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El Trío de los Arieles

7287 palabras

El Trío de los Arieles

La noche en el rooftop de Polanco estaba que ardía. El aire fresco de la Ciudad de México se mezclaba con el humo de los cigarros electrónicos y el olor dulce de los tequilas premium. Luces neón parpadeaban al ritmo de la música electrónica, y tú, con ese vestido negro ceñido que te hacía sentir como una diosa, te movías entre la gente sintiendo todas las miradas sobre tu piel morena. Habías salido con tus amigas, pero ellas ya andaban en su rollo, así que te quedaste sola en la barra, pidiendo un margarita helado que te refrescaba la garganta seca.

Entonces los viste. Dos tipos altos, morenos, con sonrisas de esas que derriten. Uno con cabello corto y barba recortada, el otro con melena ondulada hasta los hombros. Ambos con camisas blancas desabotonadas lo justo para mostrar pechos firmes y tatuajes discretos. ¿Hermanos? ¿Cousins? pensaste, mientras ellos se acercaban con vasos en mano.

—Órale, preciosa, ¿esta barra es solo para modelos o qué? —dijo el de la melena, con voz grave y juguetona.

—Para quien se atreva —respondiste, guiñando un ojo, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago.

Se llamaban Ariel los dos. Ariel el de la barba, Ariel el de la melena. Los Arieles, como se presentaron riendo, explicando que eran carnales lejanos de Guadalajara, en la ciudad por negocios. Charlaron contigo toda la noche: anécdotas de fiestas en la playa, chistes sobre pendejos que no saben bailar, y miradas que subían y bajaban por tu cuerpo sin disimulo. Sus manos rozaban tu brazo al pasar el vaso, y el calor de sus cuerpos cercanos te hacía sudar bajo el vestido.

Neta, estos weyes son fuego. ¿Y si...? No, para, no seas loca. O sí sé.

La tensión crecía con cada shot de tequila. Bailaron contigo, uno adelante pegando su cadera a la tuya, el otro atrás, sus manos en tu cintura guiándote al ritmo. Sentías la dureza de sus vergas presionando contra ti, y el aroma de sus colonias mezcladas con sudor masculino te mareaba. Cuando la música subió de volumen, Ariel el barbudo te susurró al oído:

—¿Vienes con nosotros a continuar la fiesta en privado? Prometemos que será inolvidable.

Tu pulso se aceleró. Trío los Arieles, pensaste riendo por dentro, imaginando el morbo. Dijiste que sí, porque ¿por qué no? Eras adulta, libre, y esa noche querías todo.

Acto dos: la escalada

Subieron a un Uber hasta un hotel chido en Reforma, de esos con vistas panorámicas y jacuzzi en la suite. Apenas cerraron la puerta, el beso llegó. Ariel el de la melena te tomó por la nuca, sus labios carnosos devorando los tuyos con hambre. Sabían a tequila y menta, lengua juguetona explorando tu boca mientras Ariel el barbudo besaba tu cuello, mordisqueando suave la piel sensible. Qué rico, cabrones, gemiste en tu mente, arqueando la espalda.

Te quitaron el vestido despacio, como si desempacaran un regalo. Sus manos callosas —de tanto gym y trabajo manual, adivinaste— recorrían tus curvas: pechos llenos liberados del brasier, pezones endurecidos al aire fresco de la habitación. Olías su excitación, ese musk varonil que se mezcla con el perfume caro. Ariel el barbudo chupó un pezón, tirando suave con los dientes, mientras el otro bajaba la tanga por tus muslos, besando el camino.

—Estás chingona, mami —gruñó el de la melena, arrodillado, inhalando profundo tu aroma íntimo—. Hueles a miel y pecado.

Te tendieron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra tu espalda desnuda. Uno a cada lado, besos alternados: boca, cuello, senos. Sus dedos jugaban en tu panocha, ya empapada, rozando el clítoris hinchado en círculos lentos. Gemías bajito, el sonido ahogado por la lengua de Ariel en tu boca. Sentías sus vergas duras contra tus piernas, gruesas y palpitantes bajo los pantalones.

No puedo más, los quiero adentro. Los dos. Ahora.

Escalaron el ritmo. Ariel el barbudo se quitó la ropa, revelando un cuerpo esculpido, verga venosa erguida como un mástil. La tomó tu mano, guiándola para masturbarlo despacio, sintiendo la piel sedosa sobre el acero. El otro hizo lo mismo, y alternabas: chupabas una mientras pajeabas la otra. Salado, cálido, el sabor de sus precúm en tu lengua. Ellos gemían tu nombre —no sabían cuál, pero sonaba igual de caliente—, "Sí, así, qué buena boca tienes".

Te pusieron a cuatro patas. Ariel el de la melena entró primero por atrás, despacio, abriéndote centímetro a centímetro. ¡Ay, wey, qué grande! Su verga te llenaba, rozando puntos que te hacían ver estrellas. El barbudo delante, en tu boca, follando suave tu garganta. El slap de carne contra carne, jadeos, sudor goteando. Cambiaron posiciones: uno en tu concha, el otro en tu culo —con lubricante, todo suave y consensuado, preguntando "¿Está chido?" y tú asintiendo frenética.

El cuarto olía a sexo puro: fluidos, sudor, lujuria. Sus bolas chocaban contra ti, pulsos acelerados sincronizados. Te corrían al mismo tiempo, una tras otra, olas de placer que te dejaban temblando, gritando en español sucio: "¡Sí, Arieles, mátenme de gusto!"

Pero no pararon. Te montaron en reversa cowgirl sobre uno, el otro de pie metiéndola en tu boca. Rodaste orgasmos: el tuyo primero, apretando la verga adentro como un puño, luego los suyos, chorros calientes pintando tu piel, tu pelo, tu alma.

Acto tres: el afterglow

Colapsaron los tres en la cama, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Ariel el barbudo te acariciaba el cabello húmedo, besos suaves en la frente. El de la melena trazaba círculos en tu vientre, sonriendo perezoso.

—Neta, eso fue el mejor trío los Arieles de mi vida —dijo el barbudo, riendo bajito.

—Y ni hemos empezado —agregó el otro, guiñándote.

Te bañaron en la regadera de lluvia, jabón espumoso deslizándose por curvas compartidas, más besos lentos, toques juguetones. Agua caliente cascabeando, vapor empañando espejos. Salieron envueltos en albornoz, pidieron room service: tacos al pastor y chelas frías. Comieron en la cama, desnudos, contando chistes, planeando una segunda ronda al amanecer.

Esto no fue solo sexo. Fue conexión, fuego puro mexicano. Los Arieles me cambiaron la noche para siempre.

Durmieron abrazados, el skyline de la CDMX brillando afuera. Al despertar, con sol filtrándose, un último polvo matutino: misionero doble, uno en concha, el otro frotándose contra ti hasta correrse. Te despidieron con números de teléfono y promesas de repetir en Guadalajara.

Bajaste del hotel con piernas flojas, sonrisa boba, el cuerpo marcado por besos y moretones placenteros. Trío los Arieles: el recuerdo que te calentaría noches enteras. Caminaste por Reforma, el viento fresco secando tu piel, sabiendo que habías vivido la noche perfecta. Empoderada, satisfecha, lista para más aventuras en esta jungla de concreto y deseo.

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