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La Aplicacion Trios que Enciende Pasiones

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La Aplicacion Trios que Enciende Pasiones

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México te ahoga y no hay de otra más que quedarte en el depa con el ventilador zumbando como loco. Yo, Ana, veintiocho pirulos, soltera por elección propia después de un par de relaciones que me dejaron con más dudas que certezas. Neta, estaba harta de las apps de citas normales, todas con weyes que solo querían foto y ya. Una amiga, la Lupe, me había platicado de la aplicación tríos, una chulada para gente abierta que busca algo más... intenso. "Es como Tinder pero para tres, carnala. Te cambia la vida", me dijo con esa risita pícara.

Me la descargué en un arrebato, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El perfil era sencillo: foto mía en la playa de Cancún, curvas al aire sin mostrar de más, y una bio que decía "Buscando aventuras compartidas, sin dramas". Swipe que te swipe, y pum, match con Marco y Sofía. Él, moreno alto con ojos que prometían travesuras; ella, rubia teñida con labios carnosos y una sonrisa que gritaba ven pa'cá. Su chat empezó con un "Hola guapa, ¿lista para volar alto?". Sentí un cosquilleo en la panza, como si ya me estuvieran rozando la piel.

Platicamos toda la noche. Ellos en Polanco, yo en la Roma. "Somos pareja abierta, nos encanta compartir placer", escribió Sofía. Marco mandó una voz: su voz grave, ronca, como si ya estuviera jadeando.

"Imagínate nuestras manos en ti, explorando cada rincón".
Me mojé nomás de leerlo. Era consensual puro, todo claro desde el principio. Quedamos en vernos al día siguiente en un bar chido de Condesa, nada de presiones, si no fluía, hasta ahí.

La tarde siguiente me puse un vestido negro ajustado que me marcaba las chichis y el culo perfecto, tacones que resonaban en la banqueta como un desafío. Llegué al bar, olor a mezcal y jazmín flotando en el aire. Los vi de inmediato: Marco con camisa blanca entreabierta mostrando pecho velludo, Sofía en mini con piernas interminables. Me saludaron con abrazos calientes, sus cuerpos pegándose al mío un segundo de más. "Estás más rica en persona", murmuró él al oído, su aliento cálido con toques de tequila.

Tomamos unas cheves heladas, platicando de todo: trabajos, viajes a la playa, fantasías. Sofía me tomó la mano bajo la mesa, sus dedos suaves trazando círculos en mi palma. Qué padre, pensé, el pulso acelerándose. Marco nos contaba anécdotas suyas, riendo con esa carcajada profunda que vibraba en mi pecho. La tensión crecía como tormenta: miradas que se demoraban en labios, roces casuales de rodillas. "Vamos a mi hotel, está cerca", propuso Sofía, y yo asentí, el deseo ardiendo entre mis piernas como chile en nogada.

En el elevador del hotel, ya no hubo barreras. Marco me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre. Sabían a menta y deseo puro, lengua invadiendo mi boca mientras Sofía besaba mi cuello, mordisqueando suave. Olía a su perfume dulce, vainilla mezclada con el sudor incipiente de excitación. Mis manos bajaron a su paquete, duro como piedra bajo el pantalón. "Qué chingón", gemí bajito. El ding del elevador nos sacó del trance, pero solo para correr a la habitación.

La suite era amplia, luces tenues, cama king size invitando al pecado. Nos desvestimos sin prisa, saboreando cada revelación. Sofía tenía tetas firmes, pezones rosados endurecidos; Marco, verga gruesa venosa, lista para acción. Yo me quedé en tanga roja, sintiéndome reina.

"Eres preciosa, déjanos mimarte",
susurró ella, arrodillándose para besar mi ombligo. Su lengua bajó lento, lamiendo el encaje húmedo. El olor a mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y embriagador.

Me tumbaron en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Marco se colocó entre mis piernas, abriéndolas con manos callosas pero tiernas. Su boca en mi coño fue fuego: lengua chupando clítoris en círculos perfectos, dientes rozando suave. Gemí fuerte, "¡Ay, cabrón, qué rico!" Sofía se sentó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios. La probé, salada dulce, jugos chorreando mientras la lamía con ganas. Sus caderas se movían al ritmo de mis jadeos, manos en mis chichis amasando.

El cuarto se llenó de sonidos: lengüetazos húmedos, gemidos ahogados, piel chocando piel. Sudor perlando nuestros cuerpos, brillando bajo la luz. Cambiamos posiciones como en un baile erótico. Yo encima de Marco, su verga entrando en mí centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Qué llenadera, pensé, mientras Sofía lamía donde nos uníamos, su lengua en mis bolas y su clítoris. El placer subía en olas, pulsos latiendo en mi centro.

Marco me cogía profundo, embestidas rítmicas que hacían rebotar mis tetas. Sofía besaba mi espalda, dedos en mi culo, masajeando el ano con lubricante fresco. "Relájate, mi amor", ronroneó. Uno de sus dedos entró suave, doble penetración que me volvió loca. Grité, orgasmos encadenándose: el primero me sacudió como terremoto, coño contrayéndose alrededor de su pija. Él gruñó, "¡Te vengo!", llenándome de leche caliente que chorreaba.

No paramos. Sofía se puso a cuatro, yo comiéndola por atrás mientras Marco me penetraba de nuevo. Su verga aún dura, resbalosa de semen y jugos. Olía a sexo puro, almizcle animal mezclado con nuestros perfumes. Lamí su ano, rosado apretado, mientras ella se retorcía. "¡Sí, así, pinche diosa!", chilló. Marco aceleró, nalgueándome suave, el slap resonando. Mi segundo clímax llegó con ella, cuerpos temblando en unisono.

Caímos exhaustos, enredados en la cama revuelta. Sudor enfriándose en la piel, respiraciones jadeantes calmándose. Marco me besó la frente, Sofía acurrucada en mi pecho. "Gracias por esta noche mágica", dijo él. Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos. La aplicación tríos había sido el detonante perfecto, pero lo chido fue la conexión real, el respeto mutuo en cada caricia.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando de nuevo pero tierno. Desayuno en la terraza al amanecer, café humeante y promesas de más encuentros. Salí del hotel con piernas flojas pero alma plena, el sol de México calentándome la piel como un amante viejo.

Neta, quién iba a decir que una app cambiaría mi mundo así de rico.
Desde entonces, la reviso de vez en cuando, pero nada supera esa primera vez con ellos.

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