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Adictos a Ver Videos XXX Trios

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Adictos a Ver Videos XXX Trios

Era una noche de esas en la Ciudad de México, con el skyline brillando por la ventana del depa en Polanco. Juan, mi carnal de novio desde hace dos años, y yo, Ana, estábamos tirados en la cama king size, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a sábanas frescas recién lavadas con suavizante de lavanda. Habíamos cenado tacos de suadero en la esquina, bien ricos, y ahora no sabíamos qué pedo hacer. Neta, el aburrimiento nos estaba comiendo vivos.

"Wey, ¿por qué no vemos algo caliente?", me dijo Juan con esa sonrisa pícara que me hace debilucha las rodillas. Sus ojos cafés brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Saqué mi laptop de la mesita de noche, el plástico fresco contra mis dedos, y me acomodé entre sus piernas fuertes. Él me abrazó por la cintura, su pecho ancho pegado a mi espalda, y sentí su calor filtrándose por mi camisita de algodón. Tecleé en el buscador: ver videos xxx trios. El corazón me latió más rápido, como si estuviera haciendo algo prohibido, aunque los dos éramos bien adultos y consentidores.

El primer video cargó: una morra güerita entre dos vatos musculosos, gemidos roncos saliendo de los speakers. El sonido de piel chocando, húmeda y resbalosa, llenó la habitación. Juan me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a menta del chicle que masticaba. "Mira cómo se la meten los dos, chula", murmuró, y su mano bajó despacito por mi panza, rozando el borde de mis panties de encaje. Yo ya sentía la humedad creciendo entre mis piernas, un cosquilleo que me hacía apretar los muslos.

¿Y si lo hacemos de verdad? ¿Y si invito a Rosa?
La idea me dio vueltas en la cabeza, caliente como el chile en nogada.

Rosa era mi compa de la uni, una culona preciosa con curvas que volvían locos a todos. Siempre bromeábamos con tríos, pero nunca lo habíamos hecho. Juan la conocía y siempre le echaba ojo disimulado. "Llámalo, pendeja", me animó él, pellizcándome la nalga juguetón. Marqué su número, el teléfono vibrando contra mi oreja sudorosa. "¡Órale, Rosa! ¿Qué onda? Ven al depa, estamos viendo unas madres calientes. Ver videos xxx trios, neta que te van a poner como loca."

Ella soltó una carcajada ronca. "¡Ya voy, cabrones! Denme diez minutos." Colgué y Juan ya me tenía la mano dentro de las panties, sus dedos gruesos separando mis labios hinchados. "Estás empapada, mi amor", gruñó, y metió un dedo adentro, lento, haciendo que jadeara. El video seguía: la chava chupando una verga mientras la otra le entraba por atrás. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el colonia de Juan, ese que huele a madera y deseo.

Rosa llegó puntual, con un vestido negro ceñido que marcaba sus tetazas y su culo redondo. Traía el pelo suelto, negro azabache, y labios rojos como mole poblano. "¡Qué chido invitación!", dijo besándonos en la boca, juguetona. Se quitó los zapatos y se tiró en la cama con nosotros, el colchón hundiéndose bajo su peso. Ponemos otro video: tres cuerpos entrelazados, sudados, lamiéndose mutuo. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en el DF. Juan nos miró a las dos, su verga ya dura abultando los bóxers. "Chicas, ¿quieren hacer lo mismo?"

Nos miramos Rosa y yo, riéndonos nerviosas pero cachondas. "¡Simón, wey!", contesté yo, y la besé primero. Sus labios suaves, sabían a gloss de fresa y tequila light que traía en la bolsa. Juan jadeó viéndonos, su mano masajeando su paquete. Le quité la camisita a Rosa, exponiendo sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Los chupé, sintiendo su sabor salado en la lengua, mientras ella gemía bajito, "Ay, mami, qué rico". Juan se acercó, desnudándonos a las dos. Su piel morena contra la mía pálida, el roce áspero de su barba en mi ombligo.

El calor subía, el cuarto olía a sexo crudo: sudor, fluidos, perfume mezclado. Bajé la mano a la verga de Juan, gruesa y venosa, latiendo en mi palma. "Métemela ya", le rogué, pero él negó con la cabeza. "Primero juguemos como en los videos." Rosa se arrodilló, chupándosela despacio, saliva goteando por el eje. Yo la veía, mis dedos en mi clítoris hinchado, círculos rápidos que me hacían arquear la espalda. El sonido de succión, chapoteante, me volvía loca.

Esto es mejor que cualquier video xxx de tríos
, pensé, el pulso retumbando en mis oídos.

Juan me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas. Rosa se sentó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios. Lamí su clítoris, salado y dulce, mientras ella se mecía, tetas rebotando. Juan empujó su verga en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. Grité contra la carne de Rosa, vibraciones que la hicieron temblar. "¡Sí, cabrón, así!", chillé. Él bombardeaba fuerte, piel contra piel, slap-slap ecoando. Sudor nos chorreaba, pegajoso, el olor intenso de machos y hembras en celo.

Cambiamos posiciones como en los videos que veíamos de reojo en la pantalla: yo a cuatro patas, Juan por atrás clavándome profundo, bolas golpeando mi clítoris. Rosa debajo, lamiéndome las tetas y metiendo lengua en mi boca. Sus dedos en el culo de Juan, juguetona. "¡Qué putas estamos!", reía ella, y Juan gruñía, "Las mejores, putas ricas". La tensión crecía, mis paredes apretando su verga, orgasmos asomando. Él sacó, nos puso de rodillas a las dos, y se pajeó furioso. Chorros calientes nos salpicaron la cara, el pecho, saboreando el semen salado en los labios.

Yo exploté primero, un tsunami desde el estómago, piernas temblando, visión borrosa. Rosa gritó después, frotándose contra mi muslo, jugos corriéndome por la piel. Juan cayó exhausto entre nosotras, respiraciones agitadas sincronizadas. Nos besamos los tres, lenguas perezosas, cuerpos pegajosos enfriándose. El video terminó solo, créditos rodando mudos.

Después, envueltos en las sábanas revueltas, con olor a sexo impregnado en todo, Rosa se acurrucó contra mí. "Neta, ver videos xxx trios fue el detonante perfecto. ¿Repetimos?" Juan rio, acariciándome el pelo. "Cada fin de semana, mis reinas." Sentí una paz chida, empoderada, como si hubiéramos cruzado un puente sin regreso. No era solo fysico; era confianza, deseo compartido. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, todo había cambiado para bien. Me dormí con sus alientos en las orejas, sonriendo.

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