El Windowmaker Prueba el Póker Caliente
Todos me llaman Windowmaker por mi vicio con esa chela rubia que sabe a verano y desmadre. Esa noche en mi depa de Polanco el aire estaba cargado de humedad y promesas. Mi morra, la Lupe, con su piel morena brillando bajo las luces tenues, me miró con esa sonrisa pícara que me pone la verga dura de inmediato. Llevábamos un rato echándonos unas frías de Windowmaker, el hielo derritiéndose en los vasos plásticos, goteando sobre la mesa de centro.
—Órale pendejo —me dijo ella, recargándose en el sofá con las piernas cruzadas, su falda corta subiéndose un poquito para dejar ver el borde de sus calzones negros—. ¿Y si jugamos póker pa’ ver quién se queda en pelotas? Nunca has probado el póker carnal, ¿verdad?
Mi corazón dio un brinco.
Pinche Lupe, siempre inventando pa’ ponerme a mil.Asentí, sintiendo el calor subir por mi cuello. La idea de verla desnuda, sus chichis firmes y esa panocha jugosa que tanto me gustaba lamer, me tenía ya con el pantalón apretado. Abrí otra Windowmaker, el psssht del gas escapando como un suspiro, y el sabor fresco y amargo me bajó por la garganta, despertando todos mis sentidos.
Barajamos las cartas en la mesa baja, el roce del plástico contra la madera sonando como un secreto. Lupe se veía como diosa azteca, su perfume de vainilla mezclándose con el aroma de la chela y el leve sudor de anticipación. Empezamos inocente: quién perdía se quitaba una prenda. Yo perdí la primera mano, me saqué la playera. Mi pecho velludo al aire, ella me recorrió con los ojos, lamiéndose los labios.
—Qué rico te ves Windowmaker —ronroneó, su voz grave como miel caliente.
La segunda ronda, ella perdió. Se paró despacio, contoneando las caderas, y se bajó la falda. Sus muslos gruesos y suaves brillaban, los calzones marcando la raja húmeda ya. Olía a ella, a deseo puro, ese olor almizclado que me volvía loco. Mi verga palpitaba, presionando contra la mezclilla.
Seguimos bebiendo, las botellas vacías acumulándose, el piso pegajoso con condensación. Cada trago de Windowmaker me aflojaba más, el alcohol calentándome las venas como fuego lento.
Acto medio: La tensión subía como la espuma de la chela. Perdí los zapatos, los calcetines; ella el brasier bajo la blusa. Sus pezones duros se marcaban, pidiendo mi boca.
¿Cuánto más aguanto sin tocarla?Gané una mano, ella se quitó la blusa. Sus chichis saltaron libres, grandes y perfectos, con areolas oscuras como chocolate. Me acerqué sin pensarlo, pero ella me detuvo con un dedo en los labios.
—Nomás póker cabrón —rió, pero sus ojos decían otra cosa.
El aire se sentía espeso, cargado de su aroma: sudor salado, panocha mojada, chela fría. Las cartas temblaban en mis manos sudorosas. Perdí otra, me bajé los chones. Mi verga saltó erecta, gruesa y venosa, apuntando al techo. Lupe jadeó, sus pupilas dilatándose.
—Chin qué vergota tienes —murmuró, mordiéndose el labio inferior.
Se acercó gateando sobre la alfombra, su aliento caliente rozando mi piel. Perdió la siguiente. Se quitó los calzones despacio, abriendo las piernas para mostrarme su panocha rasurada, labios hinchados brillando de jugos. El olor me golpeó: dulce, salado, irresistible.
No mames, esta morra me va a matar.
Ya desnudos, el póker se volvió pretexto. Nos sentamos frente a frente, piernas entrelazadas, piel contra piel. Cada roce era electricidad: sus muslos suaves contra los míos, sus dedos rozando mi verga al barajar. Abrí otra Windowmaker, le di un trago largo, y se la pasé a la boca. Nuestros labios se unieron alrededor del vidrio helado, lenguas danzando con el sabor amargo.
—Prueba esta mano Windowmaker —dijo ella, repartiendo cartas con una sonrisa maliciosa.
Yo, el Windowmaker que prueba el póker por primera vez, sentía el pulso latiendo en mi entrepierna. Perdí adrede. Ella ganó, y su premio fue montarse en mis piernas. Su panocha rozó mi verga, caliente y resbalosa, untándome de sus mieles. Gemí, mis manos apretando sus nalgas firmes, carne suave cediendo bajo mis dedos.
La besé con hambre, saboreando su boca: chela, sudor, deseo. Sus chichis presionaban mi pecho, pezones duros como piedritas. Bajé la mano, metí dos dedos en su calor húmedo. Estaba chorreando, apretándome como guante. Ella cabalgó mis dedos, gimiendo bajito, el sonido vibrando en mi oído.
—¡Ay wey qué rico! —jadeó, clavando las uñas en mi espalda.
El cuarto olía a sexo: su excitación almizclada, mi sudor masculino, el leve dulzor de la Windowmaker derramada. La volteé sobre la mesa, cartas volando. Le abrí las piernas, besé sus muslos internos, lamiendo hasta su clítoris hinchado. Sabía a sal y néctar, su sabor explotando en mi lengua. La chupé con ganas, succionando, mientras ella tiraba de mi pelo y gritaba ¡pinche Windowmaker!
La intensidad crecía, su cuerpo temblando, caderas empujando contra mi boca.
La voy a hacer venir como nunca.Metí la lengua profundo, frotando su punto G con el dedo. Explosó en mi cara, chorros calientes mojándome la barba, su grito ronco llenando el depa.
Acto final: Me paré, verga lista. Ella se arrodilló, mirándome con ojos de fuego. Tomó mi verga en la mano, piel suave contra mi dureza. La lamió desde la base, lengua plana recorriendo venas, hasta la cabeza goteante de precum. El placer era fuego líquido, mi pulso retumbando en oídos. Se la metió a la boca, chupando con vacuidad perfecta, garganta profunda. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas.
—Métemela ya cabrón —suplicó, escupiendo mi verga.
La cargué al sofá, la puse en cuatro. Su culo perfecto alzado, panocha abierta invitándome. Empujé despacio, centímetro a centímetro, su calor envolviéndome como terciopelo mojado. ¡Qué chingón! Llenaba su apretura perfecta, paredes pulsando. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción.
El slap-slap de carne contra carne, sus gemidos mezclados con mis gruñidos, el olor de sexo puro. Agarré sus chichis desde atrás, pellizcando pezones. Ella empujaba hacia mí, panocha tragándome entero.
Esto es el paraíso wey.
Aceleré, verga hinchándose más. Ella vino otra vez, gritando, apretándome tanto que casi me corro. Me aguanté, la volteé boca arriba. Misionero profundo, ojos en ojos, sudor goteando de mi frente a su pecho. Besos salvajes, lenguas enredadas.
—Córrete adentro mi Windowmaker —ordenó.
No pude más. El orgasmo me pegó como rayo, verga explotando chorros calientes en su fondo. Ella apretó, ordeñándome, su propio clímax uniéndose al mío. Colapsamos jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando juntos.
Después, en afterglow, tomamos la última Windowmaker tibia. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando mi tatuaje.
Esta morra es lo máximo, y el póker... ni madres, lo pruebo cuando sea.
—¿Revancha pendejo? —preguntó con risa.
Sonreí, sabiendo que sí. La noche terminaba, pero el fuego apenas empezaba.