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Pasado Simple del Verbo Try en Tu Piel Ardiente

7243 palabras

Pasado Simple del Verbo Try en Tu Piel Ardiente

El aire de la Ciudad de México olía a café recién molido y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de mi departamento en la Condesa. Era una tarde de viernes, de esas en que el sol se cuela perezoso por las cortinas y te invita a no salir. Yo, Ana, profesora de inglés en una academia para adultos pendejos como yo que soñamos con conquistar el mundo hablando como gringos. Tenía treinta y dos, curvas que no disimulaba con blusas ajustadas y un culo que hacía voltear cabezas en el gym de Polanco.

Qué chido sería si alguien me probara de una vez, pensé mientras preparaba mi clase. Ahí entró Marco, mi alumno estrella. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila añejo y una sonrisa que me hacía mojarme sin permiso. Era arquitecto, güey de veintiocho, soltero y con un cuerpo esculpido por horas en el CrossFit. Siempre llegaba puntual, con camisa remangada dejando ver antebrazos fuertes, y se sentaba al frente, devorándome con la mirada mientras yo explicaba gramática.

Hoy tocaba el pasado simple. "El pasado simple del verbo try es 'tried'", dije, escribiendo en el pizarrón con mi plumón rojo. Marco levantó la mano, su voz grave retumbando en el salón vacío –éramos los últimos, los demás ya se habían largado a sus fiestecitas–. "¿Profesora, y si tryamos algo nuevo hoy?" Su guiño fue directo al grano, y sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mi entrepierna.

¿Este wey me está coqueteando o qué pedo?
El deseo se encendió como cerillo en gasolina.

Clase terminada, lo invité a un café en la esquina. Caminamos hombro con hombro, su aroma a colonia cítrica mezclándose con el mío de vainilla. En la terraza, bajo luces tenues, nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa. "Ana, neta que tus clases me laten. Pero quiero practicar más... privado", murmuró, su mano rozando la mía. El pulso se me aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. Intenté resistir, pero ¿pa' qué? Lo quería desde el día uno.

Volvimos a mi depa caminando lento, el viento fresco de la noche erizándome la piel bajo el vestido. Apenas cerré la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a menta y a promesas calientes. Sus manos grandes exploraron mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con fuerza juguetona. "Eres una diosa, Ana", gruñó contra mi cuello, mordisqueando suave. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Olía a hombre puro, sudor limpio y excitación creciente.

Lo empujé al sofá, quitándome el vestido de un jalón. Quedé en brasier negro de encaje y tanga que apenas cubría mi panocha ya empapada. Él se desabrochó la camisa, revelando pecho tatuado con un águila minimalista –típico mexicano chingón–. Me jaló a su regazo, mis tetas rozando su torso duro. Sentí su verga tiesa presionando contra mí, gruesa y lista. "Try this", le dije en inglés juguetón, recordando la clase, mientras le mordía el lóbulo de la oreja. Él rio ronco: "Tried and approved, profe".

Sus dedos se colaron por mi tanga, tocando mi clítoris hinchado. Un jadeo se me escapó cuando rozó ese botón sensible, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Qué rico, wey, no pares. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos suaves en el silencio del depa. Lamí su cuello salado, bajando a sus pezones oscuros, chupándolos hasta que gimió mi nombre. "Ana, carajo, me tienes loco".

Lo desvestí completo, su verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la apreté suave. Él jadeó, caderas alzándose. "Chúpamela, nena", pidió con voz ronca. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la metí en mi boca. Sabía a sal y deseo puro, el glande hinchado rozando mi lengua. Lo succioné profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos guturales. Lo tryé todo, pensé, recordando el pasado simple del verbo try mientras lo tragaba hasta las bolas.

Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Colchón king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi piel: tobillos, muslos internos oliendo a mi excitación almizclada. Cuando llegó a mi concha, inhaló hondo. "Hueles a paraíso, Ana". Su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, dedos enredados en su pelo negro. Chupó mi clítoris con labios carnosos, dos dedos curvados adentro frotando mi punto G. El placer subía en olas, mis caderas bailando contra su cara barbuda raspándome delicioso.

No aguanto más, pendeja, córrete ya, me regañé internamente, pero él controlaba el ritmo. "Dime qué quieres", murmuró con la boca llena de mí. "Fóllame, Marco, métemela toda". Se posicionó, la cabeza de su verga en mi entrada resbalosa. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome plena. Sentí cada vena pulsando, llenándome hasta el fondo. "¡Órale, qué prieta estás!", exclamó, empezando a bombear.

El ritmo creció, piel contra piel cacheteando rítmico, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. "Más fuerte, cabrón", lo azucé, piernas envolviéndolo. Él obedeció, embistiéndome salvaje, bolas golpeando mi culo. El cuarto olía a sexo crudo, gemidos mezclados con jadeos ahogados.

En el pasado simple del verbo try, lo había intentado todo con exes, pero esto era otro nivel
, pensé fugaz mientras el orgasmo se cernía.

Cambié de posición, montándolo a mí. Cabalgué su verga como amazona, tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis piloso. Él desde abajo me azotaba las nalgas, rojas y calientes. "¡Sí, jódeme así, profe!". El placer era eléctrico, nervios en llamas. Sentí la liberación venir, útero contrayéndose. "Me vengo, wey... ¡ahhh!". Explosé en espasmos, chorros calientes mojando sus huevos, visión borrosa de estrellas.

Él rodó encima, tres embestidas brutales más y gruñó: "Me corro, Ana... ¡carajo!". Su verga latió dentro, semen espeso llenándome, goteando fuera al salir. Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su peso reconfortante, corazón tronando contra mi pecho. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas.

Minutos después, aún desnudos, fumamos un cigarro en la cama –vicio culpable–. "Sabes, hoy en clase mencionaste el pasado simple del verbo try", dijo riendo. "Y vaya que lo tryamos, ¿no?". Le di un codazo juguetón. "Tried, my dear. Y fue chingón". El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Esto no era un try fallido; era el comienzo de algo adictivo.

Nos duchamos juntos, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos, manos curiosas aún. Cenamos tacos de suadero de la taquería de la esquina, riendo de tonterías. Esa noche dormimos enredados, su aliento cálido en mi nuca. Al despertar, lo tryé de nuevo, esta vez en la cocina, contra la isla de granito frío contrastando con su calor. El pasado simple se convirtió en presente perfecto, y supe que con Marco, cada intento valía la pena.

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