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Tríos Reales de Parejas que Enloquecen

6926 palabras

Tríos Reales de Parejas que Enloquecen

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso de mayo, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire como un perfume embriagador. Yo, Ana, caminaba del brazo de Luis, mi carnal de cinco años, sintiendo su mano fuerte apretando la mía. Llevábamos meses fantaseando con esto, con romper la rutina de nuestra vida de pareja estable. Tríos reales de parejas, decíamos en la cama, riéndonos nerviosos mientras nos tocábamos. No era un juego; era un deseo que nos carcomía por dentro.

Entramos al bar de hotel boutique, luces tenues, jazz suave sonando de fondo, copas tintineando como promesas. Ahí estaba ella, Carla, la amiga de Luis del gym. Alta, con curvas que se marcaban bajo un vestido rojo ceñido, el cabello negro cayendo en ondas salvajes. Nos había contado que su novio, Diego, estaba abierto a experimentar.

¿Y si lo hacemos de una vez, wey? Tríos reales de parejas como los que platicamos.
me había dicho Luis esa tarde, con los ojos brillando de pura adrenalina.

Nos sentamos en una mesa apartada, los cuatro. El olor a tequila reposado se mezclaba con su perfume dulce, y el roce accidental de su rodilla contra la mía mandó una chispa directo a mi entrepierna. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de la Reforma, las series de Netflix, hasta que Carla soltó la bomba. Yo siempre he querido probar un trío con otra pareja, dijo, mordiéndose el labio, su voz ronca como miel caliente. Diego asintió, su mano grande posándose en el muslo de ella. Mi pulso se aceleró; sentía el calor subiendo por mi cuello, el corazón latiendo como tambor en el pecho.

Acto uno completo: la chispa. Regresamos a nuestro depa en Lomas, el elevador subiendo lento, el aire espeso de anticipación. Nadie dijo que no; todos sabíamos que esto iba a pasar. La puerta se cerró con un clic suave, y Luis me jaló para un beso profundo, su lengua saboreando a ron y deseo. Carla y Diego se miraron, sonriendo picosos.

En la sala, con las luces bajas y velas de vainilla encendidas, el ambiente olía a sexo inminente. Me quité los tacones, sintiendo la alfombra mullida bajo mis pies descalzos. Luis me desabrochó el vestido, sus dedos ásperos rozando mi piel, erizándola. Estás chingona, mi amor, murmuró. Carla se acercó por detrás, su aliento cálido en mi nuca, manos suaves deslizándose por mi cintura.

¿Lista para un trío real de parejas, Ana?
susurró, y yo asentí, el vello de mi cuerpo de gallina.

Nos fuimos al cuarto, la cama king size esperando como altar pagano. Diego se sacó la camisa, revelando un torso marcado, sudor ya perlando su piel. Luis lo imitó, y pronto éramos cuatro cuerpos semidesnudos, explorando con miradas hambrientas. El sonido de respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con risas nerviosas. Mi mano encontró la verga de Luis, dura como piedra, palpitando bajo mis dedos. Carla gemía bajito mientras Diego le chupaba los pezones, el pop de su boca húmeda haciendo eco.

La tensión crecía como tormenta. Yo besé a Carla, sus labios carnosos sabiendo a cereza de gloss, lengua danzando con la mía en un torbellino húmedo. Luis observaba, masturbándose lento, su gruñido gutural vibrando en el aire. Esto es lo que queríamos, cabrones, pensé, el calor entre mis piernas volviéndose líquido, empapando mis panties de encaje.

Nos recostamos, yo en el centro. Luis a un lado, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta dejar una marca roja. Diego al otro, su boca bajando por mi vientre, lengua trazando círculos en mi ombligo. Carla se arrodilló entre mis piernas, ojos fijos en los míos. Escalada gradual. Sus dedos separaron mis labios, el aire fresco chocando con mi humedad ardiente. Lamida primero, tentativa, sabor salado de mi excitación en su lengua. Gemí, arqueando la espalda, uñas clavándose en las sábanas de algodón egipcio.

Luis metió su verga en mi boca, el glande salado rozando mi paladar, embistiéndome suave al principio. El ritmo se sincronizó: Carla lamiendo mi clítoris hinchado, succionando con labios suaves, Diego chupando mis tetas, pellizcando pezones duros como balas. El olor a sexo crudo invadía todo —sudor, fluidos, piel caliente—. Mis caderas se movían solas, persiguiendo la lengua de Carla, que ahora metía dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, en mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados.

¿Cómo carajos llegamos aquí? pensé en medio del torbellino. Recordé las noches platicando con Luis, él contándome fantasías de verme con otra, yo mojándome al imaginarlo. Carla aceleró, su boca un vacío caliente, y sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.

No pares, pinche ricura
, jadeé, y ella rio contra mi panocha, vibraciones enviando shocks por mi espina.

Diego se posicionó, su verga gruesa rozando mi entrada mientras Carla se apartaba, besándome con mi propio sabor en su boca. Luis salió de mi boca, reluciente de saliva, y se movió detrás de Carla, penetrándola de rodillas. El slap-slap de carne contra carne, sus gemidos mezclándose con los míos. Diego empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Chingón, gruñí, piernas envolviéndolo.

El cuarto era un caos sensorial: pieles chocando con palmadas húmedas, alientos jadeantes, el crujir de la cama bajo pesos combinados. Cambiamos posiciones como en un baile instintivo. Yo encima de Diego, cabalgándolo, tetas rebotando, mientras Luis me cogía el culo desde atrás —lubricante fresco, resbaloso, entrada lenta para no doler—. Carla debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y sus bolas. Intensidad pico. El doble llenado me volvía loca, nervios disparando placer puro, venas de Diego pulsando dentro, Luis gimiendo Te sientes de la verga, Ana.

El clímax nos golpeó en cadena. Primero yo, gritando ronca, paredes contrayéndose alrededor de ellos, jugos chorreando. Diego se corrió después, caliente dentro, gruñendo como animal. Luis salió, eyaculando en mi espalda, chorros calientes salpicando piel. Carla se tocó hasta venirse, dedos rápidos en su clítoris, cuerpo temblando contra el mío.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones calmándose, el aire pesado de musk y semen. Luis me besó la frente, Te amo, mi vida. Carla y Diego se acurrucaron, manos entrelazadas. No hubo arrepentimientos, solo sonrisas perezosas y promesas de más.

Al amanecer, con el sol filtrándose por cortinas, nos despedimos con abrazos pegajosos. Tríos reales de parejas como este cambian todo, pensé mientras cerraba la puerta. Nuestra relación salió fortalecida, el deseo renovado, sabiendo que el fuego apenas empezaba.

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