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Triada Erótica del Sarampión

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Triada Erótica del Sarampión

En la bulliciosa Ciudad de México, donde el calor del verano se pegaba a la piel como un amante insistente, trabajaba en el IMSS como enfermera. Me llamaba Laura, y cada turno en el área de infectología era un recordatorio de lo frágil que es la vida. Ese día, el aire acondicionado fallaba, y el olor a desinfectante se mezclaba con el sudor de los pacientes. Fue entonces cuando llegó él, Dr. Alejandro, el epidemiólogo nuevo, con su bata blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y una sonrisa que hacía que mi pulso se acelerara como si tuviera fiebre.

Órale, güey, ¿ya viste el caso de sarampión? —me dijo mientras revisábamos las fichas—. Es la triada epidemiológica del sarampión: agente, huésped y ambiente. Todo perfecto para que se propague como chisme en vecindad.

Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel. Lo miré de reojo, notando cómo sus manos fuertes hojeaban los papeles, imaginando esas mismas manos en mi cintura. Yo, con mi uniforme ceñido que no ocultaba mis curvas, sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Por qué carajos este pendejo me pone así? Solo está hablando de measles, pero suena como si me estuviera seduciendo
, pensé, mordiéndome el labio.

El turno avanzaba lento, el zumbido de los ventiladores y los gemidos lejanos de pacientes llenaban el pasillo. Terminamos el papeleo en la sala de juntas, solos. El ambiente cargado de calor nos hacía sudar, y el olor a su colonia, mezcla de madera y cítricos, me invadía las fosas nasales. Se acercó para mostrarme un diagrama en la pizarra.

—Mira, la triada epidemiológica del sarampión es clave para controlarlo —explicó, su aliento cálido rozando mi oreja—. El virus es el agente, el niño no vacunado el huésped, y esta humedad el ambiente perfecto.

Mi corazón latía desbocado. Nuestros brazos se rozaron, y una corriente eléctrica subió por mi espina. No mames, pensé, esto es puro fuego. Lo miré a los ojos, oscuros y profundos como pozos de deseo.

—Doctor, ¿y si el ambiente se calienta demasiado? —le susurré, juguetona, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la tela.

Él sonrió, pícaro. —Entonces, hay que enfriarlo... o dejar que arda.

Acto uno cerrado: la tensión inicial, ese flirteo disfrazado de charla médica, me dejó con las bragas húmedas y la mente en llamas. Salimos del hospital al atardecer, el smog tiñendo el cielo de naranja, y él me invitó a un café en la Roma. Pinche tentación, me dije, subiendo a su coche.

En el café, bajo luces tenues y el aroma a café de olla, la conversación fluyó como tequila en fiesta. Hablamos de todo: de la ciudad que nos volvía locos, de sueños frustrados, de cómo la medicina nos robaba la juventud. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, un toque casual que no lo era. Sentía el calor de su piel a través del pantalón, mi coño palpitando con cada roce.

—Sabes, Laura, esa triada epidemiológica del sarampión me hace pensar en nosotros —dijo de pronto, su voz ronca—. Tú eres el agente infeccioso, yo el huésped vulnerable, y esta noche el ambiente que lo propaga todo.

Reí, pero mi risa era nerviosa, cargada de promesas.

Este cabrón sabe lo que hace. Me tiene en la palma de su mano, y no quiero que pare
. Pedimos otra ronda, y sus dedos trazaron círculos en mi muslo. El mundo se redujo a ese contacto: la aspereza de su piel callosa contra mi falda subiendo, el pulso acelerado en mi cuello, el sabor salado de mis labios secos.

La escalada era inevitable. Salimos al coche, estacionado en una calle oscura. El motor rugió, pero no fuimos a casa. Paró en un mirador con vista a la ciudad iluminada, luces parpadeando como estrellas caídas. El aire fresco de la noche contrastaba con el calor entre nosotros.

Me besó entonces, feroz, sus labios carnosos devorando los míos. Saboreé su lengua, mezcla de café y hombre, mientras sus manos exploraban mis tetas, apretándolas con urgencia. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el tráfico lejano. ¡Qué rico, pendejo! Mi mano bajó a su entrepierna, sintiendo su verga dura como piedra bajo el jeans.

Quítate eso, le ordené, voz temblorosa de deseo. Él obedeció, bajándose el pantalón, su polla saltando libre, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, el olor almizclado de su excitación llenándome la nariz. La chupé despacio, saboreando la gota salada de precum, mi lengua girando alrededor del glande mientras él gruñía, enredando dedos en mi pelo.

Me levantó la falda, rompió mis bragas con un tirón. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, Diosito! El auto se mecía con mis jadeos, el cuero pegándose a mi piel sudorosa. Me penetró con dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me volvía loca.

—Estás chingada de mojada, carnal —murmuró, lamiendo mi cuello.

La intensidad subía: besos mordidas lamidas. Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era cegador, mis paredes apretándolo como guante. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él embestía desde abajo, golpes profundos que resonaban en mis huesos.

El clímax se acercaba, oleadas de calor desde mi vientre.

Esto es mejor que cualquier vacuna contra la soledad
. Grité su nombre, mi coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él se corrió segundos después, chorros calientes pintando mis paredes, su rugido animal mezclándose con mi llanto de éxtasis.

Nos quedamos así, jadeantes, el olor a sexo impregnando el auto. La ciudad brillaba abajo, indiferente. Su mano acariciaba mi espalda, suave ahora, tierna. —Qué chido estuvo eso, susurró.

Descendimos del mirador, el viento secando nuestro sudor. En su depa, un loft en la Condesa con sábanas frescas y velas aromáticas, hicimos el amor otra vez, lento. Sus labios en mis pezones, lengua trazando espirales; yo lamiendo su sudor salado del abdomen. Nos enredamos, cuerpos fusionados, susurros de te quiero entre gemidos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, reflexioné en su pecho. La triada epidemiológica del sarampión era solo excusa; lo nuestro era contagioso, inevitable. Me besó la frente. —Vuelve esta noche, mija.

Sonreí, sabiendo que sí. El deseo no se vacuna; se vive.

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