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Seduccion Nocturna del Cantante de El Tri

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Seduccion Nocturna del Cantante de El Tri

El grito de la multitud retumbaba en el Palacio de los Deportes como un trueno que me erizaba la piel. Yo estaba ahí, en primera fila, sudando bajo las luces cegadoras, con el corazón latiéndome a mil por hora. El Tri en vivo era otra cosa, carnal. Y él, el cantante de El Tri, Alex, dominaba el escenario con esa voz ronca que te calaba hasta los huesos. Sus ojos, fieros y pícaros, barrían el público como si buscara algo... o a alguien. Yo no podía dejar de mirarlo, mi cuerpo vibraba con cada acorde de la guitarra, el olor a cerveza y sudor mezclado con el humo de los reflectores me mareaba de emoción.

Después del encore, cuando el lugar se vació un poco, me colé hacia backstage con una credencial falsa que mi compa me había chingado. Neta, valió la pena el riesgo, pensé, mientras el pulso me martilleaba las sienes. Ahí estaba él, firmando autógrafos, riendo con esa carcajada grave que sonaba como un ronroneo. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si su voz me hubiera lamido por dentro.

¿Qué chingados estoy haciendo? Es el cantante de El Tri, wey. Pero míralo, con esa playera negra pegada al pecho sudado, los brazos tatuados brillando bajo la luz tenue. Me muero por tocarlo.

—Oye, morra, ¿vienes sola? —me dijo acercándose, su aliento cálido oliendo a tequila y tabaco, con una sonrisa que prometía pecados.

—Sí, carnal, solo por verte a ti —le contesté, juguetona, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Me invitó a la afterparty en un bar exclusivo del hotel Reforma, uno de esos lugares con vistas al Zócalo iluminado y cocteles caros. Ahí, entre risas y chelas, platicamos de la música, de cómo sus letras me habían acompañado en noches solitarias. Su mano rozó mi brazo al pasarme la cerveza, y fue como electricidad pura, un toque que me hizo apretar las piernas bajo la mesa.

La noche avanzaba, el bar se llenaba de humo y ritmos de rock alternativo. Bailamos pegados, su cuerpo duro presionando contra el mío, el olor de su piel salada invadiéndome las fosas nasales. Sentía su erección contra mi cadera, sutil pero innegable, y mi chichi se endurecía con cada roce.

—Ven conmigo —susurró en mi oído, su barba raspándome la oreja, enviando escalofríos por mi espina—. Quiero mostrarte algo privado.

No lo pensé dos veces. Subimos a su suite, el pasillo alfombrado amortiguando nuestros pasos apresurados. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto estábamos solos, el skyline de la CDMX parpadeando a través de los ventanales.

Acto uno había terminado: la atracción inicial era un incendio listo para estallar. Ahora, en la penumbra de la habitación, con el zumbido distante de la ciudad abajo, el deseo se cocía a fuego lento.

Me besó despacio al principio, sus labios carnosos saboreando los míos como si probara un tequila añejo. Su lengua exploró mi boca con hambre contenida, mientras sus manos grandes me recorrían la espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. ¡Qué rico se siente esto, pendejo! Su boca sabe a victoria rockera, pensé, gimiendo bajito contra su cuello.

—Eres fuego, morrita —murmuró, quitándome la blusa con dedos hábiles, exponiendo mi piel al aire fresco del AC. Sus ojos devoraron mis senos, cubiertos solo por encaje negro, y los lamió con la punta de la lengua, un roce húmedo que me hizo arquear la espalda. El sonido de su succionar era obsceno, chup chup suave, mezclado con mi jadeo entrecortado.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la playera, revelando ese torso curtido por años de escenarios, músculos tensos y sudorosos. Mis uñas trazaron sus tatuajes, sintiendo la piel caliente bajo mis yemas, oliendo su masculinidad pura, ese aroma almizclado que me humedecía entre las piernas. Lo empujé al sofá de cuero, que crujió bajo su peso, y me arrodillé entre sus muslos, desabrochando su jeans con dientes y dedos temblorosos.

¡Madre mía, qué verga tan chingona! —exclamé en voz baja, admirando su miembro erecto, grueso y venoso, palpitando al aire. Lo tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como néctar prohibido. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando.

Esto es real, neta. El cantante de El Tri gimiendo por mí, su voz ronca convertida en súplicas. Me siento poderosa, como si yo fuera la estrella ahora.

La tensión subía como un solo de guitarra interminable. Nos mudamos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra mi espalda desnuda. Él se tendió sobre mí, su peso delicioso aplastándome, piel contra piel resbaladiza por el sudor. Besos en el cuello, mordidas suaves que dejaban marcas rojas, sus dedos hurgando mi entrepierna, encontrándome empapada.

—Estás chorreando, preciosa —dijo con esa voz grave, introduciendo dos dedos gruesos, curvándolos para rozar mi punto G. El sonido era húmedo, chap chap rítmico, mientras yo me retorcía, oliendo mi propia excitación mezclada con su colonia cara.

Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué dolorcito rico! Grité su nombre, Alex, mientras cabalgaba, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras.

El ritmo se aceleró, la cama golpeteando contra la pared, nuestros jadeos sincronizados con el pulso de la ciudad. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y embistió desde atrás, profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris hinchado. Cada thrust era un trueno, su vello púbico rozando mis nalgas, el slap slap de carne contra carne llenando la habitación.

—¡Más fuerte, carnal! ¡Dame todo! —supliqué, mi voz quebrada, el orgasmo construyéndose como un crescendo rockero.

Él obedeció, gruñendo como animal, una mano en mi cadera, la otra frotando mi botón con maestría. El clímax me golpeó como un mosh pit: olas de placer convulsionando mi útero, jugos chorreando por mis muslos, un grito ahogado que debió oírse en el pasillo.

Alex se corrió segundos después, caliente dentro de mí, su verga latiendo chorros espesos, marcándome como suya. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa, el olor a sexo impregnando el aire.

En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón desacelerar. Afuera, la CDMX brillaba indiferente, pero adentro, el mundo era nuestro.

—Eres increíble, morra. Vuelve cuando quieras —dijo, besándome la frente, su voz suave ahora, sin el filo del escenario.

El cantante de El Tri, en mi piel, en mi alma. Esta noche no la olvido nunca. Soy adicta a su ritmo, a su fuego.

Me vestí con piernas temblorosas, un beso final cargado de promesas. Bajé al lobby, el amanecer tiñendo el cielo de rosa, sintiéndome renacida, empoderada. La pasión del rock no termina en el escenario; a veces, se vive en la carne.

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