Sia Stop Trying to Resist
La noche en Polanco estaba viva, con el pulso del antro latiendo como un corazón acelerado. Las luces neón parpadeaban en rojos y azules intensos, reflejándose en el sudor brillante de la pista de baile. Tú, con una cerveza fría en la mano, observabas desde la barra cómo Sia se movía al ritmo del reggaetón. Esa morra siempre había sido un imán: piel canela que brillaba bajo las luces, cabello negro suelto cayendo en ondas salvajes, y un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa. Sus tetas firmes subían y bajaban con cada giro, y ese culo redondo... órale, te traía loco desde la uni.
Te vio, sonrió con esa picardía que te deshacía, y te hizo señas con el dedo. Caminaste hacia ella, el bajo de la música retumbando en tu pecho, el olor a tequila y perfume caro llenando el aire. ¡Wey, ven a bailar, no seas rajón!
gritó por encima del ruido, su voz ronca y juguetona. Te pegaste a ella, sus caderas chocando contra las tuyas en un roce deliberado. Sentiste el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina, su aliento mentolado rozando tu oreja mientras se inclinaba. Te ves chido esta noche, papi
, murmuró, y su mano bajó por tu espalda, deteniéndose justo en la curva de tus nalgas.
El deseo era un fuego lento que llevaba años ardiendo. Siempre flirteaban, siempre rozaban el límite, pero nunca cruzaban. Neta, eras un pendejo por no intentarlo antes. Bailaron así un rato, cuerpos enredados, sudor mezclándose. Su perfume, algo floral y dulce como jazmín mezclado con vainilla, te invadía las fosas nasales. Cada roce de su piel contra tu camisa enviaba chispas por tu espina dorsal. ¿Y si esta noche sí? pensaste, mientras sus labios rozaban accidentalmente tu cuello, dejando un rastro húmedo y caliente.
¿Vamos a mi depa? Está como a dos cuadras, neta cerca
, dijo de pronto, sus ojos oscuros clavados en los tuyos con una intensidad que te dejó sin aire. Asentiste, el corazón tronando más fuerte que los tambores del DJ. Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche golpeándolos como un bálsamo contra el calor del antro. En el taxi, no aguantaron: sus labios se estrellaron contra los tuyos, su lengua invadiendo tu boca con sabor a margarita salada y dulce. Tus manos subieron por sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido, el calor húmedo emanando de entre sus piernas.
Llegaron al edificio moderno, un condo chido en la colonia con vista a los skyscrapers. Subieron en el elevador en silencio, pero la tensión era eléctrica. Sus pechos subían y bajaban rápido, rozando tu torso. Apenas cerraron la puerta de su depa —muebles minimalistas, luces tenues ámbar, olor a incienso suave—, ella te empujó contra la pared. Ya no aguanto más, wey
, jadeó, mordiendo tu labio inferior. Sus manos tiraron de tu camisa, desabrochándola con urgencia, uñas raspando tu pecho desnudo, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente.
Tú respondiste, bajando el zipper de su vestido. La tela roja cayó como una cascada, revelando lencería negra de encaje que apenas contenía sus tetas perfectas. La piel de Sia era seda caliente al tacto, suave y firme, con un leve brillo de sudor que la hacía resplandecer. La besaste el cuello, lamiendo la sal de su piel, bajando hasta sus pezones duros como piedritas. Ella gimió, un sonido gutural y animal que vibró en tu verga ya tiesa como fierro. Qué rico, sí... chúpamelos
, suplicó, arqueando la espalda.
La cargaste hasta la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Se arrodilló frente a ti, desabrochando tu pantalón con dientes, liberando tu verga palpitante. El aire fresco la rozó, pero su boca caliente la envolvió al instante. Sentiste la lengua de Sia girando alrededor de la cabeza, saboreando el precum salado, succionando con un hambre que te hizo agarrar sus mechones. Su boca es un paraíso húmedo, pensaste, mientras ella bajaba hasta la base, garganta apretada, ojos mirándote con lujuria pura. El sonido obsceno de succión llenaba la habitación, mezclado con tus gruñidos y su ronroneo de placer.
Pero un segundo de duda te frenó. La levantaste, besándola profundo, probando tu propio sabor en su lengua. Sia stop trying
, murmuraste contra sus labios, voz ronca, como si pudieras resistir. Ella rió bajito, un sonido sexy y desafiante, sus manos apretando tu culo. What? ¿Stop trying qué, carnal? Ya estás perdido, pendejo. Solo ríndete
, contestó en spanglish perfecto, mordiendo tu oreja. Y tenía razón. La tumbaste, quitándole el tanga empapado. Su panocha estaba hinchada, labios rosados brillando de jugos, olor almizclado y dulce invadiendo tus sentidos como una droga.
La lamiste despacio al principio, lengua plana lamiendo desde el ano hasta la bolita sensible. Sia se retorció, piernas temblando, uñas clavándose en tus hombros. ¡Ay, wey! ¡Qué chingón! No pares, por favor
, gritó, caderas empujando contra tu cara. Su sabor era ambrosía: salado, ácido, con un toque dulce que te volvía loco. Chupaste su clítoris, metiendo dos dedos en su calor apretado, curvándolos para golpear ese punto que la hizo mojar más. Los jugos corrían por tu barbilla, el sonido chapoteante mezclándose con sus gemidos cada vez más altos, paredes vibrando con su placer.
La tensión crecía como una tormenta. Internamente, luchabas:
Esto es lo que querías siempre, no la cagues ahora. Siente cada pulgada de ella, hazla tuya.Te posicionaste, verga rozando su entrada húmeda, resbaladiza. Ella envolvió las piernas alrededor de tu cintura, ojos suplicantes.
Cómeme ya, papi. Te necesito adentro. Empujaste lento, centímetro a centímetro, su coño apretándote como un guante vivo, paredes pulsando. El estiramiento era exquisito, calor envolviéndote, jugos chorreando. Comenzaste a bombear, primero suave, sintiendo cada vena rozar sus pliegues, luego más duro, piel chocando con piel en palmadas rítmicas.
Sia clavaba las uñas en tu espalda, dejando marcas que arderían mañana, pero qué padre. ¡Más fuerte, cabrón! ¡Sí, así! ¡Me vas a hacer venir!
Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones rozando tu pecho sudoroso. El olor a sexo crudo llenaba el cuarto: sudor salado, fluidos íntimos, perfume residual. Sudabas juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, culo subiendo y bajando, panocha tragándote entero. Tus manos amasaban sus nalgas carnosas, dedo rozando su ano para más placer. Ella se inclinó, besos desordenados, saliva mezclándose.
La intensidad escaló, pulsos acelerados sincronizados. Sentiste su coño contraerse, ordeñándote. ¡Me vengo, wey! ¡No pares!
gritó, cuerpo convulsionando, jugos inundándote. Eso te llevó al borde: empujaste profundo una última vez, verga hinchándose, chorros calientes llenándola mientras gemías su nombre. El orgasmo fue una explosión, placer cegador, músculos temblando, visión borrosa.
Colapsaron juntos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Sia se acurrucó contra tu pecho, piel pegajosa y cálida, dedo trazando círculos en tu abdomen. El cuarto olía a satisfacción: sexo, sudor, paz. Neta, ¿por qué tardamos tanto?
murmuró, besando tu hombro. Sonreíste, acariciando su cabello húmedo. Porque a veces hay que parar de intentar resistir, pensaste. La noche se cerraba en un afterglow perfecto, con promesas de más, cuerpos entrelazados en la penumbra, el mundo afuera olvidado.