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Pasión Desbordada con Allonzo Trier Knicks

6638 palabras

Pasión Desbordada con Allonzo Trier Knicks

Estaba en el Madison Square Garden, el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense. Yo, Carla, una chilanga de pura cepa que se aventó el viaje desde el DF solo para ver a los New York Knicks en vivo. No era cualquier fan, no mames, era de las que se saben de memoria las stats de cada jugador. Y ahí estaba él, Allonzo Trier, el chavo de los Knicks con ese cuerpo esculpido por horas en la duela, sudado y brillando bajo las luces como dios pagano.

El juego terminó con victoria knickera, y yo, con mi prensa pass falsa que mi carnal me consiguió, me colé hasta los vestidores. El olor a sudor masculino, a adrenalina pura, me pegó como shot de tequila reposado.

¿Qué chingados estoy haciendo aquí? Pero órale, si lo veo de cerca, me muero feliz.
De repente, lo vi salir, toalla al cuello, camiseta ajustada marcando cada músculo de su pecho. Allonzo Trier, en carne y hueso.

—Ey, ¿tú eres fan de los Knicks? —me dijo con esa sonrisa que derretía panties, su voz grave como rugido de león.

Me quedé muda un segundo, pero le seguí la corriente. —¡Claro, wey! Soy de México, vine por ti, Allonzo Trier de los Knicks. Ese tiro tuyo en el tercer cuarto fue chido.

Se rio, ese sonido ronco que me erizó la piel. Charlamos un rato, de básquet, de tacos que extraña en NY, de cómo los mexicanos le caemos bien. La química fluyó como mezcal en fiesta. Me invitó a un trago en su hotel cercano. ¿Consentido? ¡Órale que sí! Asentí, el corazón retumbándome en las chichis.

Acto de la escalada

En el lobby del hotel, el aire acondicionado no calmaba el calor que traía entre las piernas. Subimos al elevador, solos, y sentí su mirada devorándome. Olía a su colonia mezclada con sudor fresco de juego, un aroma que me hacía mojarme sin remedio. Nuestros brazos se rozaron, chispas puras.

En su suite, luces tenues, vista al skyline neoyorquino. Sacó una botella de Don Julio, me sirvió un shot. —Por los Knicks y las fans como tú, mamacita.

Bebimos, el tequila quemándome la garganta, avivando el fuego interno.

Este pendejo es perfecto, alto, moreno, con esa barba incipiente que quiero lamer.
Nos sentamos en el sofá de cuero, platicando de todo: de mi vida en la Condesa, de sus noches locas en la NBA. Su mano rozó mi muslo, casual al principio, pero luego apretó suave. Sentí su calor a través del pantalón de mezclilla.

—Carla, desde que te vi allá abajo, no dejo de imaginarte —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Lo miré a los ojos, verdes como cancha bajo sol. —Pues imagíname sin ropa, Allonzo Trier Knicks.

Se lanzó, labios contra los míos, beso hambriento, lengua explorando como si jugara overtime. Saboreé su boca, salada de sudor y dulce de victoria. Sus manos grandes, callosas de la pelota, subieron por mi blusa, desabrochando botones con maestría. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de canica. Los pellizcó suave, mandándome descargas al clítoris.

Qué rico —gemí, mientras le quitaba la playera. Su torso desnudo, abdominales marcados, vello fino bajando al ombligo. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, oliendo su esencia masculina, ese musk que grita sexo.

Me levantó como pluma, a la cama king size. Sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Me desvistió lento, besando cada centímetro: cuello, clavícula, senos. Chupó un pezón, succionando fuerte, mientras su mano bajaba a mi entrepierna. Sentí sus dedos gruesos separando labios húmedos, frotando el botón de placer. Jadeé, arqueándome.

—Estás chingona mojada, Carla —dijo, voz ronca, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas.

Mi mente era un torbellino:

Este cabrón sabe lo que hace, no como los prietos del DF que se acaban en dos minutos.
Le bajé el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa, venosa, cabeza brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero. La masturbé lento, sintiendo su pulso acelerado bajo mi palma.

—Métemela ya, Allonzo —supliqué, piernas abiertas invitando.

Se puso condón —siempre seguro, qué responsable el güey—, y se hundió en mí de un empujón suave. Llenándome completa, estirándome delicioso. Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda musculosa. Empezó a bombear, ritmo de estrella NBA: lento al inicio, building up, luego rápido, profundo.

El slap de piel contra piel, mis jugos chorreando, su respiración agitada. Olía a sexo puro, a feromonas enloquecedoras. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos deslizándose. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque, tetas rebotando, su mirada fija en ellas. Agarró mi culazo, guiándome arriba-abajo.

—¡Sí, así, pinche diosa mexicana! —gruñó, pellizcando mis nalgas.

La tensión crecía, cojeando al clímax. Sentí el orgasmo venir, olas desde el estómago, contrayéndome alrededor de su riata. Grité su nombre: Allonzo Trier Knicks, como mantra erótico.

El clímax y el afterglow

Exploté primero, temblores sacudiéndome, visión borrosa, placer cegador. Él siguió unos thrusts más, tensándose, rugiendo al correrse dentro del látex. Colapsamos, enredados, pechos agitados sincronizados.

Minutos después, aún dentro de mí, me besó la frente. —Eres increíble, Carla. Los Knicks ganaron dos veces esta noche.

Reí bajito, acariciando su cabello húmedo. Olía a nosotros, mezcla embriagadora. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando sudor, pero no el recuerdo. Jabón en sus manos, resbalando por mi piel, pezones sensibles aún. Lo enjaboné la verga, semi-dura, provocándolo juguetona.

—Otra ronda después? —preguntó pícaro.

—Solo si prometes más tiros ganadores, Allonzo Trier de los Knicks.

Nos secamos, nos vestimos a medias, pedimos room service: tacos de NY que no eran como los de la taquería de la esquina, pero con su compañía, sabían a gloria. Platicamos hasta el amanecer, de sueños, de volver a vernos. Él me dio su número, jurando visita al DF.

Al salir, el sol naciente pintando la ciudad, sentí un vacío dulce.

Qué nochecita, carnal. Allonzo Trier Knicks no solo juega básquet, juega con el alma.
Caminé a mi hotel, piernas flojas, sonrisa permanente, sabiendo que esta aventura mexicana en NY quedaría grabada en mi panocha para siempre.

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