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Trio con Esposa Casero Inolvidable

6568 palabras

Trio con Esposa Casero Inolvidable

Era una noche calurosa en nuestra casita de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Juan, acababa de llegar del trabajo, sudado y con ganas de una chela fría. Mi esposa, Ana, esa morra preciosa con curvas que me vuelven loco, estaba en la cocina preparando unos guisados. Llevábamos diez años casados, pero la chispa seguía viva, ¿sabes? Esa noche, llegó mi carnal Luis, un wey de la prepa que siempre anda de broma, con su sonrisa pícara y cuerpo atlético de tanto gym.

—¡Órale, carnal! ¿Qué onda con esa panza? ¿Ya te estás dejando ir? —me dijo Luis riendo mientras chocábamos las chelas.

Ana salió de la cocina con unos pozolecitos, su blusa escotada dejando ver justo lo necesario para que se me parara la verga al instante. —No le eches carrilla, Luis. Juan es puro músculo por dentro —guiñó el ojo, rozándome la nalga disimuladamente.

Nos sentamos en el sofá viejo pero cómodo, con la tele de fondo mostrando un partido de la Liga MX. La plática fluyó entre chistes y recuerdos, pero noté cómo Ana se recargaba en Luis, su pierna rozando la de él. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, no celos, sino una excitación cabrona. Habíamos platicado de fantasías antes, en la cama, susurrando cosas sucias. "Trio con esposa casero", le había dicho una vez medio en broma, y ella se mojó tanto que me montó como loca.

¿Y si lo hacemos de veras? ¿Luis se apuntaría? Nah, es mi carnal, pero ver a Ana gozando con otro... pinche idea que me pone durísimo.

La tensión crecía con cada trago. Ana se levantó a poner música, reggaetón suave, y empezó a menear las caderas. —¡Báilense, cabrones! —gritó, jalándome del brazo. Luis la miró con hambre, y yo lo vi. Ella se pegó a mí primero, su culo frotándose contra mi paquete, pero luego giró y rozó a Luis igual. El aire se llenó del olor a su perfume mezclado con sudor, dulce y salado.

—¿Qué, wey? ¿Te late mi Ana? —le solté a Luis, medio en serio.

Él tragó saliva. —Puta madre, Juan, es una diosa. Si me das chance...

Ana rio, juguetona. —¡Pos vente, Luis! Juan no es rudo. ¿Verdad, mi amor?

Ahí fue. El corazón me latía como tamborazo zacatecano. La jalé hacia mí y la besé con lengua, profundo, saboreando su boca a fresa de chicle. Luis nos miró, ajustándose los chones. Ana se separó jadeando y miró a Luis. —Ven, guapo.

La llevamos al cuarto, nuestra cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio que compramos en el tianguis. El olor a lavanda de la vela que prendí flotaba, pero pronto se mezclaría con algo más primal: arousal puro.

Empezamos despacio. Yo desabroché la blusa de Ana, dejando libres sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Luis se acercó por detrás, besándole el cuello. Ella gimió bajito, un sonido que me erizó la piel. Su piel suave como mango maduro, la toqué, sintiendo su calor subir.

—Qué rico, mis amores —susurró Ana, jalándome la playera. Nos desnudamos rápido, vergas paradas como mástiles. La de Luis era gruesa, venosa; la mía, larga y curva. Ana se arrodilló entre nosotros, nos miró con ojos de nena traviesa. —Las dos se ven chidas, weyes.

Primero me chupó a mí, lengua girando en la cabeza, saliva tibia bajando por el tronco. Pinche succión, como vacío. Luego a Luis, mamándola hasta la garganta, él gimiendo ronco. El sonido de succiones húmedas llenaba el cuarto, mezclado con nuestro jadeo. Yo le metí mano a su panocha, ya empapada, clítoris hinchado pulsando bajo mis dedos. Olía a mar, a sexo puro mexicano.

Esto es nuestro trio con esposa casero, cabrón. Lo estamos viviendo, y qué mamón se siente.

La subimos a la cama. Ana a cuatro patas, culo en pompa invitador. Yo me puse adelante, verga en su boca; Luis atrás, frotando su punta en sus labios vaginales. —¡Métela, Luis! Hazla gozar —le ordené, voz temblorosa de emoción.

Entró despacio, centímetro a centímetro. Ana ahogó un grito en mi verga, vibrándome hasta los huevos. Él empezó a bombear, lento al principio, piel chocando piel con plaf plaf rítmico. Yo la follaba la boca, sintiendo su lengua juguetona. Sudor nos corría por la espalda, gotas saladas que lamí de su espinazo. El cuarto olía a sexo: esperma preeyaculatorio, jugos de ella, testosterona.

Cambiamos. Yo la penetré misionero, sus piernas en mis hombros, profundo hasta el fondo. Sentía su coño apretándome como puño caliente. Luis se puso en su boca, ella lo devoraba ansiosa. Gemía alrededor de su verga, vibraciones que lo volvían loco. —¡Ana, qué chingona chupas! —gruñó él.

La tensión subía, como volcán a punto de estallar. Ana se retorcía, uñas clavándome la espalda, dejando marcas rojas que ardían rico. —¡Más fuerte, mis reyes! ¡Quiero correrme!

Nos movimos como equipo. Yo salí y Luis entró, luego viceversa, turnándonos su panocha resbalosa. Ella gritaba placer, voz ronca: —¡Sí, así! ¡Trio con esposa casero perfecto!

El clímax llegó en avalancha. Ana se arqueó primero, coño contrayéndose en espasmos, chorro caliente salpicando mis muslos. Su orgasmo era un terremoto, olor a squirt dulce. Eso me prendió. La penetré duro, huevos golpeando su culo, y exploté dentro, leche espesa llenándola, pulsos interminables. Luis se sacó de su boca y se pajeó sobre sus chichis, chorros blancos pintándola como obra de arte.

Colapsamos los tres, enredados en sábanas húmedas. El ventilador secaba nuestro sudor, pieles pegajosas uniéndonos. Ana besó a Luis, luego a mí. —Gracias, amores. Fue el mejor trio con esposa casero de mi vida.

Luis se vistió riendo. —Wey, si repiten, avísenme. Ana es una pinche hembra.

Se fue, y Ana y yo nos quedamos abrazados. Su cabeza en mi pecho, corazón latiendo calmado ahora. Sentí paz, orgullo. No perdí nada, ganamos todo. La besé la frente, oliendo su pelo a shampoo de coco.

Esto fortaleció lo nuestro. Un secreto casero, nuestro trio inolvidable. ¿Repetimos? Pinche sí, cuando se nos antoje.

Nos dormimos así, con la luna colándose por la cortina, sabiendo que el deseo solo crece.

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