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La Triada Epidemiologica de la Influenza en Nuestras Pieles

6518 palabras

La Triada Epidemiologica de la Influenza en Nuestras Pieles

La lluvia caía a cántaros sobre el DF, ese chubasco típico de octubre que hacía que el aire oliera a tierra mojada y asfalto caliente. En nuestro depa chiquito pero chido en la Condesa, Karla, Sofía y yo nos la pasábamos estudiando para el examen de epidemiología. Éramos cuates desde la uni, tres chilangos bien plantados en la carrera de medicina pública, y la neta, la tensión entre nosotros ya no se podía ignorar. Yo, Marco, el más calladito, siempre sintiendo cómo mis ojos se clavaban en las curvas de ellas cuando se estiraban en el sofá.

Karla, con su piel morena y ese cabello negro que le caía como cascada, era la más directa. Sofía, güerita de ojos verdes, con tetas que se marcaban bajo la blusa, siempre con una sonrisa pícara. Ese día, con la tele de fondo echando noticias de la influenza estacional, Karla sacó el libro y dijo:

—Órale, weyes, repasemos la triada epidemiologica de la influenza: el agente infeccioso, el huésped susceptible y el ambiente favorable. Sin uno de estos, no hay contagio.

Yo tragué saliva, porque la vi a ella recargada en mi hombro, su perfume de jazmín invadiendo mis fosas nasales, y sentí un calor subiéndome por el pecho. Sofía se rio bajito, su mano rozando mi muslo "sin querer". ¿Qué pedo con esto? pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los jeans. El ambiente en el depa era perfecto: luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo, y ese olor a café recién hecho mezclado con el sudor leve de tanto rato juntos.

Neta, Karla —dijo Sofía, mordiéndose el labio—, pero imagínense si aplicamos eso a... otras cosas. El agente de la pasión, el huésped listo pa'l desmadre, y este ambiente tan cálido.

Nos miramos los tres, y el silencio se llenó de electricidad. Mi corazón latía como tambor, y vi cómo los pezones de ellas se endurecían bajo las playeras. Karla se acercó primero, su boca rozando mi oreja.

¿Y si experimentamos la triada en carne propia, carnal?

El beso de Karla fue como un rayo. Sus labios suaves, calientes, con sabor a chicle de fresa y algo más salado, deseo puro. La jalé hacia mí, sintiendo sus tetas aplastarse contra mi pecho, duras y firmes. Sofía no se quedó atrás; sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando mi playera mientras lamía mi cuello. ¡Qué rico huele su piel, a vainilla y sudor dulce! El sonido de la lluvia contra la ventana era como un ritmo que aceleraba todo, tap tap tap, igual que mi pulso en las sienes.

Nos quitamos la ropa como si quemara. Karla de rodillas, desabrochándome el cinto, su aliento caliente sobre mi entrepierna. —Mira qué verga tan chingona, Marco —susurró, y la sacó, palpitante, venosa. Sofía se pegó a Karla por detrás, besándole el cuello, masajeando sus tetas grandes, los pezones cafés erectos como botoncitos duros. Yo gemí cuando Karla me la metió a la boca, chupando despacio, su lengua girando alrededor del glande, saliva tibia resbalando. ¡Puta madre, qué mamada tan buena!

Sofía se unió, lamiendo mis bolas, sus labios suaves rozando la piel sensible. Las dos cabezas rubia y negra moviéndose al unísono, el sonido húmedo de succiones y lengüetazos llenando la sala. Mi mano enredada en el pelo de Karla, tirando suave, mientras olía su aroma íntimo subiendo desde sus piernas abiertas. Esto es la triada perfecta, pensé, el agente de mi verga, ellas dos hospedadoras ansiosas, este depa nuestro como ambiente infeccioso de placer.

Las subí al sofá, Karla abriendo las piernas, su panocha depilada brillando de jugos, rosada y hinchada. —Chúpame, wey —ordenó, y hundí la cara ahí. Sabor salado-ácido, como mar, su clítoris palpitante bajo mi lengua. Sofía montó mi cara desde atrás, frotándose contra mi boca mientras Karla me mamaba de nuevo. El ambiente olía a sexo puro: almizcle, sudor, jugos mezclados. Sus gemidos eran música, ahhs y ¡sí cabrón!, cuerpos temblando.

Pero queríamos más. Sofía trajo el lubricante del cajón —siempre preparada la morra—, y Karla se puso a cuatro, su culo redondo alzado. Yo la penetré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome, ¡qué chingue tan rico! Cada embestida hacía que su carne temblara, sonidos de piel contra piel, plaf plaf. Sofía debajo de ella, lamiéndole el clítoris mientras yo la cogía, sus dedos en mi culo masajeando. ¿Esto es lo que pasa cuando la triada epidemiologica de la influenza se mete en la cama? reí en mi mente, sudando, el corazón a mil.

La intensidad subió como fiebre gripal. Cambiamos posiciones: Sofía en mi verga, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando, nalgas chocando contra mis muslos. Karla se sentó en mi cara, moliéndose, ahogándome en su humedad. Siento sus paredes contrayéndose, ordeñándome, pensé, mientras mis manos amasaban la carne suave de Sofía. Los olores se mezclaban: su sudor salado en mi lengua, el jugo dulce de Karla goteando por mi barbilla. Gemidos en stereo, ¡más duro, pendejo! ¡No pares, amor!, el sofá crujiendo bajo nosotros.

El clímax se acercaba como un brote epidémico. Karla se corrió primero, gritando, su cuerpo convulsionando, chorro caliente en mi boca. Sofía la siguió, clavándome las uñas, su concha apretándome como puño, ordeñando mi leche. Yo exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador, venas pulsando, un rugido saliendo de mi garganta. ¡La hostia, qué pedo tan bueno!

Nos derrumbamos en un enredo de piernas y brazos, pieles pegajosas de sudor y fluidos. La lluvia seguía, pero ahora suave, como caricia. Karla besó mi frente, Sofía mi pecho, sus respiraciones calmándose contra mí.

La triada epidemiologica de la influenza nunca fue tan... contagiosa —dijo Karla riendo bajito.

Sofía suspiró, su mano trazando círculos en mi abdomen. —Agente: nuestro deseo. Huésped: nosotros. Ambiente: este pedacito de paraíso. Ya estamos infectados pa'siempre, weyes.

Yo sonreí, abrazándolas fuerte, sintiendo sus corazones latiendo al unísono con el mío. No hay vacuna pa'esto, pensé, mientras el afterglow nos envolvía en paz tibia, sabiendo que esto era solo el principio de nuestro propio contagio eterno.

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