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La Butterfly Tri Version Ardiente

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La Butterfly Tri Version Ardiente

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia caliente sobre mi piel morena mientras caminaba por la arena fina de la playa. Yo, Ana, de treinta años, con mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas generosas, sentía el viento salado rozando mis pezones endurecidos. A mi lado iba Marco, mi carnal de dos años, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Y detrás, Sofia, nuestra amiga de la uni, con su pelo negro suelto y un pareo que dejaba ver sus piernas largas y torneadas. Habíamos rentado una villa chida frente al mar para un fin de semana de relax, pero el aire ya vibraba con algo más que olas rompiendo.

Qué rico se siente esto, pensé, mientras Marco me tomaba de la cintura y me besaba el cuello. Su aliento olía a tequila y limón fresco, y su mano grande bajaba juguetona hacia mi nalga. Sofia reía, mirándonos con ojos brillantes. "Órale, parejita, no se me calienten tanto que todavía es de día", dijo con esa voz ronca que siempre me ponía la piel de gallina.

En la villa, con las cortinas ondeando por la brisa marina, nos servimos margaritas heladas. El hielo crujía en los vasos, y el sabor ácido me hacía salivar. Hablamos de todo y nada, hasta que Sofia sacó su celular. "Miren esto, carnales. Encontré una página de posiciones locochas. Hay una que se llama butter fly tri version, una variante del butterfly para tres. Dicen que es explosiva, con uno acostado como mariposa abierta y los otros volando alrededor". Sus palabras cayeron como chispas en pólvora seca. Marco alzó las cejas, pícaro. "¿Y cómo es la neta? Explícanos, Sofi". Ella se sonrojó un poquito, pero su mirada era fuego puro.

Yo sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas, el calor subiendo desde mi centro.

¿De veras vamos a hacer esto? ¿Con Sofia? Dios, pero qué emoción, qué miedo rico
, me dije mientras imaginaba sus labios suaves en mi piel. El deseo inicial era como una ola lenta, construyéndose con cada mirada cruzada, cada roce accidental de muslos bajo la mesa de mimbre.

La tarde se estiró como miel caliente. Nos metimos a la alberca privada, el agua fresca lamiendo nuestras pieles desnudas ya sin pudor. Marco flotaba, su verga semi-dura asomando juguetona en la superficie cristalina. Sofia y yo nos salpicábamos, riendo, pero pronto las risas se volvieron susurros. "Déjame ayudarte con eso", le dije a Marco, nadando hacia él. Mis tetas rozaron su pecho velludo, áspero y cálido. Sofia se acercó por detrás, sus manos pequeñas masajeando mis hombros, bajando hasta mis pezones. El tacto era eléctrico, sus uñas arañando suave, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado.

Salimos empapados, gotas resbalando por cuerpos ansiosos. En la recámara king size, con sábanas de algodón egipcio oliendo a lavanda fresca, la tensión explotó. Marco nos besó a las dos, alternando lenguas calientes y húmedas. Saboreé su boca salada, luego la de Sofia, dulce como mango maduro. Su lengua sabe a deseo puro. Nos quitamos lo poco que quedaba, quedando expuestos bajo la luz dorada del atardecer que se colaba por las ventanas.

"Probemos la butter fly tri version", murmuró Sofia, guiándonos. Yo me acosté en el borde de la cama, piernas abiertas en V alta, como alas de mariposa desplegadas, mi panocha rosada y húmeda expuesta al aire. El olor almizclado de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con el salitre del mar. Marco se arrodilló frente a mí, su aliento caliente rozando mis labios mayores. Sofia se posicionó a un lado, su mano acariciando mi vientre plano, bajando hasta unir sus dedos a los de Marco en mi entrada resbaladiza.

El build-up fue agonizante y delicioso. Marco lamió mi clítoris con la lengua plana, chupando suave al principio, como saboreando un elote fresco. ¡Qué chingón! gemí, arqueando la espalda. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, sincronizado con las olas lejanas. Sofia besaba mi boca, sus tetas firmes presionando mi costado, pezones duros como piedritas. Sus dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto G que me hacía jadear. "Estás tan mojada, Ana, tan rica", susurró en mi oído, mordisqueando el lóbulo.

Marco se incorporó, su verga gruesa y venosa palpitando, goteando precum que olía a macho puro. "Quiero entrar, mi amor", gruñó. Asentí, empoderada en mi apertura total. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese ardor placentero. Sofia no se quedó atrás; se montó sobre mi cara, su chochita depilada rozando mis labios. La probé, salada y cremosa, lamiendo su clítoris con hambre. Sus gemidos eran música, agudos y roncos: "¡Sí, Ana, así, no pares, pendejita caliente!".

La intensidad creció como tormenta. Marco embestía rítmico, sus bolas peludas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El sudor nos unía, pieles resbalosas deslizándose. Sofia se mecía sobre mi lengua, sus jugos empapándome la barbilla. Sentía sus paredes internas contrayéndose, lista para explotar.

Esto es el paraíso, tres cuerpos en sinfonía perfecta, cada nervio en llamas
. Cambiamos sutiles: Sofia bajó a chupar mis tetas mientras Marco aceleraba, su respiración jadeante como olas furiosas.

El clímax nos golpeó en cadena. Primero Sofia, temblando sobre mí, gritando "¡Me vengo, cabrones!" mientras su coño palpitaba chorros calientes en mi boca. Su sabor ácido-dulce me empujó al borde. Luego yo, contrayéndome alrededor de la verga de Marco, olas de placer cegador desde el útero hasta las yemas de los dedos. "¡Fóllame más, Marco, dame todo!", aullé, uñas clavadas en su espalda. Él rugió, llenándome con chorros espesos y calientes, su semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el aire pesado con olor a sexo crudo y mar. Marco me besó la frente, Sofia acurrucada en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío. "Eso fue la butter fly tri version más chida de mi vida", dijo él, riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo el afterglow como una manta tibia. Somos libres, unidos en esto, más fuertes que nunca.

La noche cayó suave, estrellas brillando sobre el Pacífico. Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, risas mezcladas con besos perezosos. En la cama, envueltos en sábanas frescas, reflexioné: esto no era solo sexo, era confianza, entrega mutua. Sofia durmió entre nosotros, su mano en mi cadera. Marco me abrazó por detrás, su verga suave contra mi nalga. El deseo latente prometía más versiones, más noches ardientes. Puerto Vallarta nos había regalado no solo sol, sino un lazo eterno, empoderador, puro fuego mexicano.

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