando sus labios hinchados, y empujaste lento, centímetro a centímetro. El calor de su interior te envolvió como volcán, apretándote en espasmos. Empezaste a bombear, primero suave, sintiendo cada vena de tu pija rozar sus paredes aterciopeladas.

Pero esto no era cualquier revolcón. La lluvia nos empapaba, el viento nos azotaba, y cada relámpago era un flash que hacía su piel brillar como oro líquido. Aceleraste, cogiéndola duro contra las sábanas empapadas, el slap-slap de carne contra carne compitiendo con la tormenta. Ella envolvía tus caderas con sus piernas fuertes, clavándote más profundo. "¡Más fuerte, chingame como animal!" gritaba, sus tetas rebotando con cada embestida. Sudor, lluvia y jugos se mezclaban, goteando por tus bolas. El olor era embriagador: sexo crudo, ozono, y un toque de su sudor salado. Tu mente era un torbellino:

No intentes esto en casa, wey. Un resbalón y volamos los dos. Pero joder, esta adrenalina...

La escalada era imparable. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como jinete en palenque, sus caderas girando en círculos que te volvían loco. Sus manos en tu pecho, pellizcando tus pezones, y tú amasando su culo, dando nalgadas que resonaban como truenos pequeños. Un rayo cayó cerca, iluminando la escena en blanco cegador, y ella se vino primero: un grito gutural, su concha contrayéndose alrededor de tu verga como puño caliente, chorros calientes salpicando tu abdomen. "¡Me vengo, cabrón, no pares!" El clímax te arrastró: bombeaste semen espeso dentro de ella, oleadas de placer sacudiendo tu cuerpo mientras el trueno más fuerte retumbaba, como si el universo aplaudiera.

Colapsaron juntos, jadeando, la lluvia amainando a un golpeteo suave. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. El aire olía a tierra fecundada, a sexo satisfecho, y las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Daniela levantó la vista, besándote lento, saboreando el afterglow. "Fue chingón, ¿verdad? Pero no intentes esto en casa, amor. Solo aquí, contigo", susurró con picardía, trazando círculos en tu piel húmeda.

Tú sonreíste, abrazándola fuerte bajo el cielo que se aclaraba. La tensión se había disuelto en paz profunda, un lazo más fuerte forjado en la locura compartida. Abajo, la ciudad seguía su ritmo eterno, ajena a vuestra tormenta privada. En ese momento, supiste que esto era más que sexo: era vida al límite, consensual y electrizante, grabado en vuestras almas como un tatuaje invisible.

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