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Mis Mil Eróticos Tríos

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Mis Mil Eróticos Tríos

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de la villa rentada. El viento cálido del Pacífico me acariciaba la piel mientras caminaba descalza por la terraza de madera, con mi bikini negro ajustado que apenas contenía mis curvas. Javier, mi novio desde hace dos años, estaba adentro preparando unos tequilas con limón y sal, riendo con su carnal Ricardo, que había llegado esa tarde de Guadalajara para un fin de semana de pura relaja. Los dos eran guapos a rabiar, altos, morenos, con esos cuerpos torneados de tanto jugar fut en la playa. Javier tenía los ojos verdes que me volvían loca, y Ricardo, un poco más travieso, con esa sonrisa pícara que prometía problemas.

Órale, carnal, ¿ya viste qué chula está tu vieja esta noche? bromeó Ricardo mientras salían con las charolas. Javier me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios. Neto que sí, pendejo. Pero no se te ocurra tocarla... a menos que yo diga. Su voz grave me erizó la piel. Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Hacía meses que fantaseábamos con esto, con invitar a alguien más a nuestra cama. Y ahí estaba Ricardo, soltero y con ganas de todo, mirándome como si yo fuera el postre más rico del mundo.

Nos sentamos en las hamacas de la terraza, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un ritmo hipnótico. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, despertando un calor que se extendía hasta mis muslos. Hablamos de todo y nada: de las chavas que Ricardo se echaba en GDL, de las veces que Javier y yo nos escapábamos a la playa para cogernos como animales. ¿Y si probamos algo nuevo, mi amor? murmuró Javier, su mano subiendo por mi pierna desnuda, rozando el borde del bikini. Ricardo se quedó callado, pero sus ojos brillaban con deseo puro.

El aire se cargó de tensión, espeso como la humedad tropical. Mi corazón latía fuerte, un tambor en el pecho.

Esto podría ser el inicio de uno de mis mileróticos tríos, esos que siempre me han puesto como perra en celo en mis sueños más calientes.
Me mordí el labio, asintiendo. Va, pero todo con calma, ¿eh? Quiero sentir cada puto segundo.

Entramos a la villa, las luces tenues de las velas parpadeando en la sala amplia con vista al mar. Javier me besó primero, su boca saboreando a tequila y a mí, su lengua invadiendo con hambre. Ricardo nos miró un segundo, pidiéndome permiso con la mirada. Asentí, y se acercó por detrás, sus manos grandes deslizándose por mi cintura, bajando hasta mis nalgas. El contraste de sus cuerpos contra el mío me mareaba: Javier delante, duro y posesivo; Ricardo atrás, juguetón y suave. Gemí bajito cuando Ricardo desató mi bikini superior, dejando mis tetas libres al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, y Javier los chupó con avidez, mordisqueando lo justo para que doliera rico.

Estás cañona, pinche rica, gruñó Ricardo, su aliento caliente en mi cuello mientras me quitaba el resto del bikini. Quedé desnuda entre ellos, vulnerable y poderosa a la vez. Mi piel ardía donde me tocaban: las palmas ásperas de Javier en mis caderas, los dedos suaves de Ricardo explorando mi entrepierna. Estaba empapada, el olor a mi propia excitación mezclándose con el salitre del mar que entraba por las ventanas abiertas. Me arrodillé en la alfombra mullida, el corazón retumbando como un trueno. Saqué sus vergas de los shorts, gruesas y palpitantes, venosas y listas. Javier era más largo, Ricardo más ancho. Las lamí alternadamente, saboreando el gusto salado de su piel, el pre-semen que brotaba como néctar.

Me pusieron de pie y me llevaron al cuarto grande, con la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Javier me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas con gentileza. Mírate, toda mojada por nosotros, dijo, hundiendo dos dedos en mi coño resbaladizo. Grité de placer, arqueándome. Ricardo se subió a la cama, poniéndose a horcajadas sobre mi pecho, metiéndome su pija en la boca mientras Javier me comía como si fuera su última cena. Su lengua danzaba en mi clítoris, chupando, lamiendo, metiendo la nariz en mi humedad. El sonido era obsceno: mis jugos chapoteando, mis gemidos ahogados por la verga de Ricardo que me llenaba la garganta.

El calor subía, mis nervios en llamas. ¡No pares, cabrones! ¡Así, chingón! les rogué, las uñas clavadas en las sábanas. Javier se incorporó, su cara brillante de mis fluidos, y me penetró de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Ricardo se movió, besándome mientras Javier me taladraba, sus bolas golpeando mi culo con ritmo frenético. Luego cambiaron: Ricardo entró en mí, más grueso, abriéndome como nunca. Javier me besó, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones hasta que dolió delicioso.

La habitación apestaba a sexo: sudor, coño mojado, vergas calientes. El mar rugía afuera, sincronizándose con nuestros jadeos. Me subieron encima de Ricardo, cabalgándolo como una amazona, su pija golpeando mi punto G con cada rebote. Javier se paró detrás, escupiendo en mi ano para lubricar. ¿Quieres los dos, mi reina? preguntó. ¡Sí, métemela! supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuve doblemente llena, estirada al límite. El dolor inicial se convirtió en éxtasis puro, sus vergas rozándose dentro de mí a través de la delgada pared. Me moví entre ellos, follada por delante y por atrás, mis gritos resonando contra las paredes.

Esto es lo máximo, uno de mis mileróticos tríos hecho realidad, con estos dos machos mexicanos volviéndome loca de placer.
Sudábamos como locos, piel contra piel resbalosa, pulsos acelerados latiendo juntos. Ricardo gruñó primero, corriéndose dentro de mi coño con chorros calientes que me inundaron. Eso me disparó: mi orgasmo explotó como volcán, contrayéndome alrededor de sus vergas, chorros de placer escapando de mí. Javier se vino segundos después, llenándome el culo de leche espesa, caliente.

Colapsamos en un enredo de miembros exhaustos, respiraciones entrecortadas. El aire fresco de la noche entraba, enfriando nuestros cuerpos febriles. Javier me besó la frente, Ricardo mi hombro. Eres increíble, amor, murmuró Javier. La mejor noche de mi vida, agregó Ricardo, aún dentro de mí, suavizándose. Me quedé ahí, entre ellos, sintiendo su semen goteando de mis agujeros, el cuerpo plácidamente adolorido.

Al amanecer, el sol tiñó el cielo de rosa y naranja, filtrándose por las cortinas. Nos despertamos con besos perezosos, manos vagando de nuevo. Pero esa vez fue tierno, caricias lentas que hablaban de conexión más que de lujuria. ¿Repetimos? pregunté juguetona. Los dos rieron. Cuando quieras, pinche diosa. Salimos a la playa, desnudos bajo las toallas, el mar lamiendo nuestros pies. Ese fin de semana se convirtió en leyenda personal, el primero de muchos, pero ninguno tan intenso como ese mileróticos trío que nos unió para siempre en deseo compartido.

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