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Trio con Desconocida en la Playa

7101 palabras

Trio con Desconocida en la Playa

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el tequila reposado que me acababa de echar. El aire salado del mar Caribe se mezclaba con el humo de las fogatas en la playa y el ritmo pegajoso de la cumbia rebajada que retumbaba desde los chiringuitos. Yo, Alex, estaba con mi carnal Javier, los dos venidos de la CDMX para desconectarnos un fin de semana. Neta, qué chido era sentir la arena tibia bajo los pies descalzos y ver a las morras en bikinis diminutos meneándose al son de la música.

¿Y si esta noche pasa algo épico, wey? Algo que nos deje con la verga dura por días recordándolo.
Pensé mientras Javier me pasaba otra chela fría. Ahí la vi. Una desconocida de curvas que quitaban el hipo: piel morena bronceada, cabello negro largo hasta la cintura, ojos verdes que brillaban con la luz de las antorchas. Vestía un pareo transparente que dejaba ver sus chichis firmes y un culo redondo que pedía a gritos ser apretado. Bailaba sola, moviendo las caderas como si el mundo se acabara esa noche.

Mira esa mamacita, carnal —le dije a Javier, dándole un codazo—. Parece salida de un sueño húmedo.

Él se rio, sus ojos ya clavados en ella. —Sí wey, neta que está para un trio con desconocida. ¿Le caemos?

Nos miramos y sin decir más, nos acercamos. Ella nos vio venir, sonrió con picardía y siguió bailando, invitándonos con la mirada. Me planté frente a ella, Javier a un lado.

Qué onda, preciosa —le solté, con la voz ronca por la emoción—. ¿Bailas sola o nos dejas unirnos a la fiesta?

Se mordió el labio inferior, su perfume floral invadiendo mis fosas nasales, mezclado con el olor salino de su piel sudada. —Me llamo Luna —dijo con acento chilango puro—. Y no bailo sola, quiero compañía. ¿Ustedes dos son pareja o qué?

Nos reímos. Javier le guiñó un ojo. —Sólo carnales, pero para complacer a una diosa como tú, armamos lo que sea.

El roce de su mano en mi brazo fue eléctrico, como una descarga que me puso la piel de gallina. Empezamos a bailar los tres, sus cuerpos pegados a los nuestros. Sentía sus tetas rozando mi pecho, el calor de su vientre contra mi entrepierna que ya empezaba a endurecerse. Javier la tomaba por la cintura, sus dedos hundiéndose en esa carne suave. La tensión crecía con cada giro, cada mirada cargada de promesas sucias.

La música nos llevó hasta la orilla del mar, donde las olas lamían nuestros pies. Luna se giró entre nosotros, su aliento cálido en mi cuello. —¿Saben qué? —susurró, su voz ronca como el viento nocturno—. Quiero un trio con desconocidos como ustedes. Aquí y ahora, o en algún lado privado. ¿Le entran?

¡La verga! Esto era real, no un sueño. Mi pulso se aceleraba, el corazón latiéndome en las sienes.
Javier y yo asentimos como pendejos emocionados. —Chido, vamos a mi cabaña —dijo él, señalando las luces del resort a unos metros.

Caminamos por la playa, ella en medio, una mano en mi paquete que ya estaba tieso como palo, la otra en el de Javier. El tacto de sus dedos juguetones me hacía jadear. Olía a sexo inminente: su excitación mezclada con arena húmeda y mar. Entramos a la cabaña, una suite con cama king size, velas aromáticas y vista al océano. La puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de la locura.

Luna se quitó el pareo de un tirón, quedando en un thong rojo diminuto y nada más. Sus pezones oscuros duros como piedras, su panocha ya humedecida marcándose en la tela. —Vengan, cabrones —ordenó con una sonrisa traviesa—. Quiero sentirlos a los dos.

Nos desvestimos rápido, nuestras vergas saltando libres, gruesas y venosas, listas para ella. La tumbamos en la cama, yo besándola con hambre, mi lengua explorando su boca dulce como tamarindo. Javier le chupaba las tetas, succionando fuerte, haciendo que gimiera contra mis labios. Su piel sabía a sal y sudor, cálida y resbaladiza bajo mis manos. Bajé por su cuello, mordisqueando, hasta llegar a su ombligo. El olor de su arousal era embriagador, almizclado y fresco.

Esto era puro fuego, wey. Su cuerpo respondía a cada toque como si lo hubiéramos ensayado mil veces.
Javier se posicionó entre sus piernas, arrancándole el thong. —Mira qué panocha rica, toda mojada para nosotros —gruñó, metiendo dos dedos que la hicieron arquear la espalda. Yo le metí la verga en la boca, suave al principio, sintiendo su lengua girar alrededor de la cabeza, saboreando mi precum salado. Chupaba como experta, profunda, sus labios estirados, gargantas profundas que me hacían temblar las rodillas.

Cambiamos posiciones. La puse a cuatro patas, Javier debajo lamiéndole el clítoris mientras yo la penetraba por atrás. Entré despacio, su coño apretado y caliente envolviéndome como terciopelo húmedo. —¡Ay, sí, cabrón! Más duro —jadeaba ella, empujando contra mí. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, llenaba la habitación junto con sus gemidos y el lejano romper de olas. Javier la besaba, sus bolas rozando las mías al ritmo.

La intensidad subía. Sudor goteaba por mi espalda, el aire cargado de nuestro olor animal. Luna se corrió primero, temblando, su coño contrayéndose alrededor de mi verga, gritando —¡Me vengo, pinches dioses! —. Javier la volteó, montándola él mientras yo le metía en la boca de nuevo. Sus jugos chorreaban por los muslos de Javier, brillantes bajo la luz tenue.

La pusimos en el centro, yo embistiéndola misionero, Javier desde atrás en su culo virgen esa noche. —Despacio, amor —le pedí, lubricándola con saliva y sus propios fluidos. Entró centímetro a centímetro, ella gimiendo de placer mezclado con ese dolor dulce. Estábamos los tres conectados, un enredo de cuerpos resbalosos, pulsos acelerados sincronizados. Sus uñas en mi pecho, el calor de Javier contra mi piel, sus gemidos convirtiéndose en alaridos.

El clímax llegó como una ola gigante. Luna se convulsionó entre nosotros, ordeñándonos con sus contracciones. —¡Córanse dentro, llenenme! —suplicó. Javier gruñó primero, vaciándose en su culo con espasmos violentos. Yo la seguí, mi leche caliente inundando su panocha, oleada tras oleada hasta que no quedó nada. Colapsamos los tres, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y semen.

Nos quedamos así un rato, el mar susurrando afuera, velas parpadeando. Luna nos besó a los dos, su sonrisa satisfecha. —El mejor trio con desconocidos de mi vida —murmuró, acurrucándose.

Neta, esto era inolvidable. Mi cuerpo zumbaba de placer residual, el corazón lleno de esa conexión rara y perfecta.
Javier y yo nos miramos, cómplices. Al amanecer, nos despedimos con promesas de repetir, pero sabiendo que este trio con desconocida era un recuerdo eterno, grabado en cada poro de nuestra piel.

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