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Tri Fold Display Board 36 x 48 Despliegue de Pasión

7341 palabras

Tri Fold Display Board 36 x 48 Despliegue de Pasión

El sol de la tarde se colaba por las ventanas de mi taller en Coyoacán, bañando todo con esa luz dorada que hace que los colores se vean más vivos, más calientes. Acababa de armar mi tri fold display board 36 x 48, ese pedazo de cartón firme y grande que compré en la papelería de la esquina. Medía justo lo necesario para montar mis bocetos eróticos: curvas de cuerpos entrelazados, labios entreabiertos, pieles brillando de sudor imaginario. Lo desplegué con cuidado, sintiendo la textura rugosa bajo mis dedos, ese olor a nuevo, a papel fresco mezclado con el aroma de mi café de olla que humeaba en la mesa.

Yo, Carolina, de treinta y tantos, con mi pelo negro suelto y una blusa floja que dejaba ver el encaje de mi brasier, me sentía poderosa armando eso. Era para la expo de arte sensual que armábamos unas cuates en un antro reconvertido. Neta, cada vez que pegaba una imagen, mi piel se erizaba.

¿Y si alguien como él llega? Alto, con manos fuertes, ojos que te desnudan con la mirada...
Sacudí la cabeza, riéndome sola. Pero el deseo ya picaba, como un hormigueo en el estómago.

Entonces sonó el timbre. Era Raúl, mi vecino del piso de arriba, el wey que siempre anda con esa sonrisa pícara y el cuerpo de quien hace CrossFit en el parque. Traía una caja en las manos. “Órale, Carol, te vi por la ventana luchando con ese chingón de tablero. Te traje cinta adhesiva extra, no vaya a ser que se te desarme el desmadre”.

Su voz grave me vibró por dentro, y cuando entró, olí su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero del día caluroso. Vestía una playera ajustada que marcaba sus pectorales, jeans que abrazaban sus muslos. “Gracias, wey. Justo lo necesitaba para este tri fold display board 36 x 48”. Se acercó, sus dedos rozaron los míos al tomar la cinta. Ese toque fue eléctrico, como una chispa que sube por el brazo hasta el pecho. Nuestras miradas se cruzaron, y vi el hambre en sus ojos oscuros.

Empezamos a pegarle las imágenes juntos. Él de un lado, yo del otro, desplegando los paneles. “Mira nada más estas curvas, Carol. Están cañonas, como tú”. Su aliento cálido cerca de mi oreja mientras señalaba un dibujo de una mujer arqueada de placer. Mi corazón latió fuerte, bum-bum, y sentí un calor húmedo entre las piernas. “No seas pendejo, Raúl. Es arte, nomás”. Pero mi voz salió ronca, traicionándome.

Acto a acto, la tensión crecía. Sus manos grandes ajustaban el tablero, rozando mi cadera “por accidente”. Yo me inclinaba para pegar una foto, y mi trasero rozaba su entrepierna, sintiendo lo que ya se endurecía ahí. El aire se llenó de nuestro olor: el mío a vainilla de mi loción, el suyo a hombre, a deseo crudo. “¿Te late lo que ves?”, le pregunté, girándome despacio, mi pecho casi tocando el suyo. Él tragó saliva, su nuez de Adán subiendo y bajando. “Neta, Carol, me estás volviendo loco. Este tablero... parece un altar pa’ pecar”.

El taller estaba en silencio, solo el zumbido del ventilador y nuestros respiraciones agitadas.

Chíngame, piénsalo. Despliégalo todo, déjate llevar.
No aguanté más. Me lancé, mis labios encontraron los suyos en un beso feroz, hambriento. Sabían a menta y a algo salado, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Sus manos me agarraron la cintura, apretándome contra él. Sentí su erección dura presionando mi vientre, prometiendo todo.

Lo empujé contra el tri fold display board 36 x 48, que crujió firme bajo su peso. “Aquí mismo, wey. Hazme tuya sobre esto”. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más. Me levantó la blusa, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Mordisqueó mi clavícula, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. “Estás tan rica, Carol. Hueles a pecado”. Sus manos desabrocharon mi brasier, liberando mis pechos. El aire fresco los endureció al instante, y él los tomó, chupando un pezón con avidez. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en su espalda.

La escalada era imparable. Me bajó los shorts, sus dedos encontrando mi tanga empapada. “Mira cómo estás, mojada pa’ mí”. Rozó mi entrada, círculos lentos que me hicieron arquearme. El tablero temblaba con nuestros movimientos, los paneles eróticos mirándonos como testigos. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. “Qué chingona, Raúl. Entra ya”. Él se rio bajito, juguetón. “Paciencia, mi reina. Te voy a hacer volar”.

Me volteó, apoyándome en el centro del tablero. La superficie era áspera contra mis palmas, pero excitante, como un lienzo vivo. Sus dedos separaron mis labios, explorando, metiendo dos adentro con facilidad por mi lubricación. El slurp húmedo llenó el aire, junto con mis jadeos. “¡Sí, así, cabrón! Más profundo”. Lamía mi cuello, mordiendo suave, mientras sus dedos me follaban lento, luego rápido. Mi jugo corría por mis muslos, olor almizclado de excitación pura. Internalmente, luchaba:

Es demasiado bueno, no pares, déjate ir con él.
Pero quería más, todo.

Raúl se posicionó atrás, su glande rozando mi apertura. “¿Lista, amor?”. “¡Simón, chíngame fuerte!”. Empujó, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, su grosor pulsando dentro. Gemí ronco, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Empezó a moverse, embestidas profundas, el choque de su pelvis contra mi culo resonando como palmadas. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose. El tablero crujía rítmicamente, sosteniéndonos en ese baile primitivo.

Cambié posiciones, girándome para verlo. Lo monté sobre el panel central, abriéndome sobre él. Su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta. Reboté, mis pechos saltando, sus manos amasándolos. “¡Qué nalgas tan firmes, Carol! Me aprietas como nadie”. El olor a sexo nos envolvía, sudor, fluidos, pasión mexicana cruda. Aceleré, mi clítoris frotando su pubis, la presión building como una tormenta. Él se incorporó, chupando mi lengua mientras me penetraba desde abajo, golpes precisos al punto G.

La intensidad psicológica era brutal. Recordaba nuestras charlas en el pasillo, coqueteos inocentes que ahora explotaban.

Esto es mío, nuestro, puro fuego.
Sus manos en mi culo, guiándome. “Ven conmigo, mi chula”. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando. Grité su nombre, el mundo blanco, pulsos en cada célula. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, caliente, llenándome con su leche espesa. Colapsamos sobre el tablero, jadeantes, cuerpos temblando.

En el afterglow, yacíamos ahí, el tri fold display board 36 x 48 marcado con nuestras esencias, sudor y fluidos secándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo revuelto. “Neta, Carol, eso fue épico. ¿Repetimos en la expo?”. Reí suave, besando su frente. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo. Me sentía completa, empoderada, con el corazón latiendo en paz. Ese tablero no era solo para mostrar arte; era el inicio de algo chingón, de pasiones desplegadas para siempre.

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