Cada Cuando Se Aplica la Bedoyecta Tri en Mi Cuerpo Ardiente
El consultorio del doctor López olía a desinfectante mezclado con el aroma dulce de las gardenias que mi vecina, la chava de al lado, siempre ponía en el jarrón de la entrada. Yo, Karla, de veintiocho años, con mi falda ajustada que marcaba mis curvas y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier, entré nerviosa pero emocionada. Llevaba semanas sintiéndome cansada, como si mi cuerpo pidiera a gritos un empujón de energía. ¿Cada cuándo se aplica la Bedoyecta Tri? me había preguntado en mi mente mil veces desde que mi amiga Lupe me recomendó esa inyección de vitaminas B que te deja como nueva, lista para comerte el mundo... o a alguien en particular.
El doctor era un tipo guapo, de unos treinta y cinco, con barba recortada, ojos cafés intensos y manos grandes que inspiraban confianza. Se llamaba Rodrigo, y cuando me vio entrar, su sonrisa fue como un roce eléctrico en la piel. Siéntate, Karla. ¿Qué te trae por aquí?
dijo con esa voz grave que me erizó los vellos de la nuca. Le expliqué mis achaques: fatiga después del gym, noches largas pensando en lo que necesitaba mi cuerpo. Él asintió, revisando mi historial, y de pronto, sacó la jeringa con el líquido anaranjado brillante. La Bedoyecta Tri es perfecta para ti. Se aplica cada cuando sientas que tu energía baja, pero idealmente una vez por semana. Hoy te pongo la primera y verás cómo te sientes renovada.
Me pidió que me recargara en la camilla, bajando un poco la falda para exponer mi nalga derecha. El aire acondicionado zumbaba suave, fresco contra mi piel caliente. Sentí sus dedos enguantados rozando mi carne, separando la tela. Qué manos tan firmes, pensé, mordiéndome el labio. El pinchazo fue rápido, un ardor fugaz que se expandió como fuego líquido por mis venas, despertando cada nervio. Ya está, preciosa. Descansa un ratito aquí
, murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a menta. Me quedé ahí, jadeando levemente, mientras el calor de la inyección se mezclaba con un cosquilleo inesperado entre mis piernas.
Salí del consultorio flotando, el sol de la tarde en Ciudad de México bañando mis hombros desnudos. Caminé por la colonia Roma, con ese subidón que me hacía sentir invencible. Lupe me esperaba en el café de la esquina, con sus ojos pícaros y su risa contagiosa. ¿Y? ¿Ya te aplicaron la Bedoyecta Tri? ¿Cada cuándo se aplica, carnala?
preguntó, guiñándome. Le conté, y entre sorbos de café de olla, confesé cómo el doctor me había puesto calientita. ¡Ay, wey! Ese Rodrigo es un chulo. Yo también quiero dosis
, soltó ella, y así nació la idea loca de invitarlo a una fiestecita en mi depa esa noche.
La noche cayó como un manto aterciopelado, con luces neón parpadeando desde los bares cercanos. Preparé tacos de arrachera en la terraza, con salsa verde picosa que quemaba la lengua, y una playlist de cumbia rebajada que hacía vibrar el piso. Rodrigo llegó puntual, con una botella de mezcal artesanal y esa camisa ajustada que delineaba sus pectorales. Lupe ya estaba ahí, coqueteando con él, pero sus ojos siempre volvían a mí. La Bedoyecta Tri ya hace su magia, me dije, sintiendo mi pulso acelerado, mi piel sensible al roce de la brisa.
Conversamos de todo: de la vida en la CDMX, de cómo el estrés nos chupa la energía, de remedios caseros y científicos. ¿Sabías que la Bedoyecta Tri se aplica cada cuando el cuerpo lo pida? Como el deseo, que no avisa
, dijo Rodrigo, mirándome fijo, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. Lupe, astuta, se excusó diciendo que tenía un compromiso y nos dejó solos. El aire se cargó de electricidad, el olor a carne asada y humo de carbón mezclándose con su colonia amaderada.
Entramos al depa, la puerta cerrándose con un clic suave. Sus manos en mi cintura fueron como anclas, jalándome contra su pecho duro. Esto es lo que necesitaba mi cuerpo, pensé, mientras sus labios rozaban mi cuello, saboreando el salado de mi piel sudada por el calor de la noche. Desde que te vi en el consultorio, no dejo de pensar en ti
, gruñó, su voz ronca como grava. Le respondí besándolo con hambre, mi lengua danzando con la suya, probando el mezcal dulce en su boca.
Nos fuimos desvistiendo en el pasillo, mi falda cayendo al suelo con un susurro, su camisa rasgada por mis uñas ansiosas. En la recámara, la luz tenue de la lámpara de lava pintaba sombras rojas en nuestras pieles desnudas. Lo empujé a la cama king size, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna húmeda. Qué rico se siente este subidón, jadeé en mi mente, mientras frotaba mis tetas contra su torso, los pezones endurecidos rozando su vello áspero.
Sus manos exploraban, grandes y seguras, amasando mis nalgas donde horas antes había inyectado la Bedoyecta Tri. Aquí mismo te la puse, ¿verdad? Ahora quiero ponerte otra cosa
, murmuró juguetón, metiendo un dedo en mi concha chorreante, el sonido húmedo llenando la habitación. Gemí fuerte, arqueándome, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con su sudor masculino. Bajé despacio, guiando su pito grueso dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, comenzando a cabalgarlo con ritmo lento al principio, mis caderas girando como en un baile de salsa.
El colchón crujía bajo nosotros, sincronizado con nuestros jadeos ahogados. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, sus bolas chocando contra mi culo con cada embestida. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró de nuevo, profundo, sus manos en mis caderas jalándome hacia él. ¡Más fuerte, doctor! Dame tu medicina
, le rogué, perdida en el placer, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga palpitante. Él aceleró, gruñendo palabras sucias: Estás tan mojada, Karla, como si la Bedoyecta Tri te hubiera prendido el fuego
. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre, mis piernas temblando.
Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, chillando su nombre mientras chorros de placer me empapaban. Él me siguió segundos después, llenándome con su leche caliente, su cuerpo colapsando sobre el mío, pesados y satisfechos. Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, enfriando nuestros cuerpos febriles. Su beso en mi hombro fue tierno, contrastando la intensidad de antes.
Despertamos al amanecer, con rayos de sol filtrándose por las cortinas. ¿Cada cuándo se aplica esto?
pregunté riendo, trazando círculos en su pecho. Tan seguido como quieras, mi reina
, respondió, besándome. La Bedoyecta Tri había sido el catalizador, pero lo nuestro era puro fuego mexicano, consensual y ardiente, listo para más rondas. Salimos a la cocina por chilaquiles, riendo, planeando la próxima inyección... y lo que vendría después.