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Tengo Que Probarlo

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Tengo Que Probarlo

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras el sonido de las olas chocando contra la arena blanca me envolvía en un ritmo hipnótico. Estaba recostada en una chaiselongue junto a la piscina infinita del resort, con un michelada helada en la mano, el limón fresco explotando en mi lengua con cada sorbo. Marco, mi novio desde hace dos años, salía del agua con el torso brillando de gotas saladas, sus músculos definidos moviéndose como si el mar mismo lo hubiera esculpido. Neta, cada vez que lo veía así, mi panocha se humedecía sin remedio.

Nos conocimos en un antro de la Roma en la CDMX, bailando reggaetón hasta el amanecer. Él, con esa sonrisa pícara y ese acento norteño que me volvía loca, me invitó a su mesa y no paramos de reírnos toda la noche. Desde entonces, nuestro sexo era chido, apasionado, pero siempre en lo mismo: misionero, perrito, vaquera. Yo quería más. Algo que me sacara de la rutina, que me hiciera sentir esa adrenalina que tanto extrañaba. Y ahí estaba, mirándolo secarse con una toalla, su short de baño ajustado marcando su verga semierecta, y de repente lo supe.

Tengo que probarlo. La idea me rondaba la cabeza desde que leí un cuento erótico en mi celular la semana pasada. Anal. Siempre me había dado cosa, miedo al dolor, a lo desconocido. Pero órale, ¿y si era alucinante? Marco era paciente, cariñoso, nunca me presionaba. Hoy era el día.

Me levanté, dejando la michelada en la mesita, y caminé hacia él con las caderas balanceándose. El bikini rojo que traía me hacía sentir sexi, poderosa. Lo abracé por la cintura, mi pecho aplastándose contra su piel húmeda, oliendo a sal y protector solar con aroma a coco.

"Wey, ¿qué traes?" murmuró él, riendo bajito mientras sus manos bajaban a mi culazo, apretándolo con esa fuerza que me ponía los vellos de punta.

"Ven, vamos a la habitación", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Su aliento se aceleró, y sentí su paquete endureciéndose contra mi vientre. Subimos las escaleras del bungalow, el viento del mar trayendo el olor a yodo y flores tropicales. Adentro, el aire acondicionado nos recibió con un soplo fresco, contrastando con el calor de nuestros cuerpos.

Acto uno: la chispa. Lo empujé contra la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como una nube. Me quité el bikini despacio, dejando que me mirara. Mis pezones oscuros se endurecieron al aire, y él se lamió los labios, sus ojos devorándome. "Estás cañona, Ana", dijo con voz ronca. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra su short, el roce enviando chispas por mi espina.

Nos besamos como locos, lenguas enredándose, saboreando sal y tequila de la mañana. Sus manos exploraban mis tetas, pellizcando suave, haciendo que gimiera en su boca. Bajé su short, liberando su verga gruesa, venosa, con esa gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis fosas nasales. La chupé despacio, saboreando su piel salada, el gemido gutural que soltó me empapó más.

Pero no era eso lo que quería hoy. Me detuve, mirándolo a los ojos. "Marco, neta, quiero probar algo nuevo". Él arqueó una ceja, curioso. "Dime, mija". Respiré hondo, el corazón latiéndome como tambor en un carnaval. "Quiero que me cojas por atrás. Anal. Pero despacito, ¿va?"

Él sonrió, no de sorpresa, sino de complicidad. "¿Segura, reina? No hay prisa". Sacó el lubricante de la maleta, ese que compramos en una sex shop de Polanco por curiosidad. El gel frío en sus dedos me hizo erizarme cuando lo untó en mi ano, masajeando con círculos suaves. Touch: la presión gentil, resbalosa, abriéndome poco a poco. Olía a vainilla, dulce y pecaminoso.

Acto dos: la escalada. Me puse a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Sentía el aire fresco en mi chocha expuesta, goteando. Marco se posicionó detrás, su vergon rozando mis nalgas, caliente como hierro. "Relájate, carnalita", murmuró, besando mi espalda. Introdujo un dedo, lubricado, girando lento. Dolor punzante al principio, pero mezclado con placer cuando rozó mi próstata interna —no, espera, mi punto G trasero. Gemí, empujando hacia atrás.

¡Pinche placer! Cada nervio gritaba . Tengo que probarlo más profundo.

Agregó otro dedo, estirándome, el sonido húmedo de sus movimientos llenando la habitación junto a mis jadeos. Mi clítoris palpitaba, ignorado pero hinchado. "Ya, Marco, métemela", rogué, voz temblorosa. Él obedeció, la cabeza de su verga presionando mi entrada. Lentitud exquisita: centímetro a centímetro, el ardor inicial dando paso a una plenitud abrumadora. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome como nunca.

Empezó a moverse, despacio, sus caderas chocando contra mis pompas con palmadas suaves. El slap-slap rítmico, mi sudor mezclándose con el suyo, oliendo a sexo puro. Alcancé mi clítoris, frotándolo en círculos, el doble placer me volvía loca. "¡Más duro, pendejo!" grité juguetona, y él aceleró, agarrando mis caderas, su aliento agitado en mi nuca. Internamente, luchaba: ¿Duele? Sí. ¿Vale la pena? ¡Chingón! La tensión crecía, mis músculos contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

Sus manos subieron a mis tetas, apretando, mientras me penetraba profundo. El cuarto olía a lubricante, sudor y mi propia esencia dulce. Oí sus gruñidos: "Estás tan apretada, Ana, me vas a hacer venir". Yo estaba al borde, el orgasmo construyéndose como ola en la playa afuera. Pequeñas resoluciones: un beso en mi hombro, una pausa para más lube, risas nerviosas que nos unían más.

Acto tres: la liberación. Empujé hacia atrás, cabalgándolo en reversa anal, controlando el ritmo. Mi concha chorreaba, mojando las sábanas. "¡Ya vengo!" chillé, el clímax explotando: espasmos violentos, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él se hundió una última vez, gruñendo como animal, su semen caliente llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, su cuerpo cubriendo el mío protectoramente. El afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas, corazones galopantes sincronizados, el mar susurrando afuera. Me giró, besándome tierno, saboreando mis labios hinchados.

"¿Y?" preguntó, ojos brillando. Sonreí, exhausta pero radiante. "Chingón. Tenemos que repetirlo, wey". Nos duchamos juntos, el agua tibia lavando el sudor, sus dedos enjabonándome con cariño. Esa noche, en la terraza con tacos de mariscos y chelas, nos reímos recordándolo. La conexión era más profunda, el deseo renovado.

Regresamos a la CDMX cambiados. Ya no rutina: probamos más, siempre con risas y consentimiento. Tengo que probarlo se convirtió en nuestro mantra juguetón, abriendo puertas a placeres inimaginables. Y todo, en ese paraíso mexicano, empezó con una decisión valiente.

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