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Trío con los Tres Reyes

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Trío con los Tres Reyes

La noche del Día de Reyes en Puerto Vallarta olía a mar salado mezclado con el humo de las fogatas en la playa y el dulce aroma de rosca de reyes recién horneada. Yo, Ana, había llegado a la casa de la playa de mis amigos con el corazón latiéndome fuerte, vestida con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la brisa húmeda. Neta, qué chido estar aquí, pensé mientras caminaba por la terraza iluminada con luces de colores, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y la música cumbia rebajada sonando bajito.

Allí estaban ellos: los tres reyes. Melchor, el alto y moreno con ojos que te desnudan con una mirada; Gaspar, el güero atlético con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme nomás de verlo; y Baltazar, el más callado, con barba recortada y manos grandes que prometían caricias expertas. Los había conocido en una fiesta el año pasado, y desde entonces nos veíamos en estas escapadas. No eran reyes de verdad, pero en mi cabeza, con sus cuerpos esculpidos y esa confianza regia, lo eran. "¡Órale, Ana, ya llegaste, ricura!", gritó Melchor levantándose de la piscina infinita, el agua chorreando por su torso desnudo. Su piel brillaba bajo la luna, y el olor a cloro y a su colonia varonil me envolvió al abrazarlo.

Nos sentamos en los cojines mullidos de la sala abierta, con vistas al Pacífico. Bebíamos tequila reposado con limón y sal, el líquido ardiente bajando por mi garganta mientras charlábamos pendejadas. Gaspar me rozó la pierna "sin querer", su dedo áspero enviando chispas por mi muslo.

¿Cuánto aguantaré esta tensión? Sus miradas me queman, siento mi panocha palpitando ya.
Baltazar, siempre el más sutil, me sirvió otro trago, su aliento cálido en mi oreja: "Eres nuestra reina esta noche, ¿verdad?". El deseo inicial era como una corriente eléctrica, sutil pero creciente, mientras la rosca se partía y fingíamos buscar el niño Dios.

La fiesta en la playa se oía lejana, risas y mariachis, pero nosotros nos fuimos aislando. Melchor me jaló al sillón grande, su boca capturando la mía en un beso salado de tequila. Sus labios gruesos sabían a limón y hambre, la lengua explorando con urgencia. Gaspar se unió por detrás, sus manos grandes subiendo por mi espalda, desatando el vestido que cayó como una cascada suave a mis pies. Su piel contra la mía, caliente, sudada, oliendo a sol y mar. "Qué chula estás, Ana, neta", murmuró Gaspar mordisqueándome el lóbulo de la oreja, su erección presionando mis nalgas a través del short.

Me llevaron a la habitación king size, con sábanas de hilo egipcio frescas y brisa del ventilador ceiling. Baltazar me acostó con gentileza, sus ojos oscuros fijos en los míos mientras se quitaba la camisa, revelando un pecho velludo y musculoso. El trío de los tres reyes comenzaba a desplegarse. Melchor se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, su aliento caliente haciendo que mi clítoris se hinchara de anticipación. "Déjame probarte, reina", dijo con voz ronca, su lengua plana lamiendo despacio desde mi entrada hasta el botón sensible. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco, gemía contra mi piel, vibraciones que me hacían arquear la espalda.

Gaspar capturó mis pechos, chupando un pezón endurecido mientras pellizcaba el otro, el dolor placentero mezclándose con el placer húmedo de abajo.

¡Ay, cabrones, me van a volver loca! Cada lamida de Melchor es fuego, Gaspar sabe justo cómo morder para que duela rico.
Mis manos se enredaban en el pelo de Baltazar, quien ahora besaba mi cuello, su verga dura frotándose contra mi mano. La invité a mi boca, saboreando la piel suave y venosa, el precum salado goteando en mi lengua. Chupaba con hambre, oyendo sus gruñidos graves, el sonido de succiones y jadeos llenando la habitación como una sinfonía erótica.

La intensidad subía como la marea. Me voltearon, poniéndome a cuatro patas sobre la cama king. Gaspar se posicionó atrás, su pinga gruesa empujando lento en mi coño empapado. El estiramiento delicioso, llenándome hasta el fondo, su pelvis chocando mis nalgas con palmadas húmedas. "¡Qué apretada, wey!", jadeó, embistiendo rítmico, el olor a sexo impregnando el aire, sudor y fluidos mezclados. Melchor delante, su verga en mi boca, follándome la garganta con cuidado, mis babas corriéndole por los huevos. Baltazar debajo, lamiendo donde Gaspar entraba y salía, su lengua rozando mi clítoris y las bolas de Gaspar.

El conflicto interno era delicioso: ¿Puedo con los tres? Sí, carajo, soy su reina, esto es mío. Pequeñas pausas para besos, para cambiar posiciones, risas jadeantes. "Más despacio, pendejo, déjala disfrutar", bromeaba Baltazar a Gaspar, quien respondía acelerando, haciendo que mis paredes se contrajeran. El build-up era maestro: toques suaves virando a embestidas feroces, dedos en mi culo lubricado con saliva, explorando sin prisa. Sentía cada vena de sus vergas, el pulso acelerado de sus corazones contra mi piel, el sabor de sus besos compartidos.

Me subieron encima de Baltazar, su polla ancha abriéndome mientras cabalgaba, mis chichis rebotando, olor a mi sudor chorreando por mi espalda. Melchor y Gaspar a los lados, sus manos por todos lados: pellizcando, azotando suave mis nalgas, dedos en mi boca. "Córrete para nosotros, Ana", suplicó Melchor, su mano frotando mi clítoris en círculos rápidos. La tensión explotó: olas de placer desde mi centro, contrayéndome alrededor de Baltazar, gritando su nombre mientras el orgasmo me sacudía, jugos empapando las sábanas. Ellos no pararon, turnándose para follarme en la euforia post-orgasmo, sensible y temblorosa.

Gaspar me penetró anal primero, lubricado con mi propia excitación, lento y profundo, el ardor virando placer prohibido. Sentirlos a los tres, uno en cada entrada, manos en mi piel, bocas en mi cuerpo. Melchor en mi panocha, Baltazar en mi boca, un trío perfecto con los tres reyes. Ritmo sincronizado, gemidos guturales, el slap-slap de carne contra carne, aromas intensos de semen inminente y mi almizcle femenino. Explotaron uno a uno: Baltazar en mi garganta, tragando su leche caliente y espesa; Melchor dentro, llenándome con chorros calientes; Gaspar en mi culo, desbordando.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose al unísono con el rumor del mar. Sus brazos me rodeaban, besos suaves en mi frente, hombros. "Eres increíble, reina", susurró Melchor, su mano acariciando mi pelo húmedo. Gaspar trajo toallas frescas, limpiándonos con ternura, el olor a jabón de coco mezclándose con el post-sexo. Baltazar me acurrucó, su pecho subiendo y bajando contra mi mejilla.

En el afterglow, mirando las estrellas por la ventana abierta, reflexioné:

Esto no es solo sexo, es conexión, poder compartido. Los tres reyes y yo, invencibles en esta noche mágica.
El deseo satisfecho dejaba un lingering calor, promesas de más tríos en futuras noches. Me dormí entre ellos, piel con piel, sabiendo que esta era mi corona.

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