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Ninfomana al Estilo Lars von Trier

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Ninfomana al Estilo Lars von Trier

Me llamo Ana, y desde que vi Ninfomaniac de Lars von Trier, algo se despertó en mí que no pude controlar. Esa película me pegó duro, como un trago de mezcal puro en el paladar, quemando todo a su paso. Joe, la protagonista, con su hambre insaciable de placer, me hizo mirarme en el espejo y decir: chíngame, yo soy igual. Una ninfómana al estilo Lars von Trier, pero en mi México, con mis reglas, mi cuerpo latiendo al ritmo de la Ciudad de México.

Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, el ventilador zumbando como un mosquito cabrón, el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Estaba sola, recostada en mi cama king size, las sábanas de algodón egipcio pegándose a mi piel sudada. Mis dedos jugaban distraídos con el encaje de mi tanga negra, mientras recordaba las escenas de la peli.

¿Por qué no puedo ser así? Libre, sin culpas, devorando cada verga que se me antoje
, pensé, y un calor me subió desde el vientre hasta los pezones, que se endurecieron como piedras bajo mi camisola de seda.

Ahí entró Marco, mi vecino, el tipo que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspa rico y ojos que prometen folladas épicas. Tocó la puerta con los nudillos, trayendo una botella de tequila reposado. “¿Qué onda, Ana? Te vi por la ventana, pareces ardida. ¿Un trago?” Su voz grave me erizó la piel, y sin pensarlo dos veces, lo jalé adentro. El aroma de su colonia, mezclado con sudor masculino, me mareó. Olía a deseo puro, a hombre listo para la acción.

Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujió bajo nuestro peso. Serví los shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue de las velas que encendí. “Vi una película de Lars von Trier, Ninfomaniac. Me dejó mojadísima”, le confesé, lamiendo la sal de mi mano, mi lengua rozando deliberadamente sus dedos. Él se rio, un sonido ronco que vibró en mi clítoris. “¿Ninfómana tú? Suena chido. Enséñame cómo”. Sus ojos se clavaron en mis tetas, que asomaban generosas por el escote.

El primer acto de mi noche empezó lento, como el build-up de la peli. Le quité la playera, mis uñas arañando su pecho velludo, sintiendo los músculos tensarse bajo mi tacto. Olía a jabón y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia. Lo besé, mi lengua invadiendo su boca, saboreando el tequila en su saliva. Esto es lo que Joe sentía, ese vacío que solo se llena con carne, pensé mientras mis manos bajaban a su cinturón. Él gimió, un sonido gutural que me hizo apretar los muslos.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Mi concha ya chorreaba, empapando mi tanga. Desabroché su jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando como un corazón salvaje. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel contra mi palma áspera por la emoción. “Qué rica verga, Marco. Voy a mamártela hasta que ruegues”, le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Bajé despacio, mi aliento caliente rozando la punta, oliendo su almizcle masculino. Lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, como gotas de mar en mi lengua.

Él enredó sus dedos en mi pelo, jalando suave, guiándome. Chupé con hambre, mi boca llena, la garganta relajándose para tomarlo todo. Los sonidos eran obscenos: slurps húmedos, sus jadeos roncos, mi propia respiración agitada. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, pezones rozando sus muslos.

Soy una ninfómana de Lars von Trier, carajo. No hay vuelta atrás
. El calor subía, mi clítoris hinchado rogando atención. Me toqué por encima de la tanga, dedos resbalosos en mi humedad.

Marco no aguantó mucho. “Ana, me vengo...” gruñó, y explotó en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué con gusto, el sabor amargo y adictivo bajando por mi garganta. Me limpié los labios con el dorso de la mano, sonriendo pícara. “Aún no acabamos, pendejo. Esto apenas empieza”. Lo besé, compartiendo su esencia en nuestra lengua.

El medio tiempo fue de escalada pura, tensión que me tenía al borde. Me quitó la camisola, sus manos grandes amasando mis tetas, pellizcando pezones hasta que grité de placer-dolor. “Qué chichotas, Ana. Perfectas para mamar”, murmuró, succionando uno, su barba raspando mi piel sensible. Bajó besos por mi vientre, lamiendo el sudor salado, hasta llegar a mi tanga empapada. La arrancó con un tirón, exponiendo mi concha depilada, hinchada y brillante.

Su lengua fue un torbellino: lamió mis labios mayores, chupó el clítoris como un experto, metiendo dos dedos gruesos que curvó justo en mi punto G. El sonido era sucio, chapoteos en mi jugo, mis gemidos altos rebotando en las paredes. Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su saliva. Esto es mejor que la peli, más real, más mío, pensé mientras mis caderas se movían solas, follando su cara. El orgasmo me pegó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chorros de squirt mojando su barbilla. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda.

Pero yo quería más, como la ninfómana insaciable de Lars von Trier. Lo volteé, poniéndome a cuatro patas en el sofá, mi culo en pompa, invitándolo. “Cógeme duro, Marco. Hazme tuya”. Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada resbalosa. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El estirón ardía placer, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada.

Follamos como animales: él jalándome el pelo, azotando mi culo con palmadas que resonaban y enrojecían mi piel. Sudábamos, cuerpos pegajosos chocando, piel contra piel en un ritmo frenético. “¡Más rápido, cabrón! ¡Fóllame como en la película!”, exigí, mi voz ronca. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el placer acumulándose como una tormenta. Él gruñía, manos en mis caderas, marcándome con sus dedos. El olor era intenso: sudor, sexo, nuestro jugo mezclado.

Cambié de posición, montándolo ahora yo, controlando el ritmo. Mis tetas rebotaban frente a su cara, él mamándolas mientras yo subía y bajaba, mi concha apretándolo como un puño.

Soy dueña de esto, de mi placer, de su verga. Ninfómana y orgullosa
. El clímax nos alcanzó juntos: yo gritando, él rugiendo, su leche caliente llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas.

El final fue puro afterglow, abrazados en la cama, el ventilador secando nuestro sudor. El tequila olvidado en la mesa, velas parpadeando. Marco me besó la frente, suave. “Eres increíble, Ana. Como una diosa ninfómana”. Reí bajito, mi mano acariciando su verga floja, aún sensible. Esto no es solo sexo, es liberación. Gracias, Lars von Trier, por inspirarme, pensé mientras el sueño nos envolvía, cuerpos entrelazados en la penumbra, el eco de nuestros gemidos desvaneciéndose en la noche mexicana.

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