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La Tríada del Feocromocitoma en Éxtasis

6091 palabras

La Tríada del Feocromocitoma en Éxtasis

Todo empezó en mi consultorio particular en la colonia Roma, aquí en la Ciudad de México. Yo soy Alejandro, endocrinólogo de treinta y cinco años, con una vida ordenada pero un poco solitaria. Ese día entró Ana, una morra de veintiocho, con el cabello negro largo y ondulado que le caía como cascada sobre los hombros, ojos cafés intensos y un cuerpo curvilíneo que gritaba tentación. Vestía una blusa blanca ajustada y una falda lápiz que marcaba sus caderas. Venía temblando, con la cara pálida.

Doctor, no aguanto más, dijo con voz entrecortada, mientras se sentaba. Me dan unos ataques raros: dolor de cabeza brutal, me sudo como loca y el corazón me late como tamborazo en fiesta. Neta, pensé que me iba a infartar.

La miré fijamente, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era profesional. Le expliqué la tríada del feocromocitoma: cefalea, sudoración profusa y taquicardia paroxística. Es un tumor en la glándula suprarrenal que libera adrenalina como si fuera carnaval. Pero hay que confirmar con estudios. La toqué el pulso, su piel ardía, suave como seda bajo mis dedos. Olía a jazmín y un toque de sudor fresco, ese aroma que despierta instintos primarios. Ella me miró con pupilas dilatadas, mordiéndose el labio inferior.

En mi mente, órale, esta mujer es fuego puro. Le pedí que se recostara en la camilla para el examen físico. Cuando le subí la blusa para escuchar su corazón, su vientre plano se contrajo al sentir mis manos frías. Relájate, Ana, murmuré, mi aliento rozando su piel. El fonendo captó un latido desbocado, como el mío propio. Ella suspiró, un sonido bajo y gutural que me erizó los vellos.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Ana regresó para los estudios: análisis de sangre, orina de veinticuatro horas, resonancia. Cada cita, la tensión crecía. Hablábamos de todo: su chamba en marketing, mis maratones por Reforma, la comida callejera que amábamos. Eres guapo, doctor, pero no pendejo, ¿eh?, bromeaba ella, guiñándome. Yo reía, pero por dentro ardía. Una tarde, al medir su presión durante un ataque, se inclinó tanto que sus chichis rozaron mi brazo. El olor de su arousal sutil, mezclado con sudor, me golpeó como shot de tequila.

¿Qué carajos estoy haciendo? Soy su doctor. Pero su piel sabe a miel salada cuando le toco el cuello para calmarla. Quiero explorarla entera.

El resultado salió negativo para feocromocitoma, pero la tríada persistía. No es el tumor, Ana. Podría ser estrés... o algo más intenso, le dije en la última consulta, nuestras miradas chocando como chispas. Ella se acercó, su mano en mi rodilla. Doc, desde que te vi, siento esto. El corazón latiendo fuerte, sudor, cabeza zumbando. ¿Tú sientes lo mismo?

La besé entonces, sin pensarlo. Sus labios carnosos, calientes, sabían a chicle de fresa y deseo reprimido. Nos devoramos en la camilla, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camisa. ¡Simón, wey! Llévame al límite, jadeó ella. La desvestí despacio, admirando sus curvas: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos, cintura estrecha fluyendo a caderas anchas y una panochita depilada que brillaba húmeda. Mi verga se endureció al instante, palpitando contra mis pantalones.

La llevé a mi office privado, con vista al jardín de buganvilias. La recosté en el sofá de cuero, besando su cuello donde latía su pulso acelerado. Lamí el sudor salado de su clavícula, bajando a sus tetas. Chupé un pezón, rodándolo con la lengua, mientras ella gemía ¡Ay, cabrón, qué rico!. Sus manos tiraban de mi pelo, guiándome. Olía a sexo inminente, ese almizcle dulce que impregna el aire.

Desnudo ya, mi polla erecta rozó su muslo interno, dejando un rastro pegajoso de precum. Ella la tomó, masturbándome lento, sus ojos fijos en los míos. Qué verga tan chingona, doctor. Entra en mí, hazme explotar esa tríada. La penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su coño apretado, caliente, chorreando jugos que lubricaban cada embestida. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llenaba la habitación como música prohibida.

Empecé un ritmo pausado, profundo. Sus paredes vaginales me ordeñaban, pulsando con cada thrust. Ella arqueó la espalda, ¡Más fuerte, pendejito! Siento la cabeza estallar, sudo como puerca, corazón en la garganta. Era la tríada del feocromocitoma, pero desatada por pasión pura. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su vientre, mezclándose en mi pecho. Lamí su sudor, salado y adictivo, mientras aceleraba, mis bolas golpeando su culo firme.

Su interior es un horno de terciopelo. Cada gemido suyo me lleva al borde. Quiero que grite mi nombre hasta romperse.

Cambié posición: ella encima, cabalgándome como jinete en palenque. Sus chichis rebotaban hipnóticos, yo las amasaba, pellizcando pezones. Sus caderas giraban, frotando su clítoris contra mi pubis. ¡Me vengo, Alejandro! ¡La tríada me está matando de gusto!, chilló, su coño convulsionando, ordeñándome en oleadas. El olor de su corrida, ácido dulce, me inundó. No aguanté: embestí desde abajo, gruñendo, eyaculando chorros calientes dentro de ella, mi corazón tronando, sudor cegándome, cabeza ligera como en éxtasis verdadero.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa. Besé su frente perlada de sudor. No era feocromocitoma, mi amor. Era esto: tú y yo, susurré. Ella rio bajito, trazando círculos en mi pecho. Neta, doctor. La mejor medicina. Pero ¿repetimos consulta?

Nos quedamos así, envueltos en el aroma de sexo y jazmín, pulsos calmándose en unisono. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero en nuestro mundo, la tríada se había transformado en placer eterno. Desde ese día, cada encuentro revive esa intensidad: sudor compartido, corazones galopantes, cabezas en las nubes. Ana y yo, curándonos mutuamente con cuerpos hambrientos.

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