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El Ardiente Trío Los Torres

6728 palabras

El Ardiente Trío Los Torres

La noche en la playa de Mazatlán olía a sal marina y a fogatas crepitantes. El viento jugaba con mi falda ligera, pegándola a mis muslos mientras caminaba por la arena tibia. Yo, Sofia, acababa de llegar de la ciudad, buscando un poco de diversión en estas vacaciones. La música ranchera retumbaba desde un palapar, y ahí los vi: Javier y Miguel Torres, dos carnales altos, morenos, con esa sonrisa pícara que te hace sentir que ya te tienen en la mira.

Qué chidos están estos weyes, pensé, mientras me acercaba al bar improvisado. Javier, el mayor, con barba recortada y brazos tatuados, me sirvió un michelada con limón fresco. "Órale, mamacita, ¿vienes a calentar la noche?", dijo con voz ronca, sus ojos cafés clavados en mis tetas. Miguel, más delgado pero igual de guapo, con pelo negro largo hasta los hombros, se rio y agregó: "Siéntate con nosotros, que el trío Los Torres necesita una reina".

Me quedé helada un segundo. ¿Trío Los Torres? Sonaba como el nombre de su banda, porque sí, eran músicos locales que tocaban en las cantinas de la costa. Pero la forma en que lo dijeron, con esa mirada cargada de promesas, me hizo imaginar cosas sucias. Me senté entre ellos, el calor de sus cuerpos rozando el mío. Hablamos de todo: de la vida en Sinaloa, de cómo el mar te llama a soltarte, de deseos que uno no confiesa fácil. Javier olía a tequila y colonia barata, Miguel a sudor fresco y arena. Sus risas vibraban en mi pecho, y pronto sus manos empezaron a rozar mis rodillas "sin querer".

La tensión crecía como la marea.

"¿Y si nos vamos a la casa, Sofia? Ahí sí podemos armar el verdadero trío Los Torres", murmuró Javier al oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos.
Miguel asintió, su dedo trazando un círculo en mi muslo. Mi corazón latía como tambor. ¿Dos carnales Torres a la vez? Ay, Dios, pero qué rico se siente esta calentura. Dije que sí, claro, con la voz temblorosa de anticipación.

En su casa, una cabaña frente al mar con hamacas y luces tenues, el aire estaba cargado de jazmín y humo de cigarro. Nos quitamos las chanclas en la puerta, y Javier puso música suave, un bolero que invitaba a pegarse. Bailamos los tres, yo en medio, sintiendo sus vergas endureciéndose contra mis caderas. Miguel me besó primero, sus labios suaves y urgentes, lengua juguetona probando mi boca con sabor a cerveza. Javier se unió, mordisqueando mi cuello, sus manos grandes amasando mis nalgas por encima de la falda.

No puedo creer que esté pasando esto, pero carnal, qué ganas de que me cojan los dos. La falda voló al piso, seguida de mi blusa. Quedé en tanga y brasier, mis pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Estás cañona, nena", gruñó Miguel, quitándose la playera para mostrar su pecho liso y definido. Javier lo imitó, sus músculos flexionándose mientras me cargaba como pluma hasta el sillón de cuero gastado.

Me recostaron ahí, entre risas y besos. Sus bocas exploraban: Javier chupando un pezón, tirando suave con los dientes, enviando chispas directo a mi clítoris. Miguel lamía el otro, su mano bajando a mi tanga, frotando mi panocha ya empapada. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que enloquece. Gemí bajito, arqueándome. "Más, pendejos, no paren", les pedí, y se rieron, complacidos.

La cosa escaló. Javier se hincó entre mis piernas, arrancando la tanga con los dientes. Su lengua caliente lamió mi raja de arriba abajo, saboreando mis jugos como si fueran miel. Su barba raspando mis labios mayores, ay qué delicia. Miguel se subió el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa, y me la puso en la boca. La chupé ansiosa, saboreando su piel salada, el pre-semen amargo en mi lengua. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo: "Así, rica, trágatela toda".

Intercambiaron posiciones, el ritmo building como una ola. Miguel ahora me comía el coño, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Javier me follaba la boca, su verga más larga golpeando mi garganta. Los sonidos llenaban la habitación: mis gemidos ahogados, el chapoteo de lenguas en carne húmeda, sus respiraciones pesadas. Sudábamos, el olor a sexo puro invadiendo todo, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta.

Pero querían más. Me pusieron de rodillas en la alfombra, yo en el centro del trío Los Torres. Javier detrás, untando mi culo con saliva, probando con un dedo. "Relájate, mi amor, te vamos a partir en dos", susurró. Asentí, empoderada, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Duele rico, carnal, lléname. Miguel enfrente, yo mamando su pija mientras Javier me embestía, sus bolas chocando contra mi clítoris.

El vaivén era hipnótico. Javier aceleraba, sus manos en mis caderas marcando moretones de pasión. "¡Qué apretada estás, Sofia!", gruñía. Miguel me cogía la cara, follando mi boca con ternura salvaje. Sentía sus pulsos acelerados, el sudor goteando de sus frentes a mi espalda. Mi orgasmo se acercaba, una presión en el vientre, como tormenta. Grité alrededor de la verga de Miguel: "¡Me vengo, cabrones!". Explosé, temblores sacudiendo mi cuerpo, jugos chorreando por mis muslos.

No pararon. Me voltearon, Javier se acostó y yo me monté en su verga, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando. Miguel se paró detrás, lubricando con mi propia humedad, y empujó en mi culo. Dos vergas en mí, repletándome, qué éxtasis. El doble penetrado fue brutal, placentero. Sus gemidos se mezclaban con los míos, el sillón crujiendo bajo nosotros. Olía a semen inminente, a piel caliente, a mar y jazmín. Javier se vino primero, llenándome el coño con chorros calientes, gruñendo como animal. Miguel siguió, eyaculando profundo en mi trasero, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, risas ahogadas y besos suaves. El afterglow era perfecto: el corazón calmándose, pieles pegajosas enfriándose con la brisa nocturna. Javier me acarició el pelo: "Bienvenida al trío Los Torres, reina". Miguel besó mi hombro: "Esto no acaba aquí, ¿eh?".

Me quedé ahí, entre ellos, sintiendo su calor protector.

Qué noche, weyes. Me siento viva, deseada, poderosa. Mañana repetimos, y que el mundo se joda.
El mar susurraba afuera, testigo de nuestro secreto ardiente. Y así nació nuestro pacto, el trío Los Torres, eterno en placer y complicidad.

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