El Trio Ardiente con Mi Hermana
Era una noche calurosa en la casa de la colonia Roma, con el aire cargado de ese olor a jazmín que trepaba por las paredes y el sonido lejano de los coches en Insurgentes. Yo, Alex, de veintiocho años, acababa de llegar con mi novia Carla, una morra de curvas que me volvía loco con su risa ronca y su piel morena que brillaba bajo las luces tenues. Mi hermana Ana, de veintiséis, nos esperaba con una botella de tequila reposado y vasos helados. Neta, qué chido estar todos juntos, pensé, mientras la veía moverse por la sala con ese short ajustado que le marcaba el culazo redondo y la blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus chichis firmes.
Ana siempre había sido la traviesa de la familia, la que organizaba las pedas épicas cuando mis viejos se iban de viaje. Pero últimamente, las miradas entre nosotros se habían vuelto... intensas. Como si el aire se espesara cada vez que nos rozábamos. Carla lo notaba y, en lugar de celos, sus ojos se iluminaban con picardía.
¿Y si esta noche la armamos en grande, wey? Un trio con mi hermana... ¿por qué no?La idea me había rondado la cabeza en la ducha esa mañana, con el agua caliente resbalando por mi verga dura solo de imaginarlo.
Empezamos con shots de tequila, el líquido quemándonos la garganta con ese sabor ahumado y dulce. La música ranchera moderna retumbaba desde el Bluetooth, algo de Christian Nodal que nos ponía a bailar pegaditos. Carla se frotó contra mí, su culo presionando mi paquete que ya se ponía tieso. Ana se unió, sandwichándome entre las dos. Sentí sus tetas contra mi espalda, su aliento caliente en mi cuello oliendo a menta y tequila. Órale, esto se va a poner bueno, murmuré, mientras mis manos bajaban por las caderas de Carla y rozaban accidentalmente el muslo de Ana.
La tensión crecía como el calor en el pecho. Nos sentamos en el sofá de piel, sudados, riendo tonterías. Carla, con esa voz juguetona, dijo: "Alex, tu hermana está cañona, ¿no? Neta, me dan ganas de comérmela yo misma." Ana se sonrojó pero no se achicó: "¿Y qué esperas, pendeja? Ven pa'cá." Se besaron frente a mí, lenguas enredándose con un chasquido húmedo que me hizo palpitar la verga. El olor a sus perfumes mezclados, floral y vainilla, me mareaba. Me uní, besando cuellos, mordisqueando lóbulos. Manos por todos lados: las de Carla desabotonándome la camisa, las de Ana bajando por mi abdomen hasta mi cinturón.
Esto es real, cabrón. Un trio con mi hermana, y se siente jodidamente perfecto, pensé mientras nos quitábamos la ropa a besos y jalones. La piel de Ana era suave como seda, tibia al tacto, con un leve sudor que la hacía resbaladiza. Carla gemía bajito, "Sí, así, mami", mientras lamía los pezones oscuros de mi hermana, que se erizaban como piedritas duras.
La llevamos al cuarto principal, la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El aire estaba pesado, cargado de nuestro aroma: sudor, excitación, ese musk dulce de las conchas mojadas. Yo me recosté, verga parada como asta, venosa y gruesa, goteando precum. Ana se arrodilló primero, ojos verdes clavados en los míos. "Siempre quise probarte, carnal", susurró con voz ronca, antes de chupármela despacio. Su boca caliente, lengua girando alrededor del glande, succionando con fuerza que me hacía arquear la espalda. El sonido era obsceno: slurp, slurp, saliva chorreando por mis huevos.
Carla no se quedó atrás. Se sentó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios, jugos calientes y salados inundándome la boca. La lamí con hambre, lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando su néctar ácido y dulce. "¡Ay, wey, qué rico! Come esa verga, Ana", jadeaba ella, mientras se mecía, sus muslos apretándome las mejillas. Ana alternaba: mamada profunda hasta la garganta, haciendo arcadas suaves que vibraban en mi pija, luego lamiendo mis bolas pesadas.
El ritmo subió. Cambiamos posiciones como en una coreografía instintiva. Puse a Ana a cuatro patas, su culo empinado, labios de concha abiertos y relucientes. Entré en ella de un solo empujón, "¡Chingao!" gritó, paredes vaginales apretándome como guante caliente y húmedo. Olía a sexo puro, a hembra en celo. Carla se acostó debajo, lamiendo el clítoris de Ana mientras yo la taladraba, mis caderas chocando con plaf, plaf contra sus nalgas que rebotaban. Ana temblaba, "Más duro, hermano, rómpeme", sus jugos chorreando por mis muslos.
Sentí su orgasmo venir: espasmos alrededor de mi verga, gemidos guturales que llenaban la habitación. "¡Me vengo, cabrones!" Se convulsionó, squirt salpicando la cara de Carla, que lamía todo con deleite. La saqué, brillante de sus cremas, y la metí en Carla, que estaba chorreando. Su concha era más ajustada, labios gruesos tragándome entero. Ana, aún jadeante, besaba a Carla y me pellizcaba los huevos. El calor subía, mis bolas se contraían.
Las puse una al lado de la otra, culos en alto. Alternaba: embestida en Ana, salida reluciente, directo a Carla. El sonido de piel mojada contra piel, chapoteo constante, sus gemidos mezclados en un coro erótico. Sudor nos pegaba, pieles resbalosas, el cuarto oliendo a semen inminente y coños calientes.
No aguanto más, van a ordeñarme seco, rugí en mi mente.
Carla se vino primero, gritando "¡Sí, papi, lléname!", su culo temblando. Ana la siguió, dedos en su clítoris. No pude más: saqué la verga palpitante y eyaculé chorros calientes sobre sus espaldas arqueadas, semen blanco y espeso resbalando por sus curvas. Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas. Besos suaves, caricias perezosas. El tequila olvidado en la mesa, la noche envolviéndonos en su manto tibio.
Después, recostados, Ana trazaba círculos en mi pecho con su uña. "Neta, el trio con mi hermana fue lo máximo. ¿Repetimos, carnales?" Carla rio, acurrucándose: "Chido, pero con más lubricante la próxima." Yo sonreí, el corazón latiendo aún fuerte, saboreando el afterglow. Esto cambia todo, pero qué chingón cambio. La luna se colaba por la ventana, testigo silencioso de nuestro secreto ardiente.