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Mi Esposa Quiere un Trío

8325 palabras

Mi Esposa Quiere un Trío

Todo empezó una noche de esas calurosas en nuestra casa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como un mosco loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Carlos, estaba recostado en el sillón, con una cerveza fría en la mano, viendo el partido de las Águilas. Mi esposa, Daniela, salió del baño envuelta en una toalla que apenas le cubría las nalgas redondas y firmes. Su piel morena brillaba con gotitas de agua, y el aroma de su jabón de lavanda me pegó directo en la nariz, despertándome el pinche deseo de siempre.

Órale, esta mujer es un pinche fuego, pensé, mientras ella se paraba frente a mí, con esa sonrisa pícara que me volvía loco. Se soltó la toalla despacito, dejando que cayera al piso como una promesa. Sus tetas perfectas, con pezones oscuros ya duros, se mecían un poquito. Me miró fijo a los ojos y dijo:

Neta, Carlos, mi esposo, quiero probar algo nuevo. Mi esposo quiere complacerme en todo, ¿verdad? Imagínate... mi esposa quiere un trío. Con otro carnal, para que me sientas temblar entre los dos.

Me quedé con la cerveza a medio camino de la boca. ¿Un trío? Daniela y yo llevábamos diez años casados, con una vida chida: viajes a la playa de Puerto Vallarta, cenas románticas en Polanco, y un sexo que siempre había sido explosivo. Pero esto... esto era territorio nuevo. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y una excitación que me endureció la verga al instante. El corazón me latía fuerte, como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Wey, ¿estás hablando en serio? —le pregunté, con la voz ronca.

Ella se acercó, gateando sobre mí en el sillón, su calor pegándose a mi piel. Sus labios rozaron mi oreja, y su aliento cálido me erizó los vellos.

Sí, amor. Quiero sentir dos vergas duras llenándome. Tú y otro. Confía en mí, va a ser chido.

La besé con hambre, saboreando su boca dulce como tamarindo. Mis manos bajaron a su culo, apretándolo fuerte, sintiendo la carne suave ceder bajo mis dedos. Esa noche follamos como animales, pero en mi cabeza daba vueltas la idea. Mi esposa quiere un trío. Y yo, pendejo enamorado, quería dárselo.

Los días siguientes fueron una tensión deliciosa. Daniela no paraba de coquetear, mandándome fotos en el gym con su amiga Vero, o contándome cómo Marco, el instructor nuevo, la miraba con ojos de lobo. Marco era un morro alto, musculoso, con tatuajes en los brazos y una sonrisa de galán de telenovela. Lo habíamos visto un par de veces en fiestas de amigos, siempre respetuoso, pero con ese vibe de macho alfa que ponía a todas locas.

Una tarde, en la cocina mientras preparaba unos chilaquiles con el olor a chile guajillo flotando en el aire, Daniela me acorraló contra la estufa. Llevaba un shortcito que le marcaba la panocha y una blusa escotada. Sus tetas rozaban mi pecho, y yo sentía su calor subiéndome por las piernas.

Carlos, invité a Marco a cenar este sábado. ¿Qué dices? Hagamos que pase lo que los dos queremos.

Mi pulso se aceleró, el sudor me picaba en la nuca. Celos punzantes me apretaban el pecho, pero la imagen de Daniela gimiendo entre nosotros me tenía la verga tiesa todo el día.

Si la amo, ¿por qué no? Es solo placer, carnal. Ella es mía al final del día.
Asentí, y sellamos el trato con un beso que sabía a salsa verde y promesas prohibidas.

El sábado llegó con una lluvia ligera que hacía oler la tierra mojada en las calles de la CDMX. Preparamos la cena: mole poblano casero, con ese aroma espeso y chocolateado que llenaba la casa. Daniela se puso un vestido negro ajustado, sin bra, que dejaba ver el contorno de sus pezones. Yo servía los tragos, tequila reposado con limón y sal, tratando de mantener la calma mientras Marco llegaba puntual, con una camisa que le marcaba los pectorales y jeans que no disimulaban su paquete.

La charla fluyó chida: pláticas de fútbol, chistes sobre el tráfico infernal, risas que soltaban la tensión. Daniela se sentaba entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío y el de él. Sentía el calor de su piel a través de la tela, y el perfume de su entrepierna empezaba a mezclarse con el tequila en mi nariz. Marco la miró con deseo puro, y ella le guiñó un ojo.

Marco, carnal, ¿sabes qué? Mi esposo y yo tenemos una fantasía. Mi esposa quiere un trío. ¿Te animas?

Él sonrió, sus ojos brillando. —Órale, con gusto. Si Carlos está de acuerdo, yo entro al quite.

Ahí empezó la escalada. Daniela se paró, bailando despacito al ritmo de una cumbia que pusimos de fondo, moviendo las caderas como diosa azteca. Marco y yo la mirábamos hipnotizados. Ella se acercó a mí primero, besándome profundo, su lengua saboreando a tequila. Luego giró a Marco, y vi sus labios juntarse. Un golpe de celos me azotó, pero lo transformé en fuego puro. Me levanté, besé su cuello mientras Marco le bajaba el vestido, exponiendo sus tetas. Las chupé, sintiendo el sabor salado de su piel, los pezones duros como piedras bajo mi lengua.

La llevamos al cuarto, con el colchón king size esperando. El aire estaba cargado de jadeos y el olor almizclado del sudor y la excitación. Daniela se quitó todo, quedando desnuda, su panocha depilada brillando húmeda. Se arrodilló entre nosotros, desabrochándonos los pantalones. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante; la de Marco era gruesa, con una cabeza roja como chile de árbol.

Mmm, qué ricas vergas. Chúpenme las tetas mientras yo las mamo, ordenó ella, empoderada y cachonda.

Yo lamí su teta izquierda, Marco la derecha. Sus gemidos llenaban el cuarto, roncos y salvajes, como maullidos de gata en celo. Ella alternaba mamadas: mi verga en su boca caliente, succionando con fuerza, saliva chorreando; luego la de Marco, gimiendo vibrando en su garganta. Sentía su mano en mis huevos, apretando suave, el tacto eléctrico subiéndome por la columna.

La tensión crecía como tormenta. La tumbamos, yo abrí sus piernas, oliendo su jugo dulce y salado. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su miel mientras Marco le chupaba los pezones. Daniela arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mi cabeza, gritando ¡Ay, cabrones, no paren! ¡Chínguenme ya!

Marco se puso un condón, y la penetró despacio. Vi su verga entrar en esa panocha apretada, los labios rosados abriéndose. Daniela jadeó, sus ojos en blanco de placer. Yo me masturbaba viéndolos, hasta que ella me jaló:

Carlos, métemela en la boca. Quiero todo.

Follamos así un rato, ritmos alternos: Marco embistiéndola profundo, el sonido chapoteante de carne contra carne; yo en su boca, sintiendo su lengua girar. Luego cambiamos. La puse a cuatro patas, yo atrás, hundiendo mi verga hasta el fondo. Su culo rebotaba contra mi pelvis, suave y caliente. Marco adelante, ella mamándolo con furia. Olía a sexo puro: sudor, semen preeyaculatorio, su aroma femenino embriagador.

Los orgasmos llegaron en cadena. Daniela explotó primero, temblando entera, gritando ¡Me vengo, pinches machos!, su panocha contrayéndose alrededor de mi verga como puño caliente. Marco se corrió después, gruñendo, sacando la verga para eyacular en sus tetas, chorros calientes y espesos. Yo aguanté, volteándola para mirarla a los ojos, y me vine dentro, llenándola con condón, pulsos interminables de placer que me dejaron temblando.

Nos quedamos tirados, jadeando, con el ventilador secando el sudor de nuestras pieles. Daniela en medio, besándonos a los dos, su mano acariciando mi pecho y el de Marco. El cuarto olía a clímax compartido, y el corazón me latía sereno ahora.

Gracias, amores. Fue de la chingada, murmuró ella, con voz ronca de satisfacción.

Marco se fue al amanecer, con un abrazo fraternal. Daniela y yo nos acurrucamos, su cabeza en mi hombro, piel contra piel.

Mi esposa quería un trío, y lo tuvimos. Nos unió más, carnal. Esto es amor de verdad.
Afuera, el sol nacía sobre la ciudad, prometiendo más noches locas.

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