Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Intenta Nadar Desnuda Intenta Nadar Desnuda

Intenta Nadar Desnuda

6813 palabras

Intenta Nadar Desnuda

El sol de Puerto Vallarta me quemaba la piel como un beso ardiente, mientras el mar Caribe lamía la arena blanca con olas perezosas. Yo, Ana, una chilanga de pura cepa que nunca había metido un pie en el agua más allá de la regadera, miré esa piscina infinita del resort con un nudo en el estómago. ¿Y si me ahogo como pendeja? pensé, pero mi carnal, no, mi chulo de novio, Marco, me jalaba de la mano con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas.

"Órale, mami, intenta nadar conmigo. No seas fresa, aquí está todo tranquilo", me dijo con su voz ronca, ese acento tapatío que me ponía la piel chinita. Llevábamos una semana en este paraíso, follando como conejos en la suite con vista al mar, pero él quería más aventura. Yo, con mi bikini rojo que apenas cubría mis chichis firmes y mi nalgona redonda, sentía el calor subiendo no solo del sol.

La piscina era un sueño: agua turquesa que brillaba como joyas, rodeada de palmeras susurrantes y el olor salado del mar mezclado con cloro fresco. Nadie más alrededor, solo nosotros dos en esa hora muerta de la tarde. Marco se quitó la playera, dejando ver su torso moreno, marcado por el gym, con vellos oscuros que bajaban hasta su short de baño.

¡Qué verga tan chula tiene este wey!
me dije, mordiéndome el labio.

"Va, pero no me sueltes, ¿eh?", le rogué, metiendo un pie en el agua. Estaba tibia, como un baño de espuma, y el roce suave contra mi piel me erizó los vellos. Él se metió primero, salpicando gotas que cayeron en mis pechos, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante. Me jaló adentro, y de pronto el agua me cubría hasta la cintura, fresca y envolvente, como sus manos en mi cintura cuando me come.

Acto uno apenas empezaba. Intenté flotar, pataleando torpe como una sirenita novata, riéndome nerviosa. "¡Mira, wey, estoy nadando!", grité, pero mis brazos chapoteaban más que avanzaban. Marco se pegó a mi espalda, su pecho duro contra mi espinazo, y sus manos grandes me sujetaron las caderas. Olía a protector solar con coco y a hombre sudado, un aroma que me humedecía la concha sin remedio.

"Así, nena, relájate. Siente el agua como si fuera mi lengua en tu piel", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Sentí su verga semi-dura presionando mi nalga a través del short. ¡Puta madre, ya estoy mojada y no es del agua! Mi corazón latía como tambor en fiesta, y el chapoteo rítmico de nuestras piernas se mezclaba con mi respiración agitada.

La tensión crecía lento, como el sol cayendo en el horizonte. Él me giró despacio, nuestros cuerpos flotando juntos, piel resbalosa por el agua. Sus ojos cafés me devoraban, y yo le devolví la mirada, sintiendo ese cosquilleo en el vientre que precede al fuego. "Marco, no puedo concentrarme con tu paquete así de cerca", le dije juguetona, rozando mi mano por su abdomen.

Él rio bajito, ese sonido grave que vibra en mis entrañas. "Entonces quítate el estorbo, prueba nadando sin nada". Sus dedos desataron mi top con maestría, y mis chichis saltaron libres, pezones duros como piedras bajo el agua fresca. El aire caliente del trópico las besó, y un gemido se me escapó. Él se hundió un poco para mamar uno, succionando con fuerza mientras el agua nos mecía. Sabía a sal y a mi sudor dulce, su lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda.

En el medio acto, la cosa se puso intensa. Yo, ya valiente, me quité el bottom, lanzándolo a la orilla como una bandera de rendición. Desnuda en la piscina, qué pinche loca estoy, pensé, pero empoderada, libre. Marco hizo lo mismo, y su verga salió tiesa, gruesa, venosa, apuntando al cielo como un mástil. El agua la hacía brillar, y yo la tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante contra el fresco líquido. "¡Qué rica verga, carnal!", le dije, masturbándolo lento mientras él me metía dos dedos en la panocha, abriéndome como una flor.

El sonido era puro erotismo: chapoteos húmedos, jadeos ahogados, el slap-slap de piel mojada. Olía a sexo incipiente, ese almizcle salado de mi excitación mezclándose con el cloro. Mis paredes internas lo chupaban, apretándolo, y él gruñía: "Estás cañona, Ana, me vas a hacer correrme ya". Pero no, escalamos más. Me subió a la orilla, sentada en el borde, piernas abiertas, y se arrodilló en el agua para comerme la chocha. Su lengua experta lamía mi clítoris hinchado, succionando mis labios mayores, metiéndose adentro como una serpiente juguetona. Yo tiraba de su pelo mojado, gimiendo "¡Más, pendejo, no pares!", el sol tiñendo todo de oro mientras mi jugo le corría por la barbilla.

La tensión psicológica ardía: yo, que siempre fui la fresa miedosa al agua, ahora me sentía diosa del mar, empoderada por su deseo. Él luchaba por no explotar, mordiéndose el labio, ojos fijos en mi cara de placer. Pequeñas resoluciones: yo lo empujé de vuelta al agua, montándolo como amazona. Nuestras caderas chocaban bajo la superficie, burbujas subiendo con cada embestida. Su verga me llenaba entera, rozando mi punto G con cada vaivén, el agua facilitando el glide perfecto.

"¡Fóllame duro, wey!", le ordené, clavando uñas en sus hombros. Él obedecía, manos amasando mis nalgas, dedo en mi ano para más placer. El ritmo crecía: lento a medio a frenético. Sentía cada vena de su pija pulsando dentro, mi concha contrayéndose, el orgasmo building como ola gigante. Sudor perlando mi frente, sal en mis labios cuando me lamía los pechos. El mundo se reducía a eso: su olor a macho, el slap del agua, mi pulso retumbando en oídos.

El clímax llegó como tsunami. "¡Me vengo, Marco, ándale!", grité, mi cuerpo convulsionando, chorro caliente mezclándose con el agua. Él rugió, hundiéndose profundo, llenándome de leche espesa, caliente, que se filtraba fuera en nubes lechosas. Nos quedamos unidos, flotando, respiraciones entrecortadas sincronizadas con las olas lejanas.

En el final, el afterglow fue puro éxtasis. Salimos del agua, cuerpos relucientes, envueltos en toallas suaves que olían a limpio. Nos tumbamos en las hamacas, yo acurrucada en su pecho, escuchando su corazón calmarse. "Viste, mami, intentaste nadar y mira qué chido salió", me dijo besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, empoderada.

Ya no soy la misma pendeja del DF; ahora nado en placeres nuevos.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de rosa y naranja, y el mar cantaba su nana eterna. Marco me miró con ojos de amor y lujuria renovada. "Mañana probamos en la playa, ¿sale?". Asentí, sabiendo que nuestra aventura apenas comenzaba. Ese intento de nadar desnuda nos unió más, un recuerdo tatuado en piel y alma.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.