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La Tri Luma Pomada que Despierta Pieles

6280 palabras

La Tri Luma Pomada que Despierta Pieles

En el calor bochornoso de una tarde en Polanco, Ana se miró al espejo de su recámara. La luz del atardecer se colaba por las cortinas de lino, tiñendo su piel morena de tonos dorados. Tenía treinta y dos años, curvas que volvían locos a los hombres en la oficina y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Pero últimamente, unas manchas en la cara la tenían agüitada. ¿Por qué chingados me pasa esto? pensó, mientras sacaba el tubito de Tri Luma pomada de su cajón. El médico se lo había recetado para el melasma, esa mierda que aparece con el sol y el estrés.

Marco, su novio de dos años, entró al baño con una toalla alrededor de la cintura, recién salido de la regadera. Alto, moreno, con ese tatuaje de águila en el pecho que Ana adoraba lamer. "¿Qué onda, mi reina? ¿Otra vez con la pomada?" dijo él, acercándose por detrás y rodeándola con sus brazos fuertes. Su olor a jabón de sándalo la invadió, mezclado con el sudor fresco de su piel.

"Sí, wey. Estas manchas me tienen hueva. Pero el doc dice que con la Tri Luma pomada se van en unas semanas", murmuró ella, apretando un chorrito de crema en su dedo. El aroma medicinal, un poco químico pero fresco, flotó en el aire. Marco le quitó el tubo de las manos con una sonrisa pícara.

"Déjame a mí. Tú siempre te estresas y no la aplicas bien". Sus dedos callosos, de tanto gym, rozaron la mejilla de Ana. Ella sintió un escalofrío. La crema se deslizó fría sobre su piel, y él la masajeó con círculos suaves, presionando justo donde dolía el orgullo. "Relájate, mi amor. Mira qué suave te quedas".

Ana cerró los ojos, el toque de Marco era eléctrico. Sus manos bajaron por su cuello, extendiendo la pomada hasta los hombros. El sonido de su respiración pesada llenaba el baño, y ella notó cómo su verga se ponía dura contra su culo, a través de la toalla.

¡Neta, este pendejo sabe cómo encenderme!
pensó, mordiéndose el labio.

La tensión inicial era como un fuego lento. Ana quería que parara, pero su cuerpo pedía más. "Marco... eso se siente chido", susurró, girándose para besarlo. Sus labios se encontraron, húmedos y urgentes, saboreando el mentol del enjuague que él usaba. La toalla cayó al piso con un plop suave, y ella sintió su erección caliente contra su vientre.

Se movieron a la recámara, el piso de madera crujiendo bajo sus pies. Ana se quitó la bata de satén, quedando en tanga negra. Marco la tumbó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. "Quiero ponerte más pomada, pero en todo el cuerpo", dijo él, guiñando un ojo. Sacó otro tubo de Tri Luma pomada –ella tenía extras– y lo untó en sus palmas.

Empezó por sus pechos. La crema fría hizo que sus pezones se endurecieran al instante, como piedritas rosadas. Marco los rodeó con los dedos, masajeando despacio, el sonido de la piel resbaladiza llenando la habitación. Ana jadeó, el aroma de la pomada mezclándose con su propio olor a excitación, ese almizcle dulce que salía de entre sus piernas. "¡Ay, cabrón! No pares", gimió ella, arqueando la espalda.

Él bajó por su panza, lamiendo el ombligo mientras aplicaba la crema. Cada roce era una promesa, cada presión un latido compartido. Ana sentía su pulso acelerado en las sienes, el calor subiendo desde su coño húmedo. Esto no es solo por las manchas, es por él, por cómo me hace sentir deseada, reflexionó en su mente nublada por el placer.

Marco separó sus muslos con gentileza, besando el interior suave. "Aquí también, mi vida. Para que brilles toda". Untó la Tri Luma pomada en sus labios mayores, rozando el clítoris con el pulgar. Ana gritó de gusto, el frío contrastando con el fuego de su interior. Sus jugos se mezclaban con la crema, creando un lubricante natural que olía a sexo puro. Él lamió despacio, saboreando su sal, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca.

La intensidad crecía como una tormenta en el Golfo. Ana agarró las sábanas, sus uñas clavándose en la tela. "¡Métemela ya, wey! Te necesito adentro". Marco se posicionó, su verga gruesa y venosa palpitando. Entró de un solo empujón, llenándola por completo. El sonido de carne contra carne, plaf plaf plaf, resonaba con sus gemidos. Ella olía su sudor mezclado con la pomada, sentía cada vena rozando sus paredes internas, el roce de sus bolas contra su culo.

Él la cogía con ritmo, profundo y lento al principio, luego más rápido. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

¡Es mío, todo mío este macho!
Sus tetas rebotaban con cada embestida, y Marco chupaba un pezón mientras la follaba. El clímax se acercaba, como una ola gigante. Ella apretó las piernas alrededor de su cintura, gritando "¡Me vengo, pendejo!". Su coño se contrajo en espasmos, ordeñando su verga, chorros de placer mojando las sábanas.

Marco no tardó, gruñendo como animal mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y espeso. Se derrumbaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas por sudor y crema. El aire olía a sexo y a Tri Luma pomada, un perfume único de su pasión.

Después, en el afterglow, Ana se acurrucó en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte. "Gracias por lo de la pomada, amor. No solo por la piel, sino por esto", dijo, besando su tatuaje. Él rio bajito, acariciando su cabello revuelto. "Siempre, mi reina. Tu piel brilla porque tú brillas".

Se quedaron así hasta que el sol se puso, planeando la cena en ese rooftop chido de la colonia. La Tri Luma pomada había sido el pretexto perfecto para redescubrirse, para que el deseo latente explotara en una noche inolvidable. Ana sonrió en la penumbra, sintiéndose empoderada, sexy, completa. Quién diría que una crema cambiaría todo.

Al día siguiente, al mirarse al espejo, las manchas parecían más claras, pero el verdadero cambio estaba en su mirada: llena de fuego, lista para más.

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